Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

domingo, 15 de marzo de 2026

Las limosnas de Dios


Dicen que en sus sesenta y cinco años jamás derramó una lágrima. Parecía inmune al dolor. Vivió siempre en la misma casa donde nació: una antigua nave del primer polígono industrial de la ciudad, dividida con el tiempo en pequeñas viviendas sin techo para obreros pobres. Los ventanales altos apenas dejaban pasar la luz, velados por décadas de suciedad.

La vieja calle adoquinada que atravesaba la nave perdió con los años las piedras y ganó charcos. Al atardecer parecían trozos de espejo esparcidos por el suelo. Cuando el barro se secaba, el polvo de la cercana cementera entraba sin obstáculos por el gran portón y se colaba en todas las casas. Nunca vio limpio aquel lugar.

Dos calles más abajo pasaban las vías del tren. Durante años escuchó el traqueteo metálico, los soplidos de las locomotoras y el paso fatigado de los viejos convoyes que levantaban humo oscuro tras los muros de ladrillo de los talleres.

Allí transcurrió su infancia sin un gesto de ternura. Su única alegría fue un perro que apareció un día: un cachorro mestizo al que le faltaba parte del labio inferior, por donde siempre le caía la baba. Nunca le puso nombre. El animal no se separó de él hasta que un carromato lo atropelló frente al portal. Quedó tendido con las tripas fuera, mirándolo. El muchacho intentó salvarlo, metiéndole las entrañas y envolviéndolo con su camisa. El perro agonizó dos días en sus brazos. Ni entonces lloró.

Había perdido a su madre siendo niño. Su padre, minero de carbón, murió años después en una explosión en el fondo de la mina. Tampoco lloró aquel día. Incluso sintió algo parecido al alivio: la tos interminable del viejo, enfermo de pulmón negro, le había robado muchas noches de sueño. Aunque se lavara, siempre dejaba polvo de carbón en las sábanas.

A los diez años empezó a ganarse la vida recogiendo botellas y metales junto a las vías. Llegaba hasta los talleres del ferrocarril, donde bebían los mecánicos y rondaban maleantes al caer la noche. Vendía cartones y trapos del basurero. Así siguió hasta entrar en una pequeña fábrica cercana dedicada a fabricar tornillos y tuercas. Allí pasó cuarenta y cinco años, resignado al ruido de las máquinas.

Cerca de los treinta se juntó con una mujer diez años mayor que él. Vivieron cinco lustros juntos en una convivencia callada. Apenas recordaba conversaciones entre ellos. Cuando murió, la enterraron en el cementerio cercano. Tampoco entonces lloró.

Sus últimos cinco años de trabajo los pasó como vigilante nocturno de la misma fábrica. Permanecía en una garita pequeña, iluminada por un fluorescente que zumbaba sin descanso. En la pared colgaba un calendario viejo con una fotografía de Venecia y un lema: La calle más bonita del mundo.

Pasaba las horas mirando la mesa arañada del cuarto. Las rayas de la madera le parecían ríos y canales por los que imaginaba correr agua azul. Terminó memorizando aquel mapa improvisado.

Nunca había salido de la ciudad. Jamás olió una flor ni escuchó un pájaro. No conocía montañas ni mar. Su mundo era el de siempre: fábricas, grasa, gasolina quemada, ruido.

La idea surgió una noche, durante su última guardia. Miró las marcas de la mesa, luego la foto del calendario. Decidió que no moriría sin ver Venecia.

Un mes después de jubilarse llegó a la ciudad de los canales, tras cruzar el largo puente de entrada. Era una mañana luminosa. En la estación de Santa Lucía subió a un vaporetto que comenzó a recorrer lentamente el Gran Canal.

Se asomó a la ventanilla. Observó las fachadas claras, los tejados ocres, la cúpula verdosa de San Simeone Piccolo. Pequeñas lanchas dejaban estelas blancas en el agua azul verdosa. Los palacios, rosados o color siena, parecían flotar sobre el canal. Entre ellos se abrían callejones de agua cruzados por puentes.

Dentro del barco un muchacho besó la mano de una joven; ella respondió con un beso en los labios y lo abanicó con un mapa doblado. El hombre volvió la mirada al canal. Todo aquello —los palacios, las góndolas negras, la luz— le parecía un delirio hermoso.

Sintió que le temblaba la barbilla.

Las primeras góndolas aparecieron junto al vaporetto, brillando bajo el sol. Entonces notó algo húmedo deslizándose por su mejilla. Era la primera lágrima de su vida.

En ese momento cruzaban bajo el Ponte degli Scalzi. Sobre el puente pasó una mujer con un gran sombrero de paja y una cesta llena de rosas amarillas. Un pájaro blanco voló cerca del agua. En un pequeño jardín, una muchacha leía con los pies dentro del canal.

Cuando apareció el Ponte di Rialto, majestuoso, el hombre ya lloraba abiertamente. Temía que alguien lo notara y tratara de consolarlo. No lo necesitaba. Aquellas lágrimas no nacían del dolor, sino de una alegría demasiado grande para su corazón.

Escuchó el motor del vaporetto, el chapoteo del agua contra el casco, como si fueran música. Sintió que su corazón latía con fuerza por primera vez.

El sol hacía brillar sus lágrimas antes de caer al canal. Se aferró al cristal de la ventanilla y cerró los ojos. Una calma profunda lo envolvió. Comprendió entonces que su vida estaba completa, como si todo lo anterior hubiera sido el largo camino hasta aquel instante.

El vaporetto siguió avanzando lentamente hacia la Piazza San Marco, mientras el hombre sonreía con los ojos cerrados, dejando que la brisa le secara la cara.

Sofistifagia

Desde el helicóptero observan la casa de Neus Celnegre, una mansión aislada en un claro del bosque al pie de las montañas. Una vez al año, un pequeño grupo de invitados llega allí para asistir a una cena privada preparada por la cocinera más premiada del mundo.

La historia de Neus empezó de forma humilde. De niña ayudaba en la carnicería familiar y pronto mostró un talento extraño para preparar embutidos y mezclas de carne que atraían a los clientes. El negocio prosperó. Años después, ya graduada en ginecología y obstetricia, compró un viejo palacete y abrió su primer restaurante.

No tenía formación culinaria formal, pero su intuición y disciplina la convirtieron en una celebridad gastronómica. Sus restaurantes se multiplicaron, las críticas fueron excelentes y conseguir mesa se volvió casi imposible. Su cocina, elegante y técnica, parecía una obra de arte.

Pocos sabían que cerca de su residencia había construido un pabellón oculto en la ladera. Allí vivía Anna Damankova, una mujer rescatada años atrás de un burdel en Bielorrusia. Anna tenía dificultades para comunicarse y dependía completamente de Neus. Vivía sola en una estancia controlada: comida calculada, medicación regular y una rutina estricta.

En la finca también trabajaba un jardinero robusto y torpe que habitaba una cabaña apartada. Cada primavera Neus encontraba la forma de que él y Anna coincidieran durante días. Con el tiempo, Anna quedó embarazada varias veces.

Mientras tanto, el prestigio de Neus atraía a un círculo muy particular de invitados: un director de cine premiado, un presidente, un magnate de los medios, una estrella de Hollywood, un cantante famoso, un banquero influyente, un alto jerarca religioso, un diseñador célebre y un filósofo convertido en consultor de mercado. Personas poderosas, unidas por un secreto.

Todos formaban parte de un club clandestino. Neus cocinaba para ellos un menú único cuya materia prima era siempre la misma: un recién nacido de pocas semanas.

Aquella noche de fin de año los invitados se sentaron alrededor de una mesa de acero en el sótano de la casa. La sala parecía un quirófano por su limpieza. Neus sirvió los platos uno tras otro con precisión: pequeños entrantes, caldos, carnes confitadas, órganos caramelizados. El vino corría y los comensales degustaban cada preparación con entusiasmo.

