Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

jueves, 12 de marzo de 2026

Ad Notitiam


Como cada día, volvió a casa hacia las dos. Abrió el buzón. Solo había un sobre, sin sello ni remite. Su nombre completo estaba escrito con caligrafía impecable; debajo, la dirección. Papel grueso, de invitación de boda.

Le costó rasgar la solapa.

Dentro encontró una cartulina. Esperaba una boda, un bautizo, algún compromiso social. Leyó:

«Por la presente le informo de que estoy considerando su asesinato.
Inicio hoy, día primero del presente mes, un período de reflexión para evaluar la conveniencia y oportunidad de su muerte.

Si lo estima oportuno, puede denunciar esta notificación ante cualquier autoridad o presentar demanda civil. Dichas acciones no influirán en la decisión final.

Si en noventa días no recibe resolución, considere desestimada esta evaluación.

Queda usted debidamente notificado.»

La leyó dos veces. Luego a fragmentos. Sus ojos regresaban siempre a la palabra asesinato, que no encajaba con el tono administrativo del texto.

Cuando por fin comprendió lo que decía, levantó la vista, miró alrededor y volvió a la cartulina, que ya le temblaba entre las manos. Entró deprisa en casa. Cerró. Echó cerrojos.

El pánico empezó a crecer.

Durante semanas pensó casi solo en eso. La amenaza giraba en su cabeza como un satélite obstinado. Buscaba una explicación: quién, por qué. No tenía enemigos. No debía dinero. Era —se repetía— una buena persona.

«¿Quién querría matar a una buena persona como yo?»

Solo un psicópata, concluía. Un individuo sin remordimientos. Alguien que jugaba con el miedo ajeno por puro entretenimiento. Imaginaba a ese hombre mezclado entre la gente corriente: un funcionario, un vecino, un panadero, un médico. Gente amable a simple vista, pero capaz de enviar notificaciones absurdas anunciando asesinatos con la frialdad de un trámite.

Contó lo ocurrido a familiares y amigos. Muchos le aconsejaron denunciar. Otros restaron importancia al asunto. Algún imbécil gastando una broma cruel, dijeron.

El miedo se fue apagando con los días. Solo regresaba a las dos de la tarde, cuando abría el buzón.

Casi tres meses después apareció otro sobre.

No estaba en el buzón. Yacía en el suelo del pasillo, a unos pasos de la puerta. Alguien lo había deslizado por debajo.

Se quedó inmóvil al verlo. Se apoyó en la pared para no caer. Tardó bastante en recogerlo.

La cartulina decía:

«Por la presente le informo de que finalmente he decidido sine die su asesinato.
Contra esta resolución no cabe apelación.
Así lo pronuncio y firmo.
»

Debajo había una firma: una X perfecta, trazada con tinta marrón.

Sine die. Dudó del significado.

Y entonces apareció el recuerdo.

Una tarde de invierno, en el barrio donde creció. Niebla baja, casas pobres. Un grupo de adolescentes refugiado en una escalera ruinosa. Gritos, risas, besos torpes, humo de cigarrillos.

Una chica sacó un pequeño frasco brillante del bolsillo. Él —entonces un muchacho arrogante— se lo arrebató.

Trepa a un árbol. La chica exige que se lo devuelva. Los demás observan. Saben que él no parará.

Primero la chica insulta. Luego suplica.

—Es una base de maquillaje —explica otra—. Le costó meses comprarla.

El chico abre el frasco. Huele la crema marrón. Finge que se le cae. Dos veces.

Después vacía el contenido sobre una rama áspera y lo extiende hasta no dejar nada en sus manos.

¿Sería posible que aquella muchacha aún lo odiara?

Mientras pasaban los días empezó a revisar su vida como si fuera un archivo judicial. Pequeños daños. Ofensas menores.

Un chicle pegado en el pelo de un compañero de escuela. El niño llorando mientras intentaba despegarlo. Al día siguiente apareció rapado y con moratones.

Recordó también unos ojos azules. Una muchacha que lo había dejado todo por él. Meses después él no fue capaz de sostenerle la mirada cuando la abandonó.

O el vecino de pared. Aquel motor zumbante que instaló en la chimenea. Un ruido leve, persistente. Durante años.

Pequeñas crueldades. Desprecios. Egoísmos insignificantes.

Sumados durante una vida entera.

A veces pensaba que la condena era justa. No por un gran crimen, sino por la acumulación de miles de malicias pequeñas. Como la niebla de su infancia: ligera, constante, hasta cubrirlo todo.


Despertó.

No quiso abrir los ojos.

Estaba desnudo. Atado de pies y manos sobre una superficie fría. Metal, probablemente. Una mesa.

Olía a formol.

Escuchaba pasos cerca. Herramientas. Un sistema de aspiración encendiéndose. Agua corriendo por un desagüe.

La luz de una lámpara atravesó sus párpados.

Giró la cabeza y abrió los ojos.

Vio una pila de acero. Instrumentos alineados: bisturís, pinzas, tijeras, un martillo, un cincel. También pesos y una balanza.

Una figura con bata verde trabajaba en silencio.

Se acercó y le levantó un párpado para examinar el ojo.

—¿Quién es usted? —susurró él—. ¿Qué daño cometí?

No pidió perdón. Solo quería saber.

La persona se quitó las gafas, la mascarilla.

Era una mujer de mediana edad. Rostro tranquilo. Desconocido.

—¿Por qué yo? —preguntó él.

Ella habló con voz suave:

—Voy a practicarle una autopsia en vida.

Sintió el bisturí. Un corte largo bajo las clavículas. Luego otro hacia abajo, hasta el pubis.

Intentó gritar.

—¿Por qué? ¿Por qué?

La mujer retiró la mascarilla un momento. Su voz sonó casi infantil.

—Por ser escorpio, por vivir en una casa con número impar y por ser zurdo.

Volvió a cubrirse la boca.

Comenzó a retirar la parrilla costal.

Antes de perder el conocimiento, el hombre murmuró:

—Que Dios ayude a mi pobre alma.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente, eres un narrador por naturaleza. Pero qué quiere decir Sine die.

ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"