Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El azar tiene mapa y verdad

Entras por la puerta de atrás como si ya hubieras salido de allí antes.

Nadie te frena. Eso ya es raro. Lo raro pasa desapercibido cuando hay humo y dinero.

Te agarran. Dos, tres. Te suben a una silla. El público aumenta, se gira con esa hambre tranquila que tiene la gente cuando cree que no hay consecuencias.

—Mira lo que trae el viento. Viene con su propio ataúd.

Ríen. Te empujan un poco. Prueban tu equilibrio como si fuera un chiste.

No haces nada.

Y eso molesta más que cualquier respuesta.

El grande aparece sin moverse mucho. Está ahí porque siempre está ahí. Ocupa sitio, ocupa aire.

Te mira.

No le devuelves la mirada. Miras el conjunto. Como quien cuenta cartas en una mesa sucia.

Levantas la mano.

Ni alto ni bajo. No teatral. No humilde. Preciso.

El ruido se corta en seco. Como si alguien hubiera desenchufado la sala.

—Qué.

La palabra sale de él como sale el humo de una colilla: sola.

Bajas la mano.

No sonríes. No hablas de más.

—Peleo. Aquí. Ahora.

La risa vuelve, pero con un filo nuevo. Ya no es pura burla. Es curiosidad con dientes.

—¿Tú conmigo? —dice el grande, tocándose el pecho.

Asientes.

El de las apuestas entra en escena como si llevara esperando este momento desde que abrió el local. Libreta. Bolígrafo. Ojos rápidos.

—Se abre mesa —dice—. Vamos a divertirnos.

Empiezan las cifras. Te colocan abajo. Muy abajo. A él lo inflan. A ti te descuentan.

El dinero se mueve como si supiera algo que la gente no.

Levantas la mano.

Otra vez. Igual.

Silencio.

—Qué.

Otra vez la palabra. La misma. El mismo tono. El mismo hueco en la cara.

Apuestas fuerte. Por ti. El de la libreta sonríe sin enseñar los dientes. Eso es peor.

Te bajan. El suelo pega. Te colocas. Él se coloca.

Dos pasos. Tres. Un amago. Nada serio.

No va a durar.

Te paras.

Levantas la mano.

Tercera vez.

Aquí no hay novedad. Ahí está el truco.

Silencio.

—Qué.

Baja la guardia lo justo para hablar. La boca se abre. El pecho también. Un centímetro. Dos.

—Solo tengo un golpe.

No es amenaza. Es inventario.

Saltas.

No hay estilo. No hay técnica que alguien pueda copiar después. Hay momento.

Impacto.

El grande cae. No lento. No rápido. Simplemente cae. Como cae una puerta cuando ya no hay bisagras.

La sala no sabe qué hacer con eso.

Unos ríen tarde. Otros no ríen. El sonido se queda mal colocado.

El de la libreta paga. Rápido. Profesional. Le gustan las historias cortas. Dan menos problemas.

Cobras.

No celebras. No miras al grande. No miras a nadie.

El grande abre la boca. Quiere decir algo. Busca la palabra. Esa. La que usó antes.

No sale.

Al fondo, un tipo intenta imitarte. Levanta la mano. El ruido no obedece. Se atasca. Se rompe.

Bajas de la escena sin que nadie te baje.

La puerta te espera donde la dejaste.

Sales.

Dentro algo ha cambiado: ahora saben que no gana el que golpea mejor; gana el que decide cuándo el otro deja de pensar.

Y tú decidiste eso tres veces.

  

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ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"