Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Julián

Llegas cuando todavía no ha pasado nada y, sin embargo, todo parece ya decidido. La luz no cambia en ningún momento del día. Podrías jurar que el hospital no tiene horas, solo intensidades.

En el mostrador dices un nombre que no te pertenece. Nadie te corrige. A tu lado, otra persona sostiene el mismo error con la misma calma. No intercambiáis preguntas; intercambiáis una aceptación. Eso es lo primero que ocurre.

La habitación 314 no ofrece resistencia. El cuerpo en la cama respira con la obstinación de una máquina bien programada. No hay historia en ese rostro, solo un gesto detenido. Te acercas porque no hay nada que impida acercarse.

Ella se coloca al otro lado de la cama. No te mira al principio. Observa los detalles que no sirven para nada: la curvatura del cable, la arruga en la sábana, el intervalo entre dos pitidos. Parece medir algo que no se puede medir. Sabes, sin que lo diga, que también está aquí por una razón que no es la que ha dado en el mostrador.

Hablas lo mínimo. Descubres pronto que el silencio no incomoda, solo delimita. En algún momento salís al pasillo. Ahí os miráis fijamente por primera vez.

—¿Le conocías? —preguntas.

—Sí —responde.

La verdad no entra; no hace falta. Pero mientras ella lo dice, notas algo: una limpieza en su voz que sugiere que también está siendo honesta sobre lo que es una mentira. Ambos acabáis de decir la verdad sobre vuestra deshonestidad.

La cafetería introduce un tiempo falso. Las tazas humean como si fuera necesario justificar el calor. Pagáis por separado, sin discutirlo. Ese gesto, pequeño y seco, establece una frontera: no sois una unidad, solo una coincidencia que se administra.

Mientras hablas, cambias un detalle a mitad de frase: primero dices "mi tío", luego "un conocido". La corrección te sale como naturalidad. Ella no señala nada. Reconoces en eso una inteligencia: entiende que estás reescribiendo mientras hablas, ajustando la mentira para que tenga consistencia.

Aun así, volvéis.

En la segunda estancia ya no miráis al paciente con la misma atención. El centro se ha desplazado sin anuncio. Ahora el eje es la distancia entre vosotros, ese espacio que se acorta sin ser tocado.

Empiezas a notar una urgencia que no sabes nombrar. No es deseo en el sentido habitual; no quieres poseer, quieres sostener. Como si cualquier interrupción fuera a borrar lo que está ocurriendo. Como si el hecho de que ambos hayáis mentido de la misma manera fuera garantía de que esto significa algo.

Ella, en cambio, no acelera. Ajusta. Su forma de estar es una especie de precisión: no añade nada que no sea necesario. Y, sin embargo, no se va. Eso es lo que importa.

Hay decisiones que no se toman: se sostienen hasta que parecen inevitables.

A media tarde, en el pasillo, ella dice:

—Esto no debería durar.

No lo dice como advertencia. Lo dice como diagnóstico. Y tú comprendes antes de terminar de escucharla que tiene razón. No por las razones que crees, sino por las que no se dicen.

Volvéis una última vez a la habitación. El hombre sigue ahí, cumpliendo su función de no intervenir. Os acercáis y, sin saber quién decide, os tomáis de la mano.

Ese contacto no establece vínculo con él paciente. Lo establece entre vosotros. Como un gesto libre de cualquier consecuencia. Como si la presencia de un cuerpo inerte fuera lo único que permitiera que esto sea ternura y no negociación.

Algunas intensidades necesitan un testigo que no puede hablar.

Cuando salís, el hospital no os retiene. Nunca lo hizo. La puerta automática se abre con la misma indiferencia con la que se abriría para cualquiera.

Os detenéis un segundo fuera. La ciudad sigue funcionando como si nada hubiera ocurrido, lo cual es exacto.

—No —dice ella, antes de que preguntes nada.

No es una negación de una propuesta. Es una negación preventiva. Está cerrando algo que aún no has intentado abrir. Pero sabes que sí lo has intentado—en cada gesto, en cada segundo más que has querido sostener.

—Si nos vemos otra vez —añade—, será otra cosa.

No explica qué cosa. No hace falta. Ambos entendéis que lo que ha ocurrido depende de su no repetición. Que el intento de continuidad no prolongaría la intensidad: la diluiría. Como si lo vivido fuera un fenómeno de una sola combustión, y cualquier segundo intento sería apenas las cenizas de algo que ya ocurrió.

Se presenta:

—Elena.

Tú respondes:

—Julián.

Lo dices con una seguridad que no sientes. Porque también estás dando un nombre que se ajusta mejor a lo que está ocurriendo que a lo que eres. Porque el encuentro requiere una cierta ficción de identidad para ser posible.

No os tocáis al despediros. El gesto habría sido redundante, casi torpe. Cada uno gira en una dirección distinta. No hay promesas, no hay intercambios, no hay nombres completos.

Caminas unos metros y ya no estás seguro de qué recordar. No porque haya sido confuso, sino porque ha sido demasiado nítido. Lo que no tiene historia tampoco tiene dónde fijarse.

Te das cuenta, con un retraso leve, de que no sabes nada de ella que sirva para encontrarla. Y eso es exactamente lo que ambos querías. Porque saber sería interrumpir. Encontrar sería destruir.

La memoria necesita pasado; lo que acaba de ocurrir solo tiene intensidad.

Hay encuentros que se protegen de su propia continuación no porque sean frágiles, sino porque son demasiado verdaderos. Y la verdad, cuando es absoluta, no puede tolerarse dos veces.

Si vuelves a ese hospital otro día, todo encajará mejor. Preguntarás, confirmarás, corregirás. El mundo recuperará su coherencia habitual. Podrías incluso intentar encontrarla, armándote con lo poco que sabes. Y quizá lo consigas.

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ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"