Dicen que en sus sesenta y cinco años jamás derramó una lágrima. Parecía inmune al dolor. Vivió siempre en la misma casa donde nació: una antigua nave del primer polígono industrial de la ciudad, dividida con el tiempo en pequeñas viviendas sin techo para obreros pobres. Los ventanales altos apenas dejaban pasar la luz, velados por décadas de suciedad.
La vieja calle adoquinada que atravesaba la nave perdió con los años las piedras y ganó charcos. Al atardecer parecían trozos de espejo esparcidos por el suelo. Cuando el barro se secaba, el polvo de la cercana cementera entraba sin obstáculos por el gran portón y se colaba en todas las casas. Nunca vio limpio aquel lugar.
Dos calles más abajo pasaban las vías del tren. Durante años escuchó el traqueteo metálico, los soplidos de las locomotoras y el paso fatigado de los viejos convoyes que levantaban humo oscuro tras los muros de ladrillo de los talleres.
Allí transcurrió su infancia sin un gesto de ternura. Su única alegría fue un perro que apareció un día: un cachorro mestizo al que le faltaba parte del labio inferior, por donde siempre le caía la baba. Nunca le puso nombre. El animal no se separó de él hasta que un carromato lo atropelló frente al portal. Quedó tendido con las tripas fuera, mirándolo. El muchacho intentó salvarlo, metiéndole las entrañas y envolviéndolo con su camisa. El perro agonizó dos días en sus brazos. Ni entonces lloró.
Había perdido a su madre siendo niño. Su padre, minero de carbón, murió años después en una explosión en el fondo de la mina. Tampoco lloró aquel día. Incluso sintió algo parecido al alivio: la tos interminable del viejo, enfermo de pulmón negro, le había robado muchas noches de sueño. Aunque se lavara, siempre dejaba polvo de carbón en las sábanas.
A los diez años empezó a ganarse la vida recogiendo botellas y metales junto a las vías. Llegaba hasta los talleres del ferrocarril, donde bebían los mecánicos y rondaban maleantes al caer la noche. Vendía cartones y trapos del basurero. Así siguió hasta entrar en una pequeña fábrica cercana dedicada a fabricar tornillos y tuercas. Allí pasó cuarenta y cinco años, resignado al ruido de las máquinas.
Cerca de los treinta se juntó con una mujer diez años mayor que él. Vivieron cinco lustros juntos en una convivencia callada. Apenas recordaba conversaciones entre ellos. Cuando murió, la enterraron en el cementerio cercano. Tampoco entonces lloró.
Sus últimos cinco años de trabajo los pasó como vigilante nocturno de la misma fábrica. Permanecía en una garita pequeña, iluminada por un fluorescente que zumbaba sin descanso. En la pared colgaba un calendario viejo con una fotografía de Venecia y un lema: La calle más bonita del mundo.
Pasaba las horas mirando la mesa arañada del cuarto. Las rayas de la madera le parecían ríos y canales por los que imaginaba correr agua azul. Terminó memorizando aquel mapa improvisado.
Nunca había salido de la ciudad. Jamás olió una flor ni escuchó un pájaro. No conocía montañas ni mar. Su mundo era el de siempre: fábricas, grasa, gasolina quemada, ruido.
La idea surgió una noche, durante su última guardia. Miró las marcas de la mesa, luego la foto del calendario. Decidió que no moriría sin ver Venecia.
Un mes después de jubilarse llegó a la ciudad de los canales, tras cruzar el largo puente de entrada. Era una mañana luminosa. En la estación de Santa Lucía subió a un vaporetto que comenzó a recorrer lentamente el Gran Canal.
Se asomó a la ventanilla. Observó las fachadas claras, los tejados ocres, la cúpula verdosa de San Simeone Piccolo. Pequeñas lanchas dejaban estelas blancas en el agua azul verdosa. Los palacios, rosados o color siena, parecían flotar sobre el canal. Entre ellos se abrían callejones de agua cruzados por puentes.
Dentro del barco un muchacho besó la mano de una joven; ella respondió con un beso en los labios y lo abanicó con un mapa doblado. El hombre volvió la mirada al canal. Todo aquello —los palacios, las góndolas negras, la luz— le parecía un delirio hermoso.
Sintió que le temblaba la barbilla.
Las primeras góndolas aparecieron junto al vaporetto, brillando bajo el sol. Entonces notó algo húmedo deslizándose por su mejilla. Era la primera lágrima de su vida.
En ese momento cruzaban bajo el Ponte degli Scalzi. Sobre el puente pasó una mujer con un gran sombrero de paja y una cesta llena de rosas amarillas. Un pájaro blanco voló cerca del agua. En un pequeño jardín, una muchacha leía con los pies dentro del canal.
Cuando apareció el Ponte di Rialto, majestuoso, el hombre ya lloraba abiertamente. Temía que alguien lo notara y tratara de consolarlo. No lo necesitaba. Aquellas lágrimas no nacían del dolor, sino de una alegría demasiado grande para su corazón.
Escuchó el motor del vaporetto, el chapoteo del agua contra el casco, como si fueran música. Sintió que su corazón latía con fuerza por primera vez.
El sol hacía brillar sus lágrimas antes de caer al canal. Se aferró al cristal de la ventanilla y cerró los ojos. Una calma profunda lo envolvió. Comprendió entonces que su vida estaba completa, como si todo lo anterior hubiera sido el largo camino hasta aquel instante.
El vaporetto siguió avanzando lentamente hacia la Piazza San Marco, mientras el hombre sonreía con los ojos cerrados, dejando que la brisa le secara la cara.












