Nadie te frena. Eso ya es raro. Lo raro pasa desapercibido
cuando hay humo y dinero.
Te agarran. Dos, tres. Te suben a una silla. El público aumenta,
se gira con esa hambre tranquila que tiene la gente cuando cree que no hay
consecuencias.
—Mira lo que trae el viento. Viene con su propio ataúd.
Ríen. Te empujan un poco. Prueban tu equilibrio como si
fuera un chiste.
No haces nada.
Y eso molesta más que cualquier respuesta.
El grande aparece sin moverse mucho. Está ahí porque siempre
está ahí. Ocupa sitio, ocupa aire.
Te mira.
No le devuelves la mirada. Miras el conjunto. Como quien
cuenta cartas en una mesa sucia.
Levantas la mano.
Ni alto ni bajo. No teatral. No humilde. Preciso.
El ruido se corta en seco. Como si alguien hubiera
desenchufado la sala.
—Qué.
La palabra sale de él como sale el humo de una colilla:
sola.
Bajas la mano.
No sonríes. No hablas de más.
—Peleo. Aquí. Ahora.
La risa vuelve, pero con un filo nuevo. Ya no es pura burla.
Es curiosidad con dientes.
—¿Tú conmigo? —dice el grande, tocándose el pecho.
Asientes.
El de las apuestas entra en escena como si llevara esperando
este momento desde que abrió el local. Libreta. Bolígrafo. Ojos rápidos.
—Se abre mesa —dice—. Vamos a divertirnos.
Empiezan las cifras. Te colocan abajo. Muy abajo. A él lo
inflan. A ti te descuentan.
El dinero se mueve como si supiera algo que la gente no.
Levantas la mano.
Otra vez. Igual.
Silencio.
—Qué.
Otra vez la palabra. La misma. El mismo tono. El mismo hueco
en la cara.
Apuestas fuerte. Por ti. El de la libreta sonríe sin enseñar
los dientes. Eso es peor.
Te bajan. El suelo pega. Te colocas. Él se coloca.
Dos pasos. Tres. Un amago. Nada serio.
No va a durar.
Te paras.
Levantas la mano.
Tercera vez.
Aquí no hay novedad. Ahí está el truco.
Silencio.
—Qué.
Baja la guardia lo justo para hablar. La boca se abre. El
pecho también. Un centímetro. Dos.
—Solo tengo un golpe.
No es amenaza. Es inventario.
Saltas.
No hay estilo. No hay técnica que alguien pueda copiar
después. Hay momento.
Impacto.
El grande cae. No lento. No rápido. Simplemente cae. Como
cae una puerta cuando ya no hay bisagras.
La sala no sabe qué hacer con eso.
Unos ríen tarde. Otros no ríen. El sonido se queda mal
colocado.
El de la libreta paga. Rápido. Profesional. Le gustan las
historias cortas. Dan menos problemas.
Cobras.
No celebras. No miras al grande. No miras a nadie.
El grande abre la boca. Quiere decir algo. Busca la palabra.
Esa. La que usó antes.
No sale.
Al fondo, un tipo intenta imitarte. Levanta la mano. El
ruido no obedece. Se atasca. Se rompe.
Bajas de la escena sin que nadie te baje.
La puerta te espera donde la dejaste.
Sales.
Dentro algo ha cambiado: ahora saben que no gana el que
golpea mejor; gana el que decide cuándo el otro deja de pensar.
Y tú decidiste eso tres veces.

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