Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

sábado, 14 de marzo de 2026

Héroe de marzo

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.

Cuando el perro me hizo la propuesta comprendí que mi vida se acercaba al final. No sentí miedo; sentí descanso. El peso de mi existencia, llena de errores, parecía aflojarse por primera vez.

El perro hablaba de dinero. Mucho dinero. Decía que el plan estaba preparado y que el riesgo sería pequeño. Creía que aquello me seducía. Pensaba que un hombre como yo —ladrón, soplón, basura del barrio— sólo podía escuchar la palabra euros. Pero no entendía nada. Yo no quería dinero. Quería otra cosa.

Estábamos en el mismo bar de siempre. Mesas gastadas, sillas de skay rojo, el sol entrando por el escaparate sucio. Allí nos habíamos reunido muchas veces. Él me daba información y yo le pagaba con nombres. Nombres de ladrones, de matones, de traficantes. Gracias a esas conversaciones yo dominaba el barrio. O eso creía. En realidad el rey era él. Siempre lo fue.

Nadie probó que fuera policía, aunque todos lo sospechaban. Lo que sí sabíamos es que estaba protegido por gente poderosa y que sabía demasiado.

Por eso, cuando aquella mañana mencionó el asunto, supe que estaba muerto. Nadie entra en un negocio así y sale vivo. Mientras él hablaba de fajos de billetes yo veía otra cosa: la cuerda con la que me colgarían.

—No quiero dinero —dije—. Quiero redención.

El perro frunció el ceño.

—¿Qué paraíso? Hay muchos.

No respondí. No le expliqué que llevaba años hundido en el deshonor. Desde niño había deseado hacer algo grande, algo que limpiara mi nombre. No quería morir como un delincuente. Quería morir como un héroe.

El perro cambió de tono. Dejó de hablar de dinero y empezó a hablar de religión, de injusticias, de infieles que humillaban a los creyentes. Palabras oportunas, palabras sucias. Pero ya no importaba. Yo había tomado mi decisión.

Levanté la mano y se calló. Me miró con rabia, pero aguantó.

—No quiero dinero —repetí—. Sólo una cosa: que digáis que morí como un mártir. Que lo hice por Alá. Que fue mi respuesta contra vosotros.

Lo dije todo. El odio, la vergüenza, el cansancio de vivir así. Quería morir con un sentido.

Entonces él levantó la mano.

—Basta de sermones —dijo—. Sólo dime si pondrás la bomba.

Lo miré detrás de sus gafas oscuras.

—Sí.

Me obligó a repetirlo. Lo hice. Después se levantó, tiró el cigarro al suelo y se marchó sin despedirse. Fue la última vez que lo vi.

Me quedé en el bar mirando la colilla que aún humeaba. Pensé en todo lo que había hecho: traiciones, delitos, humillaciones. Ya no podía vivir así. La muerte me parecía una limpieza.

Días después un hombre me entregó un teléfono en plena calle. Sonó de inmediato. Una voz me dio instrucciones.


Amanecía cuando subí al tren de cercanías. Llevaba la mochila con el explosivo. La dejé bajo el asiento.

No miré a nadie.

Los pasajeros iban medio dormidos. Gente que empezaba su jornada sin saber que sería la última. Pensé en sus familias, en sus casas, en las despedidas de esa mañana.

El tren avanzaba con suavidad. Calor, silencio, ruedas sobre la vía.

En la estación indicada me levanté y bajé. Nadie miró la mochila.

Mientras el tren se alejaba pedí a Dios que me diera valor para morir con ellos. Pero no tuve valor. Bajé temblando, con náuseas, viendo cómo el tren entraba en la ciudad.


A la hora prevista llegué al piso. Allí estaban los demás.

Ninguno era creyente.

Nos grabaron en vídeo. Nos pusieron pasamontañas, chalecos, armas falsas. Nos hicieron leer un texto donde amenazábamos con más sangre. Parecía una escena ridícula, como un disfraz de carnaval.

Luego se fueron.

Quedamos ocho hombres encerrados en el piso. Pasaron días. Nos daban comida barata. Apenas hablábamos. Algunos soñaban con el dinero prometido: millones, pasaportes, vuelos a otros países.

Yo no esperaba dinero. Esperaba morir.

Uno dijo que quizá habíamos matado a mucha gente. Otro respondió que pronto lo sabríamos. A mí no me pesaban esas muertes. Me pesaba mi propia vida.


Un día volvieron. Dos hombres y una mujer. Traían un paquete grande. Lo dejaron en el salón.

Después nos encerraron allí. Cerraron la puerta blindada.

Los otros miraban el paquete como si dentro hubiera dinero. Yo sabía lo que era.

Al poco tiempo oímos voces desde la calle.

La policía.

Nos pedían rendirnos.

Mis compañeros entraron en pánico. Gritaban que no podían salir, que la puerta estaba cerrada. Golpeaban, lloraban, suplicaban.

Entonces hablé.

—No sabéis dónde está el Bien —dije—. Ese paquete es una bomba. Os enviará al infierno. Yo me sacrifico por mi fe.

Después todos empezaron a gritar. Algunos lloraban, otros rezaban.

De pronto sonó un teléfono dentro del paquete.

Una sola llamada.

Luego la explosión.


Ahora no sé dónde estoy.
No sé si soy un héroe o un asesino.

La diferencia depende del dios al que se rece.

Que la maldición de Alá caiga sobre los injustos.


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ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"