Desde el helicóptero observan la casa de Neus Celnegre,
una mansión aislada en un claro del bosque al pie de las montañas. Una vez al
año, un pequeño grupo de invitados llega allí para asistir a una cena privada
preparada por la cocinera más premiada del mundo.
La historia de Neus empezó de forma humilde. De niña ayudaba
en la carnicería familiar y pronto mostró un talento extraño para preparar
embutidos y mezclas de carne que atraían a los clientes. El negocio prosperó.
Años después, ya graduada en ginecología y obstetricia, compró un viejo
palacete y abrió su primer restaurante.
No tenía formación culinaria formal, pero su intuición y
disciplina la convirtieron en una celebridad gastronómica. Sus restaurantes se
multiplicaron, las críticas fueron excelentes y conseguir mesa se volvió casi
imposible. Su cocina, elegante y técnica, parecía una obra de arte.
Pocos sabían que cerca de su residencia había construido un
pabellón oculto en la ladera. Allí vivía Anna Damankova, una mujer
rescatada años atrás de un burdel en Bielorrusia. Anna tenía dificultades para
comunicarse y dependía completamente de Neus. Vivía sola en una estancia
controlada: comida calculada, medicación regular y una rutina estricta.
En la finca también trabajaba un jardinero robusto y torpe
que habitaba una cabaña apartada. Cada primavera Neus encontraba la forma de
que él y Anna coincidieran durante días. Con el tiempo, Anna quedó embarazada
varias veces.
Mientras tanto, el prestigio de Neus atraía a un círculo muy
particular de invitados: un director de cine premiado, un presidente, un
magnate de los medios, una estrella de Hollywood, un cantante famoso, un
banquero influyente, un alto jerarca religioso, un diseñador célebre y un
filósofo convertido en consultor de mercado. Personas poderosas, unidas por un
secreto.
Todos formaban parte de un club clandestino. Neus cocinaba
para ellos un menú único cuya materia prima era siempre la misma: un recién
nacido de pocas semanas.
Aquella noche de fin de año los invitados se sentaron
alrededor de una mesa de acero en el sótano de la casa. La sala parecía un
quirófano por su limpieza. Neus sirvió los platos uno tras otro con precisión:
pequeños entrantes, caldos, carnes confitadas, órganos caramelizados. El vino
corría y los comensales degustaban cada preparación con entusiasmo.
Para ellos era una experiencia irrepetible. Hablaban del
sabor incomparable de aquella carne, superior a cualquier producto del mundo.
Cuando la cena terminaba y los invitados se levantaban para
marcharse, la puerta se abrió lentamente.
Era Anna.
Entró despacio y caminó hasta la mesa. Miró los restos de
los platos. Entre ellos distinguió un trozo de piel tostada con un pequeño
lunar en forma de corazón. Se quedó inmóvil.
Entonces lanzó un grito.
Tomó un cuchillo y se cortó las venas.
—No más niños… no más niños…
Después se abrió la garganta y cayó al suelo.
Algunos invitados reaccionaron con inquietud, pero Neus
levantó la mano.
—Es su forma de vengarse —dijo con frialdad—. Estas personas
creen encontrar dignidad en el sufrimiento.
Nadie discutió. Los comensales salieron con cuidado de no
mancharse los zapatos con la sangre.
Fuera, el helicóptero esperaba con las aspas girando. Uno a
uno subieron a bordo. La máquina se elevó y desapareció en la noche.
En la cabaña del jardín, el jardinero escuchó el ruido del
aparato. Miró al cielo oscuro, pero no vio nada.
La finca volvió a quedar en silencio. Y la historia, lejos de terminar, apenas había hecho una pausa.

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