Para ellos era una experiencia irrepetible. Hablaban del sabor incomparable de aquella carne, superior a cualquier producto del mundo.

Cuando la cena terminaba y los invitados se levantaban para marcharse, la puerta se abrió lentamente.

Era Anna.

Entró despacio y caminó hasta la mesa. Miró los restos de los platos. Entre ellos distinguió un trozo de piel tostada con un pequeño lunar en forma de corazón. Se quedó inmóvil.

Entonces lanzó un grito.

Tomó un cuchillo y se cortó las venas.

—No más niños… no más niños…

Después se abrió la garganta y cayó al suelo.

Algunos invitados reaccionaron con inquietud, pero Neus levantó la mano.

—Es su forma de vengarse —dijo con frialdad—. Estas personas creen encontrar dignidad en el sufrimiento.

Nadie discutió. Los comensales salieron con cuidado de no mancharse los zapatos con la sangre.

Fuera, el helicóptero esperaba con las aspas girando. Uno a uno subieron a bordo. La máquina se elevó y desapareció en la noche.

En la cabaña del jardín, el jardinero escuchó el ruido del aparato. Miró al cielo oscuro, pero no vio nada.

La finca volvió a quedar en silencio. Y la historia, lejos de terminar, apenas había hecho una pausa.

sábado, 14 de marzo de 2026

Héroe de marzo

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.

Cuando el perro me hizo la propuesta comprendí que mi vida se acercaba al final. No sentí miedo; sentí descanso. El peso de mi existencia, llena de errores, parecía aflojarse por primera vez.

El perro hablaba de dinero. Mucho dinero. Decía que el plan estaba preparado y que el riesgo sería pequeño. Creía que aquello me seducía. Pensaba que un hombre como yo —ladrón, soplón, basura del barrio— sólo podía escuchar la palabra euros. Pero no entendía nada. Yo no quería dinero. Quería otra cosa.

Estábamos en el mismo bar de siempre. Mesas gastadas, sillas de skay rojo, el sol entrando por el escaparate sucio. Allí nos habíamos reunido muchas veces. Él me daba información y yo le pagaba con nombres. Nombres de ladrones, de matones, de traficantes. Gracias a esas conversaciones yo dominaba el barrio. O eso creía. En realidad el rey era él. Siempre lo fue.

Nadie probó que fuera policía, aunque todos lo sospechaban. Lo que sí sabíamos es que estaba protegido por gente poderosa y que sabía demasiado.

Por eso, cuando aquella mañana mencionó el asunto, supe que estaba muerto. Nadie entra en un negocio así y sale vivo. Mientras él hablaba de fajos de billetes yo veía otra cosa: la cuerda con la que me colgarían.

—No quiero dinero —dije—. Quiero redención.

El perro frunció el ceño.

—¿Qué paraíso? Hay muchos.

No respondí. No le expliqué que llevaba años hundido en el deshonor. Desde niño había deseado hacer algo grande, algo que limpiara mi nombre. No quería morir como un delincuente. Quería morir como un héroe.

El perro cambió de tono. Dejó de hablar de dinero y empezó a hablar de religión, de injusticias, de infieles que humillaban a los creyentes. Palabras oportunas, palabras sucias. Pero ya no importaba. Yo había tomado mi decisión.

Levanté la mano y se calló. Me miró con rabia, pero aguantó.

—No quiero dinero —repetí—. Sólo una cosa: que digáis que morí como un mártir. Que lo hice por Alá. Que fue mi respuesta contra vosotros.

Lo dije todo. El odio, la vergüenza, el cansancio de vivir así. Quería morir con un sentido.

Entonces él levantó la mano.

—Basta de sermones —dijo—. Sólo dime si pondrás la bomba.

Lo miré detrás de sus gafas oscuras.

—Sí.

Me obligó a repetirlo. Lo hice. Después se levantó, tiró el cigarro al suelo y se marchó sin despedirse. Fue la última vez que lo vi.

Me quedé en el bar mirando la colilla que aún humeaba. Pensé en todo lo que había hecho: traiciones, delitos, humillaciones. Ya no podía vivir así. La muerte me parecía una limpieza.

Días después un hombre me entregó un teléfono en plena calle. Sonó de inmediato. Una voz me dio instrucciones.


Amanecía cuando subí al tren de cercanías. Llevaba la mochila con el explosivo. La dejé bajo el asiento.

No miré a nadie.

Los pasajeros iban medio dormidos. Gente que empezaba su jornada sin saber que sería la última. Pensé en sus familias, en sus casas, en las despedidas de esa mañana.

El tren avanzaba con suavidad. Calor, silencio, ruedas sobre la vía.

En la estación indicada me levanté y bajé. Nadie miró la mochila.

Mientras el tren se alejaba pedí a Dios que me diera valor para morir con ellos. Pero no tuve valor. Bajé temblando, con náuseas, viendo cómo el tren entraba en la ciudad.


A la hora prevista llegué al piso. Allí estaban los demás.

Ninguno era creyente.

Nos grabaron en vídeo. Nos pusieron pasamontañas, chalecos, armas falsas. Nos hicieron leer un texto donde amenazábamos con más sangre. Parecía una escena ridícula, como un disfraz de carnaval.

Luego se fueron.

Quedamos ocho hombres encerrados en el piso. Pasaron días. Nos daban comida barata. Apenas hablábamos. Algunos soñaban con el dinero prometido: millones, pasaportes, vuelos a otros países.

Yo no esperaba dinero. Esperaba morir.

Uno dijo que quizá habíamos matado a mucha gente. Otro respondió que pronto lo sabríamos. A mí no me pesaban esas muertes. Me pesaba mi propia vida.


Un día volvieron. Dos hombres y una mujer. Traían un paquete grande. Lo dejaron en el salón.

Después nos encerraron allí. Cerraron la puerta blindada.

Los otros miraban el paquete como si dentro hubiera dinero. Yo sabía lo que era.

Al poco tiempo oímos voces desde la calle.

La policía.

Nos pedían rendirnos.

Mis compañeros entraron en pánico. Gritaban que no podían salir, que la puerta estaba cerrada. Golpeaban, lloraban, suplicaban.

Entonces hablé.

—No sabéis dónde está el Bien —dije—. Ese paquete es una bomba. Os enviará al infierno. Yo me sacrifico por mi fe.

Después todos empezaron a gritar. Algunos lloraban, otros rezaban.

De pronto sonó un teléfono dentro del paquete.

Una sola llamada.

Luego la explosión.


Ahora no sé dónde estoy.
No sé si soy un héroe o un asesino.

La diferencia depende del dios al que se rece.

Que la maldición de Alá caiga sobre los injustos.


El ocaso de la lujuria

Era uno de esos días de otoño que olían a primavera. En Berfurt caía una tarde serena; las últimas hojas de los árboles permanecían inmóviles. La estrecha fachada modernista del Hotel Manhattan elevaba su melancólica decadencia entre los edificios vecinos.

En la terraza, John Silva se apoyaba en la barandilla de hierro forjado como si fuera parte del edificio. Miraba los rascacielos del distrito financiero recortados contra un cielo anaranjado. Guiándose por la aguja de la catedral fue recorriendo con la mirada los barrios de su vida: la iglesia donde lo bautizaron, la escuela, el instituto, los trabajos que tuvo y el cementerio donde reposaban los suyos.

El taconeo de unos pasos lo obligó a mirar abajo. Era ella.

Donatilda Schiaffino caminaba hacia el hotel con una altivez exagerada, casi teatral. John la siguió con la mirada hasta que cruzó la puerta. Sintió en el estómago algo parecido a un rodar de piedras.

