Lo dices en voz baja mientras esperas en el pasillo del
hospital, que huele a desinfectante y sopa recalentada; a finales sin épica, a vidas
que se diluyen discretamente.
Después el médico habla de cuidados paliativos como si fuera
una estación del metro. Asientes. Guardas el teléfono en el bolsillo. Vibra. No
miras.
Más tarde, ya en casa, abres el mensaje. “Reunión sobre
documentación de fin de año”. Hay algo obsceno en la precisión de la frase.
Respondes que no puedes asistir. No dices demasiado. Crees —todavía crees— que
hay cosas que no necesitan ser explicadas.
Al día siguiente hay tres correos más.
Los lees uno detrás de otro. Las palabras cambian poco:
“estándares”, “cumplimiento”, “obligaciones”. El lenguaje administrativo tiene
esa cualidad: no evoluciona, se replica. Es una bacteria que ha aprendido a
escribir.
Respondes entonces con más claridad: tu madre está enferma,
muy enferma, no asistirás a reuniones, de momento.
Pausa.
La respuesta llega como llegan las facturas: puntual,
neutra, inevitable. Se te informa de que se espera de todos los empleados el
mismo nivel de cumplimiento. No hay signos de interrogación en ese correo.
Tampoco hay exclamaciones. Solo una llanura de palabras correctas en la que en ningún
momento aparece “madre”.
Regresas al hospital. Esta vez entras en la habitación. Tu
madre respira como si cada inhalación fuera una negociación. Le sostienes la
mano. Piensas en cosas pequeñas: una sopa que le gustaba, una frase que decía
siempre mal, una risa que ya no volverás a oír.
El teléfono vuelve a vibrar.
No lo sacas.
Hay una forma de resistencia que consiste en no responder.
No es heroica; es simplemente lo único que queda cuando todo lo demás ya está
ocupado.
Días después, tu madre muere. La palabra “fallecimiento” no
sirve. Es demasiado administrativa, como si incluso la muerte necesitara un
término que no incomode.
Vuelves al trabajo porque no sabes qué otra cosa hacer con tu
vacío.
El edificio sigue igual. El café sabe igual. Nadie ha movido
nada para hacerle sitio a lo que ha pasado. La institución no tiene memoria,
solo archivo.
Te cruzas con ella en el pasillo. Tu jefa. Lleva una
carpeta. Siempre hay una carpeta. Te mira como se mira a alguien con quien hay
un asunto pendiente.
Entras en su despacho.
No levantas la voz. No eres de levantar la voz. Le dices que
te ha decepcionado. Que esperabas otra cosa. No sabes exactamente qué, pero
otra cosa.
Ella escucha. Asiente levemente. Cuando habla, lo hace
despacio, como si eligiera palabras que no puedan ser usadas en su contra.
Todos los empleados, dice, deben cumplir con sus
obligaciones.
Hay un momento —muy breve— en el que piensas que no ha
entendido. Que si repites la frase de otra manera, si introduces la palabra
adecuada, algo se abrirá. Pero no hay ninguna palabra adecuada. No porque no
exista, sino porque no está autorizada.
Entonces ocurre algo más difícil de nombrar que la muerte de
tu madre.
Dejas de intentar.
Sales del despacho. Caminas por el pasillo. Las aulas están
llenas de estudiantes que no saben nada de esto. Ni falta que les hace. Les
hablas de lo que tengas que hablar. Cumples.
Pero hay una fisura.
Antes, el trabajo era un lugar donde ocurrían cosas. Ahora
es un lugar donde las cosas se anotan. La diferencia parece pequeña. No lo es.
Empiezas a notar detalles.
Las reuniones ya no son reuniones: son comprobaciones de
presencia. Los correos ya no comunican: certifican que alguien ha sido
informado. Las palabras ya no buscan entender: buscan cubrir.
Una tarde, solo en el aula, miras la mesa del profesor.
Piensas en tu madre. Piensas en la mano que ya no sostienes. Piensas en la
vibración del teléfono.
Y entiendes algo que no te gusta.
No te están pidiendo que dejes de sentir.
Te están pidiendo que sientas fuera de horario.
La crueldad contemporánea rara vez grita; agenda.
Sigues trabajando. No hay escena de ruptura. No hay gesto
dramático. Lo importante no estalla; se sedimenta.
A veces te preguntas si deberías haber hecho las cosas de
otro modo. Pedir un permiso formal. Usar las palabras correctas. Convertir el
dolor en expediente.
Tal vez entonces habría sido distinto.
O tal vez no.
Porque hay sistemas que no se equivocan: simplemente no ven.
Y lo que no ven, no existe.
El problema es que tú sí lo has visto.
Y ya no puedes dejar de verlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario