Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

jueves, 19 de marzo de 2026

Nada por encima del deber

No contestas al primer correo porque tu madre todavía tiene nombre.

Lo dices en voz baja mientras esperas en el pasillo del hospital, que huele a desinfectante y sopa recalentada; a finales sin épica, a vidas que se diluyen discretamente.

Después el médico habla de cuidados paliativos como si fuera una estación del metro. Asientes. Guardas el teléfono en el bolsillo. Vibra. No miras.

Más tarde, ya en casa, abres el mensaje. “Reunión sobre documentación de fin de año”. Hay algo obsceno en la precisión de la frase. Respondes que no puedes asistir. No dices demasiado. Crees —todavía crees— que hay cosas que no necesitan ser explicadas.

Al día siguiente hay tres correos más.

Los lees uno detrás de otro. Las palabras cambian poco: “estándares”, “cumplimiento”, “obligaciones”. El lenguaje administrativo tiene esa cualidad: no evoluciona, se replica. Es una bacteria que ha aprendido a escribir.

Respondes entonces con más claridad: tu madre está enferma, muy enferma, no asistirás a reuniones, de momento.

Pausa.

La respuesta llega como llegan las facturas: puntual, neutra, inevitable. Se te informa de que se espera de todos los empleados el mismo nivel de cumplimiento. No hay signos de interrogación en ese correo. Tampoco hay exclamaciones. Solo una llanura de palabras correctas en la que en ningún momento aparece “madre”.

Regresas al hospital. Esta vez entras en la habitación. Tu madre respira como si cada inhalación fuera una negociación. Le sostienes la mano. Piensas en cosas pequeñas: una sopa que le gustaba, una frase que decía siempre mal, una risa que ya no volverás a oír.

El teléfono vuelve a vibrar.

No lo sacas.

Hay una forma de resistencia que consiste en no responder. No es heroica; es simplemente lo único que queda cuando todo lo demás ya está ocupado.

Días después, tu madre muere. La palabra “fallecimiento” no sirve. Es demasiado administrativa, como si incluso la muerte necesitara un término que no incomode.

Vuelves al trabajo porque no sabes qué otra cosa hacer con tu vacío.

El edificio sigue igual. El café sabe igual. Nadie ha movido nada para hacerle sitio a lo que ha pasado. La institución no tiene memoria, solo archivo.

Te cruzas con ella en el pasillo. Tu jefa. Lleva una carpeta. Siempre hay una carpeta. Te mira como se mira a alguien con quien hay un asunto pendiente.

Entras en su despacho.

No levantas la voz. No eres de levantar la voz. Le dices que te ha decepcionado. Que esperabas otra cosa. No sabes exactamente qué, pero otra cosa.

Ella escucha. Asiente levemente. Cuando habla, lo hace despacio, como si eligiera palabras que no puedan ser usadas en su contra.

Todos los empleados, dice, deben cumplir con sus obligaciones.

Hay un momento —muy breve— en el que piensas que no ha entendido. Que si repites la frase de otra manera, si introduces la palabra adecuada, algo se abrirá. Pero no hay ninguna palabra adecuada. No porque no exista, sino porque no está autorizada.

Entonces ocurre algo más difícil de nombrar que la muerte de tu madre.

Dejas de intentar.

Sales del despacho. Caminas por el pasillo. Las aulas están llenas de estudiantes que no saben nada de esto. Ni falta que les hace. Les hablas de lo que tengas que hablar. Cumples.

Pero hay una fisura.

Antes, el trabajo era un lugar donde ocurrían cosas. Ahora es un lugar donde las cosas se anotan. La diferencia parece pequeña. No lo es.

Empiezas a notar detalles.

Las reuniones ya no son reuniones: son comprobaciones de presencia. Los correos ya no comunican: certifican que alguien ha sido informado. Las palabras ya no buscan entender: buscan cubrir.

Una tarde, solo en el aula, miras la mesa del profesor. Piensas en tu madre. Piensas en la mano que ya no sostienes. Piensas en la vibración del teléfono.

Y entiendes algo que no te gusta.

No te están pidiendo que dejes de sentir.

Te están pidiendo que sientas fuera de horario.

La crueldad contemporánea rara vez grita; agenda.

Sigues trabajando. No hay escena de ruptura. No hay gesto dramático. Lo importante no estalla; se sedimenta.

A veces te preguntas si deberías haber hecho las cosas de otro modo. Pedir un permiso formal. Usar las palabras correctas. Convertir el dolor en expediente.

Tal vez entonces habría sido distinto.

O tal vez no.

Porque hay sistemas que no se equivocan: simplemente no ven.

Y lo que no ven, no existe.

El problema es que tú sí lo has visto.

Y ya no puedes dejar de verlo.

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ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"