Dentro, la moqueta del vestíbulo apagó el ruido de los tacones. Donatilda observó el lugar con complacencia. A pesar de su decadencia, el hotel le parecía distinguido, como un anciano pulcro cargado de medallas.

El recepcionista la miró por encima de sus gafas doradas.

—La habitación —dijo ella, seca.

El hombre consultó el registro y respondió con un cortés:

—Trescientos doce, madame.

Donatilda agradeció aquel tratamiento como si fuera especial, sin advertir la rutina con que se lo habían otorgado.

Esperó el ascensor ante la cancela de hierro forjado. El vestíbulo tenía algo de otro siglo, y aquella espera la hizo sentirse por un momento una dama distinguida. Cuando la cabina descendió chirriando, entró con cuidado y pulsó el botón del último piso.

En el espejo del interior se miró largamente. Vio su rostro envejecido, pero decidió recordarse como había sido: hermosa, segura, deseada.

Mientras tanto, en la habitación, John cerró la puerta de la terraza y apoyó la frente en el cristal frío. La ciudad quedó fuera de su atención. Pensaba únicamente en el deseo que durante años había cultivado.

No amaba a Donatilda. La deseaba.

No por su belleza —que no era extraordinaria— sino por la rotunda feminidad que irradiaba: sus curvas oscuras, la suavidad de su piel meridional, la sonrisa que dulcificaba sus rasgos severos. En su imaginación ella se convertía en una presencia dócil, hecha para satisfacer una fantasía casi salvaje.

Habían sido compañeros de trabajo durante años. Con el tiempo llegaron a confiar el uno en el otro, compartiendo confidencias que cada vez bordeaban más el terreno peligroso del deseo. Durante mucho tiempo jugaron con esa tensión, hasta que el día anterior John lanzó una provocación: un desafío que prometía cerrar la historia.

Encendió las luces de la habitación. La luz amarillenta lo deprimió.

Llamaron a la puerta.

John permaneció inmóvil, mirando el reflejo de la ciudad en el cristal. La puerta se abrió lentamente.

Donatilda asomó primero el rostro, sonriente.

Entró.

Se quedaron mirándose sin hablar.

La luz no la favorecía. El maquillaje excesivo ocultaba lo que él había imaginado tantas veces. El abrigo cerrado hasta el cuello, el moño torpemente recogido, los tacones demasiado altos… todo parecía fuera de lugar.

A Donatilda se le helaron las ilusiones al ver la expresión de John. No era rechazo lo que percibía, sino algo peor: desprecio.

Aun así, comenzó a desatarse el cinturón del abrigo. Tardó demasiado. Finalmente lo abrió, como si desplegara alas.

Debajo no llevaba nada.

El abrigo, los tacones baratos, las medias, el liguero y unas falsas perlas eran todo el adorno de su desnudez. Pero lo que realmente cubría su cuerpo era la vergüenza.

John contempló aquella escena con una mezcla de fascinación y derrota. Aquella mujer había sido durante años el centro de su deseo. Sin embargo, ahora comprobaba que la realidad nunca estaba a la altura de la fantasía.

De pronto comprendió que el cuerpo que tenía delante no era el único que había envejecido.

También el suyo.

La lujuria que imaginó durante tanto tiempo se había marchitado sin que él lo advirtiera.

Trató de rescatar algo de la situación y dijo, con voz forzada:

—Muy bien. Veo que has cumplido. Supongo que he perdido… y que tú has ganado la semana de vacaciones que prometí si venías desnuda hasta aquí.

Le cerró el abrigo con calma y la abrazó sin emoción.

Donatilda permaneció rígida. Primero se sintió humillada. Después llegó el odio.

Afuera, el horizonte se había vuelto gris azulado. La noche caía sobre Berfurt, iluminando la ciudad con miles de luces. Entre ellas destacaba el letrero vertical del Hotel Manhattan, encendido sobre su estrecha fachada modernista.

viernes, 13 de marzo de 2026

Yo preñé a la reina

Yo, señor, hallándome ya cerca del fin de mis días y queriendo dejar noticia de mi revolucionario acto genético-terrorista —callado por toda la canalla mediática, no solo la patria sino también la del resto del mundo—, escribo estas líneas que acaso puedan descifrarse en las paredes blancas de esta celda del manicomio donde me enterraron en vida hace tantos años. Es mi última esperanza que algún curioso, con paciencia y buena vista, logre leer estas letras torcidas que trazo con un lápiz ya casi gastado, como si fueran jeroglíficos de un ánimo ansioso por salir a la luz.

Yo, señor, nací en una estirpe de miserables menganos que, siglo tras siglo, no hicieron otra cosa que reproducir vidas vacías. Cuanto investigué de mis orígenes solo me trajo abatimiento. En la cadena de mi linaje encontré obreros vagos, campesinos torpes, pastores cerriles y otros casi esclavos agradecidos a amos de poca monta. Hambres y calamidades estuvieron siempre a punto de extinguirnos, y que yo haya llegado hasta aquí es casi milagro. Soy el último heredero de los Braga-Palomino, estirpe ignorada por la historia y agotada en su insignificancia.

Yo, señor, concebí y ejecuté el plan con que quise torcer ese destino de pobreza heredada, y también, a mi modo, favorecer a nuestra amada Monarquía.

Soy cabrero de oficio y muy dado a filosofías y ciencias naturales. Durante mis largas jornadas por el campo pensé mucho en el asunto de la reproducción y llegué a una conclusión sencilla: entre los seres vivos prosperan mejor los fuertes, los hábiles o los hermosos. Yo no fui agraciado con ninguna de esas virtudes. Desde niño me llamaban Sansonito con mala intención, pues soy canijo y flojo por la desnutrición heredada. Ni mi padre, ni mi madre, ni mis abuelos pasaban de la talla de un enano; tampoco destaqué nunca por habilidad ni por belleza. Cualquiera que me haya visto puede dar fe.

Así pues, estando yo solo en el mundo, sin padres ni mujer con quien multiplicarme, concebí un plan para legar a la Nación un Braga-Palomino principal. La idea era fabricar un heredero que, aunque llevara apellidos ilustres, portara en lo esencial la simiente de mi linaje. De ese modo salvaría a mi estirpe del olvido y la colocaría de golpe en la cumbre social.

Todo ocurrió una mañana de primavera de 1967 en la plaza mayor de la capital de mi provincia.

Tres meses antes supe que nuestra señora —entonces princesa y hoy reina— visitaría el convento de las Hermanas de los Ancianos Desamparados. Allí vi la ocasión para mi plan. Durante esos tres meses me abstuve de toda descarga para acumular la mayor cantidad posible de semillas, confiando en que la más viva del ejército Braga-Palomino lograra fecundar a su alteza.

Llegué temprano a la plaza buscando el mejor lugar. Vestí mi camisa más limpia, un peto de cuero bordado, chaqueta negra, calzón de paño, faja nueva y el zahón de cabrero adornado con pelo de cabra. A los riñones colgué un gran cencerro reluciente y cargué sobre los hombros un cabrito blanco, el más lucido de mi rebaño.

Cuando llegó la princesa, aplaudí y lancé vivas para llamar su atención. Lo conseguí sin dificultad: yo era el único con cabrito a cuestas y traje de cabrero. Esperé los treinta minutos que tardó en salir del convento, intentando ganar la simpatía de un escolta con coplas de mi pueblo. Pero en lugar de parecer inofensivo, levanté sospechas, y ordenaron a un guardia vigilarme de cerca.

Salió por fin su alteza saludando con una sonrisa leve mientras caminaba hacia su coche, acompañada por la madre superiora, el alcalde y algunos ancianos. Cuando estaba a punto de subir al vehículo grité:

—¡Majestad, una jota! ¡Déjeme cantarle una jotica!

