El hombre a tu lado sostiene el mismo papel. Lo miras lo
justo para confirmar que existe. No te interesa quién es. Te interesa que está
ocurriendo lo mismo que a ti.
Subes con él.
La habitación tiene una claridad que no admite sombras. El
cuerpo en la cama respira con una regularidad que no tranquiliza. No parece un
hombre; parece una insistencia.
Te colocas al otro lado. No preguntas. No hace falta: la
situación ya está completa sin explicaciones.
Piensas, con una precisión que te incomoda, que podrías irte
ahora mismo y todo seguiría igual. Esa posibilidad no te alivia. Te fija.
El otro se mueve con una torpeza leve, como si no quisiera
hacer ruido dentro de algo que no entiende. Te mira cuando cree que no lo ves.
No es discreto; es cuidadoso.
—¿Le conocías? —te pregunta al salir.
—Sí —dices.
La palabra sale limpia, sin vacilación. Es la verdad, pero
también es una defensa. Él asiente, como si confirmara algo que no había
preguntado del todo.
La mentira más eficaz no es la que oculta, sino la que
organiza la escena.
En la cafetería, el café está demasiado caliente. Lo dejas
enfriar sin beber. Él habla un poco más. Dice que le llamaron ayer, que no sabe
muy bien por qué. Cambia un detalle a mitad de frase: primero dice "mi
tío", luego "un conocido". No se corrige. Tú no señalas nada.
Reconoces eso: la necesidad de reescribir mientras hablas, de ajustar la
historia para que quepa en la situación.
Pagáis por separado. Ese gesto te tranquiliza.
Volvéis.
A media tarde, en el pasillo, notas que el día no avanza. Se
acumula. Como si cada minuto no sustituyera al anterior, sino que se quedara
encima.
Julián se acerca más de lo necesario para hablar. No te
apartas. No porque quieras, sino porque no ves el motivo para hacerlo.
Hay un punto en el que entiendes algo que no te gusta: no
estás allí por el hombre de la cama, ni siquiera por él. Estás allí por la
forma en que ese lugar permite que todo ocurra sin consecuencias visibles.
Eso te parece exacto y, al mismo tiempo, insuficiente.
—Esto no debería durar —dices.
Él tarda en responder.
—Podría —dice.
No insiste. No argumenta. Pero en esa palabra —podría— hay
una torpeza que no encaja con lo que está pasando. Como si hubiera traído una
herramienta de otro lugar, como si quisiera ofrecerte una salida que no
pediste.
No lo corriges.
Algunas intensidades se sostienen solo mientras nadie
intenta justificarlas.
Volvéis a entrar.
Te acercas al cuerpo. Esta vez sí lo miras con detenimiento.
Buscas algo que confirme tu "sí" anterior, algo que rescate la
coherencia de lo que has dicho. No encuentras nada. Ni un gesto, ni una marca
que te permita sostener la palabra que has pronunciado.
Aun así, no la retiras.
Él se coloca a tu lado. No habla. Su proximidad ya no parece
tentativa; parece asumida.
Alguien —no decides quién— toma la mano del otro. Observas
ese contacto como si fuera ajeno. Como si estuvieras viendo una escena ya
ocurrida.
Piensas, con una claridad que te molesta, que ese contacto
establece algo entre vosotros, no con paciente.
Hay actos que no necesitan respuesta para volverse
irrevocables.
Cuando salís, el aire de la calle no cambia nada. Eso te
sorprende un poco.
Os detenéis antes de separaros. Él parece esperar algo que
no llega a formular.
—No —dices.
No estás respondiendo a una pregunta. Estás cerrando una
posibilidad antes de que exista.
Él asiente demasiado rápido. Como si ya supiera que ibas a
decirlo.
—Si lo repetimos —añades—, no será esto.
No explicas qué es "esto". No quieres fijarlo.
Hay un segundo —breve, incómodo— en el que ninguno se mueve.
Piensas en decirle tu nombre completo. No lo haces.
—Elena —dices, al final, como si fuera suficiente.
Él responde:
—Julián.
Lo pronuncia con una seguridad que no te convence del todo.
No sabrías decir por qué. Hay algo en eso que no encaja, algo que sugiere que
también está diciendo un nombre que se ajusta a la situación más que a la
realidad.
Os vais.
No miras atrás. No por decisión; por economía. Sabes que
cualquier gesto añadido introduciría una narrativa que no ha existido.
Mientras caminas, notas un desajuste pequeño, casi ridículo:
no estás segura de haber dicho la verdad en ningún momento del día. Ni siquiera
ahora. Mentiste cuando dijiste que no lo conocías. Mentiste con tu nombre.
Mentiste con tu presencia misma en ese lugar.
Y, sin embargo, lo que ha ocurrido no te parece falso.
Lo que no puede continuar tampoco puede corregirse.
Al doblar la esquina, intentas recordar su cara con
precisión. No puedes. Recuerdas, en cambio, la forma en que no hacía falta
entender nada. La forma en que ambos eligieron no preguntar.
Eso es lo único que se queda. Y no sirve para volver.

No hay comentarios:
Publicar un comentario