Es sabido que nuestra reina aprecia los gestos espontáneos del pueblo. Hizo un gesto para que me soltaran los escoltas y me permitieran acercarme. La plaza entera guardó silencio. El cabrito baló suavemente sobre mis hombros. Aclaré la garganta y canté mientras bailaba:

El dolor que siente un burro
cuando le estiran del rabo
es el mismo que yo siento
cuando te vas de mi lado.

Aprovechando la sorpresa, me abalancé hacia el coche y nos introduje dentro con el cabrito. Cerré la puerta y bajé los seguros. Durante unos segundos nadie reaccionó. Solo se oyó la vara del alcalde al caer al suelo.

Dentro del vehículo, protegido por el blindaje, ignoré los golpes desde fuera. Recuperé el aliento y hablé a su majestad con la formalidad que había ensayado. Me disculpé por el olor a cabra —Capra hispánica, como diría la ciencia— y le expliqué que mi propósito era fecundarla para gloria futura de mi linaje.

Yo, señor, había estado con mujer solo cuatro veces en mi vida: tres con Justina, la única prostituta del pueblo, y la cuarta fue aquella, según lo planeado. El proceso resultó largo por mi inexperiencia y por los golpes y gritos que llegaban desde fuera del coche. Finalmente logré culminar mientras el cencerro de mi cintura marcaba el ritmo.

Después levanté las piernas de la señora durante unos minutos para favorecer la fecundación. Así permanecimos hasta que un soldador logró abrir la puerta. El cabrito salió primero; a mí me arrastraron los escoltas de los pelos sin dejarme siquiera subirme los calzones.

No escribiré más porque se acaba el espacio en estas paredes.

Desde entonces permanezco encerrado, sin hablar con nadie. Sé que nada de esto ha salido a la luz: el periodismo fue advertido de la deshonra que supondría para la reina, la Monarquía y la Nación. Se requisaron imágenes y se silenció a quien fuera necesario. Todo lo preveía mi plan.

Ahora muero viejo y enfermo, pero satisfecho. Estoy seguro de que la reina quedó preñada y que nació un príncipe en las fechas debidas. Aunque jamás vi su retrato, imagino que será otro Braga-Palomino: moreno, delgado, algo patiabierto, de baja estatura y cabezón como todos nosotros.

Todo este sacrificio para que la estirpe continúe y se replique en las alturas más encumbradas. Yo he cumplido.

Muero en paz.

Amén.

jueves, 12 de marzo de 2026

Ad Notitiam


Como cada día, volvió a casa hacia las dos. Abrió el buzón. Solo había un sobre, sin sello ni remite. Su nombre completo estaba escrito con caligrafía impecable; debajo, la dirección. Papel grueso, de invitación de boda.

Le costó rasgar la solapa.

Dentro encontró una cartulina. Esperaba una boda, un bautizo, algún compromiso social. Leyó:

«Por la presente le informo de que estoy considerando su asesinato.
Inicio hoy, día primero del presente mes, un período de reflexión para evaluar la conveniencia y oportunidad de su muerte.

Si lo estima oportuno, puede denunciar esta notificación ante cualquier autoridad o presentar demanda civil. Dichas acciones no influirán en la decisión final.

Si en noventa días no recibe resolución, considere desestimada esta evaluación.

Queda usted debidamente notificado.»

La leyó dos veces. Luego a fragmentos. Sus ojos regresaban siempre a la palabra asesinato, que no encajaba con el tono administrativo del texto.

Cuando por fin comprendió lo que decía, levantó la vista, miró alrededor y volvió a la cartulina, que ya le temblaba entre las manos. Entró deprisa en casa. Cerró. Echó cerrojos.

El pánico empezó a crecer.

Durante semanas pensó casi solo en eso. La amenaza giraba en su cabeza como un satélite obstinado. Buscaba una explicación: quién, por qué. No tenía enemigos. No debía dinero. Era —se repetía— una buena persona.

«¿Quién querría matar a una buena persona como yo?»

Solo un psicópata, concluía. Un individuo sin remordimientos. Alguien que jugaba con el miedo ajeno por puro entretenimiento. Imaginaba a ese hombre mezclado entre la gente corriente: un funcionario, un vecino, un panadero, un médico. Gente amable a simple vista, pero capaz de enviar notificaciones absurdas anunciando asesinatos con la frialdad de un trámite.

Contó lo ocurrido a familiares y amigos. Muchos le aconsejaron denunciar. Otros restaron importancia al asunto. Algún imbécil gastando una broma cruel, dijeron.

El miedo se fue apagando con los días. Solo regresaba a las dos de la tarde, cuando abría el buzón.

Casi tres meses después apareció otro sobre.

No estaba en el buzón. Yacía en el suelo del pasillo, a unos pasos de la puerta. Alguien lo había deslizado por debajo.

Se quedó inmóvil al verlo. Se apoyó en la pared para no caer. Tardó bastante en recogerlo.

La cartulina decía:

«Por la presente le informo de que finalmente he decidido sine die su asesinato.
Contra esta resolución no cabe apelación.
Así lo pronuncio y firmo.
»

Debajo había una firma: una X perfecta, trazada con tinta marrón.

Sine die. Dudó del significado.

Y entonces apareció el recuerdo.

Una tarde de invierno, en el barrio donde creció. Niebla baja, casas pobres. Un grupo de adolescentes refugiado en una escalera ruinosa. Gritos, risas, besos torpes, humo de cigarrillos.

Una chica sacó un pequeño frasco brillante del bolsillo. Él —entonces un muchacho arrogante— se lo arrebató.

Trepa a un árbol. La chica exige que se lo devuelva. Los demás observan. Saben que él no parará.

Primero la chica insulta. Luego suplica.

—Es una base de maquillaje —explica otra—. Le costó meses comprarla.

El chico abre el frasco. Huele la crema marrón. Finge que se le cae. Dos veces.

Después vacía el contenido sobre una rama áspera y lo extiende hasta no dejar nada en sus manos.

¿Sería posible que aquella muchacha aún lo odiara?

Mientras pasaban los días empezó a revisar su vida como si fuera un archivo judicial. Pequeños daños. Ofensas menores.

Un chicle pegado en el pelo de un compañero de escuela. El niño llorando mientras intentaba despegarlo. Al día siguiente apareció rapado y con moratones.

Recordó también unos ojos azules. Una muchacha que lo había dejado todo por él. Meses después él no fue capaz de sostenerle la mirada cuando la abandonó.

O el vecino de pared. Aquel motor zumbante que instaló en la chimenea. Un ruido leve, persistente. Durante años.

Pequeñas crueldades. Desprecios. Egoísmos insignificantes.

Sumados durante una vida entera.

A veces pensaba que la condena era justa. No por un gran crimen, sino por la acumulación de miles de malicias pequeñas. Como la niebla de su infancia: ligera, constante, hasta cubrirlo todo.


Despertó.

No quiso abrir los ojos.

Estaba desnudo. Atado de pies y manos sobre una superficie fría. Metal, probablemente. Una mesa.

Olía a formol.

Escuchaba pasos cerca. Herramientas. Un sistema de aspiración encendiéndose. Agua corriendo por un desagüe.

La luz de una lámpara atravesó sus párpados.

Giró la cabeza y abrió los ojos.

Vio una pila de acero. Instrumentos alineados: bisturís, pinzas, tijeras, un martillo, un cincel. También pesos y una balanza.

Una figura con bata verde trabajaba en silencio.

Se acercó y le levantó un párpado para examinar el ojo.

—¿Quién es usted? —susurró él—. ¿Qué daño cometí?

No pidió perdón. Solo quería saber.

La persona se quitó las gafas, la mascarilla.

Era una mujer de mediana edad. Rostro tranquilo. Desconocido.

—¿Por qué yo? —preguntó él.

Ella habló con voz suave:

—Voy a practicarle una autopsia en vida.

Sintió el bisturí. Un corte largo bajo las clavículas. Luego otro hacia abajo, hasta el pubis.

Intentó gritar.

—¿Por qué? ¿Por qué?

La mujer retiró la mascarilla un momento. Su voz sonó casi infantil.

—Por ser escorpio, por vivir en una casa con número impar y por ser zurdo.

Volvió a cubrirse la boca.

Comenzó a retirar la parrilla costal.

Antes de perder el conocimiento, el hombre murmuró:

—Que Dios ayude a mi pobre alma.

miércoles, 11 de marzo de 2026

De las personas con olvido

De pronto llega el viento, silbante. Peina los juncos y riza el charco en el que una anciana se miraba como en un espejo. Levanta la vista al camino y luego al cielo: las nubes pasan rápidas, como un archipiélago aéreo que desgarra con sus blancos el azul profundo. Entre ellas cae un haz de luz sobre el campo húmedo de tierra rubia, salpicado de árboles, matorrales y peñascos inmóviles.

La mujer permanece sentada sobre la arena del borde. Su cabello gris, desordenado, acusa el peso de muchos años. Se aparta los mechones de la cara y deja ver la frente ancha, manchada, cruzada por arrugas finas. Las cejas desaparecieron; los ojos se hunden en las cuencas. Los iris verdes, redondos y brillantes, permanecen quietos, enfocados en la lejanía.

La sierra cercana, azulada, cierra el horizonte de la campiña ondulada. Una liebre cruza el camino sin reparar en ella. Una golondrina dibuja curvas en el aire, planea un instante sobre el charco y se va. Tres jilgueros revolotean sobre el barro y desaparecen entre trinos.

De pronto la mujer estalla en una carcajada. Tan súbitamente como empezó, la risa cesa y vuelve a su rostro un gesto tenso, angustiado. El campo queda en silencio; incluso el aire parece detenerse. Desde lejos, su cuerpo inmóvil, envuelto en un camisón blanco, no parece una persona ni una amenaza. Los pájaros reanudan pronto sus cantos.

Octogenaria, enferma y sola, vagando por campos desconocidos: la imagen provocaría desasosiego a cualquier espectador. Sin embargo, en ese instante es intensamente feliz. No lo sabe. Olvidó todo, y por eso es feliz. Bajo el rictus que le dejó el alma en el rostro, con la pureza de un animal, es feliz.

Tras la sierra surgen nubes más altas, empujadas por el viento. Un jilguerillo se posa en un alambre; su nervioso coleteo mezcla el amarillo, el rojo y el negro de las plumas.

La anciana lleva años perdida. Primero en su casa, luego en residencias y hospitales. Perdida entre caras desconocidas, confundiendo palabras y recuerdos. Gente extraña dirige su vida con rutinas y preguntas absurdas: “¿En qué se parecen una pera y una naranja?”. Los necesita porque olvidó vestirse, comer, hablar. Empezó también a alucinar. Alucinaciones dulces que eran más verdaderas que la realidad: el tintero de su infancia sobre la mesita, la luz temblando en la tinta negra; su madre pelando patatas al pie de la cama; el gato muerto hace setenta años, vivo bajo su mano.

Los cardos resisten erguidos junto a los juncos flexibles, pero el viento los hace temblar. Un cernícalo se mantiene inmóvil en el aire buscando presa entre flores silvestres. Las sombras de las nubes cruzan los campos como manchas de vaca. A ratos el viento calla y se oyen los cantos. Cerca del camino, una perdiz se confunde con las piedras.

La mujer ahora no alucina, aunque no sabe que no alucina. No sabe cómo llegó hasta allí, descalza, tan cerca de la residencia. Como en su infancia, se siente parte de lo que la rodea: el suelo, los pájaros, las plantas. Todo forma una sola cosa. Siente como un animal, porque es un animal. Ha recuperado la libertad primaria: ser, olvidar, vivir sin comprender.

Descubre en uno de sus pechos un pequeño tatuaje, un corazón atravesado por una flecha y dos iniciales que no puede leer. Luego baja la vista a la larga cicatriz del vientre y la recorre con un dedo. En ese momento un pato oculto levanta vuelo hacia el norte. El ruido de las alas acelera su pulso. Se inclina sobre el charco y bebe como un gato.

Fue una mujer atrapada en la red de rutinas que los humanos llaman vida. Pero ya no recuerda que es una mujer, ni que su existencia fue única, llena de esperanzas, desilusiones, miedo, amor. Por eso es feliz. Por eso su risa estalla otra vez cuando ve su cara ajada reflejada en el agua.

Se ha vuelto niña. Pura, despierta. Perdió la palabra, la razón, la moral. Su alma murió antes que su cuerpo. Y así, por fin, ya no teme nada.

martes, 10 de marzo de 2026

Retorno a mayo

Le habría gustado morir una mañana de mayo, luminosa y con olor a rosal, como los que desbordaban las tapias de las calles donde de niño vagaba con perros en lugar de ir a la escuela. En mayo nunca le ocurrió nada malo. Quería que siguiera siendo así hasta el final. Morir entonces sería una forma de descanso.

Perdió la vista siendo todavía joven. Pasaron años y aún le parecía absurdo que no bastara con abrir los ojos para volver a ver.

Contó que ocurrió al inclinarse para recoger un muestrario del maletero del coche. Era comercial de pinturas. En ese gesto, decía, se desprendieron ambas retinas. Así quedó ciego.

La verdad era otra. No buscaba el muestrario sino una revista pornográfica escondida bajo una alfombrilla, lejos de la curiosidad de sus hijos, que abrían cajones y registraban armarios sin saber bien qué buscaban.

“Me agaché y me quedé ciego”. Así lo dijo siempre. El muestrario le parecía una causa más digna que el vicio.

Le gustaban las mujeres hermosas. Antes de quedarse ciego miraba aquellas revistas de muchachas en poses exageradas. Después la ceguera fue apagando el deseo. Quedó apenas la idea vaga de lo femenino, una memoria cada vez más débil.

No hubo golpe ni accidente. Solo una oscuridad súbita, como si alguien hubiera corrido un telón. Desde entonces el mundo debía reconocerlo con los dedos.

El tacto servía para orientarse. Para recordar prefería el olfato. Por eso regresaba una y otra vez al aroma de los rosales de su infancia. Pensaba que morir en un día así sería justo: una mañana luminosa, perfumada, como aquellas en que la tabla de multiplicar no importaba y él caminaba por callejas vacías seguido de perros.

En mayo todo le había ido bien. Por eso quería morir en ese mes.

En mayo conoció a la mujer que lo eligió entre los muchachos del barrio. En mayo rompió la boca al que la llamó puta. Y al mayo siguiente se casó con ella. También en mayo recibió de sus labios un beso que no olvidaría: húmedo, tibio, breve, pero suficiente para recorrerle el cuerpo entero.

En mayo nacieron sus hijos. Ganó su primer sueldo. Compró su primera moto y su primer coche. Fumó su primer cigarro, se emborrachó por primera vez, ganó una partida de cartas y, en tiempos de escasez, lanzó su última moneda al río para demostrarle al futuro que no le tenía miedo.

Recordaba también los mayos de la infancia: la cabeza en el regazo de su madre mientras ella tarareaba una nana; su padre pateando un balón amarillo contra el cielo limpio.

Entonces todo parecía grande e infinito. Dios estaba en cualquier cosa: en la luz que entraba por las persianas de la escuela, en un cuaderno sobre la mesa del maestro, en la risa de los hombres al anochecer, en el color de un lápiz favorito, en una lágrima sobre un ataúd, en las olas del verano o en los remolinos de hojas del otoño.

Muchos años después solo creía en Dios algunas noches de insomnio.

Hacía demasiado tiempo que no sentía un amanecer fresco, ni oía pájaros después de la lluvia. Tampoco volvía a percibir el perfume de las rosas, aunque lo sentaran en primavera junto a los rosales y le aseguraran que el olor era intenso.

Ya casi no sentía nada. Ni siquiera temor de Dios. La vida terminó pareciéndole un hormiguero oscuro lleno de hormigas borrachas.

Ahora se apoyaba en la ventana abierta. El viento traía ruido de tráfico y olor a aceite quemado. El edificio daba a una gran avenida que antes estaba casi vacía. En aquellos años él miraba los pocos coches pasar al atardecer desde el piso once. La brisa de mayo le despeinaba mientras fumaba y escuchaba la radio. A veces escupía y seguía con la mirada el zigzag del escupitajo en el aire.

Era joven. Veía. Y la mujer que lo había elegido contemplaba el crepúsculo a su lado.

Con eso le bastaba para ser feliz.

Pero ahora era octubre. Un día frío, húmedo, con olor a óxido. Nadie fumaba a su lado.

Oyó ladrar un perro. Luego un silbido lejano. Tarareó una vieja melodía de radio.

Se preguntó:

—¿Zigzaguearé como un escupitajo? Seguro que no. Caeré recto, como un fardo.

Pensó en regresar, aunque solo fuera cayendo, año tras año hacia atrás, hasta aquellas calles donde los rosales desbordaban las tapias.

—Quiero volver a mayo —murmuró—. Al mes en que nunca me ocurrió nada malo. Cuando todo era grande y tenía sentido.

domingo, 8 de marzo de 2026

Hartos de Dios

El corazón le golpeaba en el pecho como un puño sobre una almohada. Pensó que podía morir allí mismo, preocupado por “palmarla” con esa media sonrisa absurda y los ojos entornados, como un ahorcado aferrado a un billete de lotería.

Pero no murió. Probablemente le quedaban muchos días todavía, días destinados a cubrir con aburrimiento aquella tristeza antigua que siempre había llevado consigo, como el lunar que le descubrieron de niño en la espalda.

Que el billete fuera el más premiado de la historia no cambiaría gran cosa. Durante unos meses, sí: el impacto del suceso lo sacaría de la rutina. La fortuna lo elevaría por un tiempo, concediéndole caprichos y fantasías en ese territorio donde el dinero actúa como un dios y quien lo posee parece su dueño.

Pero al escritor no le interesa describir esos meses. Sería cansado para él y previsible para el lector. ¿Quién no ha oído la historia del nuevo rico que llega de golpe a la felicidad y descubre un paraíso que no sabe cultivar? Gente que toma posesión de su fortuna, la consume con ansiedad y trata de apagar con ella el recuerdo de las carencias.

Con el tiempo, el protagonista podría aprender. Si fuera listo, acabaría como un Robinson tranquilo en su isla, sin esperar barcos, aceptando lo que tiene y lo que no tiene. Si no lo fuera, arruinaría su propio territorio y terminaría soñando con regresar a su antigua vida: la rutina pequeña, la existencia sencilla.

Pero el escritor no quiere contar otra historia de libertos que pastan entre sus riquezas ni de quienes añoran el yugo y la tranquilidad de no decidir nada.

Le gustaría escribir otra cosa. La historia de alguien que no teme naufragar otra vez. De un hombre que traza con paciencia el mapa de sus emociones. Quizá del único ser humano verdaderamente libre: alguien que se conquistó a sí mismo antes de conquistar el mundo, alguien que nada teme y nada desea.

Podría escribir sobre un hombre que deja su casa con las puertas abiertas, entierra su oro y lanza cien mapas verdaderos dentro de cien botellas, esperando que al menos un soñador los encuentre. O sobre alguien que reparte su dinero en los aeropuertos para empujar a los verdaderos viajeros hacia el futuro.

Eso le gustaría escribir.

Pero los personajes a veces se rebelan. No creen en su autor. Ni siquiera creen en sí mismos si el lector no los encuentra.

Tal vez por eso el hombre que ganó el mayor premio de la historia rompió el billete. Para no tener que conquistarse, para no abandonar su casa, para no enterrar tesoros ni repartir dinero en los aeropuertos, como habría querido su creador.

A veces ocurre así: los personajes obligan al escritor a contar su verdad. Y casi nunca quieren ser protagonistas de grandes hazañas. Están cansados de los caprichos de la fortuna y de las exigencias de quienes los inventan.

La mayoría solo quiere que el escritor escuche sus oraciones.


Ancianos cohete


Al fin, tras mucho esfuerzo, el viejo llegó a la terraza de la residencia. La lluvia fina oscurecía el suelo. No se oía casi nada: algún pájaro, el agua cayendo por un desagüe. Se situó en el centro, con los ojos entornados y la boca entreabierta. Permaneció inmóvil unos segundos. Después despegó con un estruendo y desapareció en el cielo. Aquel fue el primer caso certificado de anciano cohete.

— ¿Cuántos años tiene usted?

— Setenta y cinco.

— Hasta los ciento veinte no comienzan los despegues.

— Despegar… ¿hacia dónde? —preguntó el periodista de divulgación científica.

La profesora del Centro Supremo de Investigaciones Fantacientíficas, directora del laboratorio de Bio-propelantes del HP-QTJ en el campus de Wasteland de la Universidad YALEVARD, en Calitokio, tarda en responder. Antes de hacerlo se oye cerca el “sssss” de un despegue. Nada especial: un modelo común, un “5SS” de unos noventa decibelios. El periodista cambia de pregunta.

— ¿Y su edad, señora? Disculpe, pero comprenderá la pertinencia.

— Estoy a punto de jubilarme. Cumpliré cien años muy pronto. En cuanto a su pregunta: no se despega hacia ningún sitio. No hay destino. Se elevan hasta agotar el combustible, que es el propio cuerpo, toda la materia humana, hasta desintegrarse en el límite infraatómico. Tal vez en partículas que la teoría imagina pero que aún no hemos observado. En otras palabras: se despega hacia la nada. O hacia algo que todavía ignoramos.

— ¿Y tampoco sabemos qué supercarburante convierte a un ser humano en cohete?

— Seguimos buscándolo. Se han propuesto agentes biológicos: enzimas, bacterias, catalizadores metabólicos. Mucho trabajo, pocos resultados.

— Entonces, para usted ¿cuál sería el camino correcto?

— Hemos aislado compuestos muy tóxicos que facilitan la ruptura de la molécula de hidrógeno. Como sabe, la combustión libera la energía interna del combustible. Estudiamos qué ocurre con protones y electrones después de esa ruptura. Llevamos años analizando metaloenzimas, su estructura y función. Y ahí nos detenemos.

— ¿Se detienen?

— Llegamos al muro.

— ¿Qué muro?

— El de los límites. La frontera entre lo que sabemos y lo que no. Hemos creado algo sin comprenderlo. Los avances científicos duplicaron la esperanza de vida: antes se moría a los setenta u ochenta; hoy esa edad sigue siendo juventud. En pocas décadas pasamos de seis mil millones de habitantes a doce mil. Un mundo sin guerras, con salud, con desastres naturales previstos con antelación. Pero también un mundo saturado. Nos volvimos una plaga.

Un estallido de ciento cuarenta decibelios —un “8SS”— interrumpe la conversación. Diez segundos después, cuando el ruido se pierde en la distancia, el periodista dice:

— Como un cáncer GIST. El único incurable.

— Algo parecido. La cuestión es cuánto puede resistir el planeta esta expansión humana. Hoy somos diez mil millones y seguimos disminuyendo. La edad mínima de despegue bajó de ciento cuarenta a ciento veinte años y continúa bajando. Es la radioterapia que la naturaleza aplica. La quimioterapia que salvará al planeta. Eliminará miles de millones de vanidades que llegaron a rozar la inmortalidad creyéndose el centro del universo. Y, sin embargo, no somos más que una gota en alguno de los mares del cosmos.

Sus miradas atraviesan el ventanal y se pierden en la ciudad cercana: Yorkin, capital de los fraterestados de la Tierra. En la noche, los ancianos cohete ascienden uno tras otro. Como estrellas fugaces. Sus despegues se reflejan en los cristales de rascacielos de más de mil metros antes de perderse en lo alto.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Estoy muerto

¡Ya está! Me morí. Estoy muerto. Me enterraron. Lo último que oí fue el golpe de los terrones sobre el ataúd; mi ataúd, el que ahora me contiene bajo la tierra que antes pisaba. No siento temor. No siento nada. Sé que ya no respiro, que mi corazón no late. Ignoro si mis ojos están abiertos o cerrados; no veo nada. No es blanco ni negro: es nada, y la nada no se ve.

No sé cuánto tiempo llevo aquí. Tal vez debería oler mi propia putrefacción, pero no huelo nada. No oigo. No trago saliva. Nada me pica ni me duele. No tengo sueño, ni frío ni calor. Estoy muerto.

Entonces, ¿por qué aún chispean algunos pensamientos? ¿Por qué sigo oyéndome en la cabeza… o en el alma? ¿Existe un alma? ¿De dónde vienen estas resonancias? Quizá la conciencia no se apague de golpe. Tal vez se extinga despacio, como las luces de una casa: primero la cocina, luego el salón, después el dormitorio. Puede que ahora ocurra eso. Cuando se apague la última luz, otra existencia se habrá consumido, igual que la de miles de millones antes que la mía. Así de simple. Así murió Colón, donde estuviera; Shakespeare, Gandhi, Stalin o el panadero de cualquier pueblo. Nadie regresó para contarlo: muerto no se está bien ni mal. Se muere sin miedo, sin angustia, sin esperar nada.

O quizá estar muerto no sea solo esto. Tal vez me encuentre en una espera. Algo podría suceder… o quizá no ocurra nada nunca. Podría aparecer una luz divina. O mi alma filtrarse por la madera del ataúd, entre los granos de tierra, y elevarse a algún paraíso. O derretirse como plomo y caer hacia algún infierno.

Tal vez llegue una divinidad. Puedo aguardarla eternamente o no aguardarla. El tiempo ya no se divide en horas ni en días. Son extensiones indefinidas que me llevan del mañana al ayer, del nunca al siempre. Quizá el tiempo mismo ya no exista.

¿Habrá un juicio? ¿Un ojo que todo lo ve? ¿Un juez que lo sabe todo? Si todo lo comprende, tal vez todo lo perdone. O quizá me castigue por lo que dije y debí callar, por lo que no hice y debí hacer, por el dolor que causé sin importarme. No lo sé. No sé si habrá juez, Dios o Satanás. Tampoco me importa.

Todo lo que en vida me aterraba ahora me resulta indiferente. El miedo a morir, al infierno, a la nada… qué tontería. Si pudiera regresar diría a los vivos: vivir pesa. Morir es descanso. Dejar de empezar y recomenzar días y años. Abandonar esta gota de agua donde flota nuestra existencia en un océano cósmico.

El impulso vital nos obliga a vivir, a reproducirnos, a devorar a otros seres para continuar. No sé para qué existimos. Pero ahora sé por qué merece la pena haber vivido: por la belleza.

El color es bello. La forma es bella. La paternidad fue bella. Los amantes son hermosos. También la geometría, el sexo, la arquitectura. Los campos, las nubes. Los barcos, el pan, los besos, los adioses. El invierno, el verano, el otoño, la primavera. Casi todo lo que fabrica la mano humana es bello.

Las matemáticas, los ritos, las risas, las caricias. La nieve, la lluvia. Los museos. El viento. Las olas. El agua clara. La amistad. Un cristal empañado. El vapor de un café. La selva húmeda. El soplo que enfría la sopa. Los caminos. La mirada de los niños. Los acantilados, los desiertos. La porcelana. Los perros. Los animales. Una mesa bien puesta.

La caridad. El olvido. El perdón. Las madres. Cuando alguien te dice: “¡Buen día!”.

Sí. Por la belleza merece la pena vivir.

El poder, el dinero… no.
Belleza… vida… yo… ya no soy…
Estoy muerto… morí…

La belleza…
No tengo miedo…

Estoy muerto…

Yo… vivir es bello…
La vida es bella…

Yo…
la vida…
vivir…

vivir…

vivir…

la vida…

… … …

martes, 3 de marzo de 2026

Pésames ingrávidos

Murió como mueren muchos en un hospital: solo, sin dolor. Lo último que alcanzó a ver fue un anuncio. Una figura popular hablaba a cámara: periodista, madre, aval de unos lácteos que prometían reforzar las defensas gracias a bacterias patentadas.

Fue un hombre dócil, de trato fácil. Hizo amigos. También algunos adversarios. Nunca enemigos declarados. Amó a casi todos sus amantes y reservó lo mejor para sus hijos. Mientras vivieron cerca disfrutó de su presencia; cuando se marcharon, celebró desde lejos sus logros.
Su última pareja murió de forma repentina. Apenas sintió el vacío: el olor seguía en la ropa del armario, la voz parecía aún quedar en las paredes.

Antes de ingresar en el hospital guardó las cosas del cónyuge en cajas y las dejó en el sótano. Álbumes, discos, libros, vídeos, cartas. Durante un momento parecieron vivos; al poco tiempo serían sólo papeles húmedos. También diplomas, escrituras, pasaportes. Restos de una vida ordenada. Todo terminaría pudriéndose en la oscuridad.

Después llegaron los otros.

Alguien le quitó la bata del hospital.
Alguien le vistió con su ropa.
Alguien maquilló el rostro.
Alguien colocó el cuerpo en un féretro alquilado.
Alguien lo llevó a la sala refrigerada del tanatorio.

Allí quedó tras un cristal grueso, en la cabina ventilada donde el termómetro marca cero grados. Los muertos descansan como maniquíes en escaparate, rodeados de flores. Ramos caros, coronas solemnes. Colores y perfumes que intentan cubrir lo que hay dentro.

No es un velatorio cualquiera. El edificio ganó un premio de arquitectura. Ofrece oratorio multiconfesional, cafetería, restaurante, parking, floristería, venta de lápidas. También asesoría jurídica, asistencia psicológica, esquelas, recordatorios, certificados, trámites con la Seguridad Social y últimas voluntades.
Incluye tanatopraxia para que el difunto parezca tranquilo.
Aunque todos los muertos resultan feos: la muerte lo es.

Por eso casi nadie soporta los funerales. Sólo algunos excéntricos encuentran belleza en esos lugares donde ya casi no se oye llorar. Por eso la muerte se oculta. Por eso pagamos a desconocidos para que se encarguen de nuestros muertos.

La sala reservada está vacía.

La música comenzó a sonar dos horas antes de la apertura. Altavoces invisibles repiten una selección elegante. En una pantalla grande aparecen fotos del difunto: playa, nieve, abrazos, sonrisas. Siempre acompañado.
El rostro vivo de las imágenes contrasta con el rostro inmóvil tras el cristal.

La sala busca serenidad.
Sin símbolos religiosos.
Colores crema y marrón.
Luz suave.
Nada de negro.

Todo induce a la calma. El espacio parece un hotel silencioso. El personal trabaja con eficacia: recepción del cuerpo, trámites, atención permanente.

El viejo rito se ha vuelto discreto. Se evita mirar de frente a la muerte. Se disimula entre flores y pantallas. Si existe una realidad fea, mejor no recordarla. Para eso están los servicios funerarios: crear un escenario amable donde despedirse sin incomodidad.

Quien puede pagarlo evita el espectáculo de la muerte desnuda. Obtiene salas privadas, música escogida, duchas elegantes, protocolos que adormecen el alma. El objetivo es simple: suavizar el final.

La música termina y vuelve a empezar. Han pasado cuatro horas. Las fotos siguen repitiendo las mismas sonrisas.

Tal vez la hija mayor contrató todo desde Alemania. Trabaja en una ONG de un hospital infantil en Tubinga y no puede viajar.
Quizá un hijo prepara su primera exposición en Nueva York o París con una beca para artistas visuales. Él debía esparcir las cenizas, pero tampoco podrá acudir.
Puede que exista otro hermano imposible de localizar, tal vez un misionero en Australia.

Personas solidarias. Muy ocupadas.

En otra pantalla aparecen mensajes de pésame enviados por internet: puestas de sol, montañas, frases breves. Llegan desde distintos países.

Finalmente la puerta se abre.

Entra un hombre con una guitarra. Mira la sala vacía sin sorpresa. Consulta su reloj. Sobre una mesa hay comida preparada por una empresa de catering. No toca nada. Es un profesional.

Saca la guitarra, carraspea y empieza a cantar. Tal vez Let it be de The Beatles.
No mira nunca el ataúd.

Cuando termina, guarda el instrumento y sale despacio.

Han pasado muchas horas. Nadie ha venido. La ausencia también es una forma de despedida. Quizá desde lejos lo recuerden con indulgencia, olvidando errores y faltas.

Fue una vida completa. Murió tarde, después de que sus deseos se apagaran. Ya no pedía nada.
Tal vez sólo habría querido una mano en el último momento.

Eso sí habría cambiado algo.

Porque morir solo en una habitación de hospital sigue siendo triste, incluso para alguien amable.

A la mañana siguiente entra el director del servicio. Da órdenes. El féretro y las flores se retiran sin incidentes. Nadie besó el cristal.

Siguen llegando mensajes electrónicos. La música continúa. Las pantallas aún muestran sonrisas que pronto dejarán de significar algo. La memoria empieza a borrarse.

Un operario apaga las pantallas.
Apaga las luces.
Retira el nombre del panel.

La sala queda limpia, lista para otro muerto.

Olvidamos. Cuando los que nos conocían desaparecen, el mundo se vacía un poco más. Uno se cree inmortal hasta que ve al primer muerto. Luego entiende que algún día alguien dejará una flor sobre nuestro féretro sin sentir demasiado.

Desde niños nos enseñan a evitar el dolor. Si los dolores físicos se pueden sedar, ¿por qué no los del alma?

La muerte no se evita. El sufrimiento sí. Los funerales se vuelven cada vez más breves, más ligeros. La tragedia se pasa rápido para volver a la rutina, al consumo de pequeñas dosis de felicidad.

Los muertos se incineran pronto. Las cenizas desaparecen. También los remordimientos.

Después de la incineración encargaron una urna ecológica. Sal marina prensada, diseñada para disolverse en el agua en treinta minutos.

El empleado recibió una propina para arrojarla al mar.

Pero ese día terminaban las rebajas en unos grandes almacenes.

Así que abrió una alcantarilla cercana y dejó caer la urna dentro antes de ir a comprar.

domingo, 1 de marzo de 2026

Una gota en el océano

Siempre estaba ahí. Me lo encontraba en cualquier sitio, a cualquier hora. No digo que me siguiera: a veces yo llegaba y él ya estaba; otras aparecía después y nuestras miradas chocaban.

Parecía de mi edad. Siempre solo. A veces pasaba las páginas de un periódico sin leerlo en una cafetería; otras bebía cerveza al final de una barra. En medio de la gente parecía una isla discreta, apenas separada de la normalidad que la rodeaba.

Si entraba en una panadería, era probable que llegara él. Si el lugar estaba en silencio, mientras esperaba el turno, podía oír su corazón a mis espaldas. No tardaba en cruzármelo subiendo o bajando escaleras, en el mismo autobús, en iglesias, estadios, cines, supermercados, hospitales. Donde fuera, él aparecía.

Al principio lo tomé por casualidad. Dos tipos con rutinas parecidas. Luego empecé a pensar que quizá cobraba por vigilarme. Pero ¿quién pagaría a un detective tan torpe? ¿Quién se interesaría por alguien tan corriente como yo? Además, él no ocultaba su presencia. A veces me miraba; otras mantenía la mirada, como si viera sus propios ojos en un espejo.

Pensé en acudir a la policía. Pero ¿qué denunciar? No había persecución. Nuestros encuentros parecían fortuitos.

Nunca le hablé. Me limité a observarlo. No tenía nada llamativo: ropa corriente, gestos tranquilos. Olía bien. Un perfume conocido, ligero. A veces sabía que había pasado por un lugar solo por esa fragancia que aparecía o desaparecía de pronto.

Con el tiempo empecé a evitarlo. Antes de entrar en cualquier sitio buscaba su figura, olfateaba el aire. Si lo encontraba, me marchaba murmurando por calles o jardines. Más de una vez salí enfadado de oficinas, restaurantes o gimnasios. Otras veces era él quien se iba cuando yo llegaba.

Parecía que estábamos condenados a compartir la misma realidad.

Poco a poco se volvió el centro de mis pensamientos. Su presencia me asfixiaba, pero cuando no aparecía me sentía extraño, casi solo. Si pasaba un rato sin verlo, disfrutaba de una libertad breve, íntima. Sabía que duraría poco: bastaba alzar la vista para verlo reflejado en un escaparate o conduciendo un taxi.

La obsesión lo desplazó todo. Dejé de lado aficiones, sueños, amistades. Incluso a mi familia. Sin embargo, cuando lo veía mirar fijamente una pantalla de televisión, sentía a todos cerca, como si aquel brillo reuniera todas las vidas.

Intenté refugiarme en el trabajo. Después dejé de frecuentar lugares públicos. Me encerré en casa. Era el último espacio donde podía abrir los ojos sin encontrarlo. Allí el silencio me protegía y podía escuchar mis propios pensamientos. Durante un tiempo recuperé la calma. Me observé por dentro, intentando entender quién era yo realmente.

Así pasaron meses. Llegué a olvidar su cara. Era un rostro demasiado común para recordarlo. Empecé a pensar que todo había sido una fantasía.

Hasta que una mañana encendí la televisión.

En el primer noticiario apareció detrás de una reportera que hablaba de una nevada. Cruzó la pantalla con un abrigo gris. Sentí un nudo en el estómago. Cambié de canal: allí estaba otra vez, entre el público de un concurso, mirando directamente a la cámara.

Apagué el televisor con náuseas. Fui a la ventana buscando aire. Entre las lágrimas lo vi asomado a una ventana del edificio de enfrente, observándome.

Bajé las escaleras a toda prisa. Arranqué el coche y conduje sin rumbo durante horas. La carretera terminó en una llanura blanca, sin casas ni árboles.

Caminé un rato sobre la nieve. Todo estaba en silencio.

Entonces lo vi a lo lejos. Venía hacia mí.

Seguimos andando hasta quedar frente a frente.

—¿Quién eres? —pregunté.

—No lo sé —respondió. Y empezó a llorar.

—¿Cómo te llamas?

—Tengo millones de nombres. Miles de millones. También el tuyo —dijo mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo que olía a su perfume.

—Cuando nos separemos, ¿a dónde irás? ¿Dónde está tu casa?

—No lo sé —dijo, y me tendió la mano.

La estreché. Sentí su calor. Sonreímos por primera vez. Luego lo abracé y comprendí que estaba solo, que era único y pasajero. También entendí que esa era nuestra grandeza.

No dijimos nada más.

Jamás volví a verlo.

ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"