Carraspeo.
No miras. Aprendiste a no mirar cuando algo te irrita: el
ojo fija, la fijación agranda. Prefieres el método indirecto: dejas que el oído
haga su trabajo sucio. Tu oído no oye; registra, archiva, clasifica. Donde
otros tienen oídos, tú llevas un micrófono con memoria rencorosa.
Carraspeo.
Empiezas a escribir una frase y la frase se parte en dos
como una rama húmeda. No por el volumen —no es alto— sino por la textura. Es un
sonido con cuerpo, con saliva, con pasado. Trae consigo un interior que no te
pertenece. Te das cuenta de que no te molesta el ruido: te molesta que el ruido
tenga dueño.
Carraspeo.
La jefa cruza la oficina con una serenidad que no es calma
sino doctrina. Su paso no acusa nada; su cara no registra. Ha hecho de la
omisión un oficio. Hay religiones que adoran el silencio; esta adora la
continuidad. Interrumpir sería reconocer que el mundo no encaja.
Carraspeo.
Miras a la compañera del fondo. No reacciona. Sus dedos
avanzan con una eficacia sin sobresaltos, como si cada carraspeo fuera parte
del sistema operativo. Te preguntas si ha aprendido a filtrar o si ha olvidado
que filtra. Hay adaptaciones que no te hacen más fuerte; te hacen más
compatible.
Carraspeo.
Te dices que es involuntario. Te dices que nadie elige esa
música. Pero la hipótesis no calma. Porque si es involuntario, entonces no hay
a quién dirigir la queja; y una molestia sin destinatario se vuelve íntima,
como una deuda sin acreedor.
Carraspeo.
Pruebas a sincronizarte. Si el tiempo va a medirse así, lo
adoptas. Cada carraspeo, una unidad. Escribes entre dos, corriges en el
tercero, respiras en el cuarto. Te conviertes en un reloj ajeno. Descubres algo
desagradable: funciona. La productividad crece cuando te rindes al patrón. Te
preguntas qué otras cosas te han hecho rendirte sin darte cuenta.
Carraspeo.
El técnico de sistemas aparece cuando no hay problema. Trae
consigo una autoridad sin objeto. Mira cables, asiente, desaparece. Es una
figura tranquilizadora porque no resuelve nada; su ineficacia es estable, y la
estabilidad se confunde con orden.
Carraspeo.
Te levantas. No es huida, te dices; es ajuste. En el baño,
el eco multiplica los sonidos hasta volverlos abstractos. Te miras como si
fueras otro empleado al que evaluar. Detectas una rigidez nueva en la
mandíbula. Hay molestias que no salen por la boca: se instalan como
arquitectura.
Carraspeo (lejano, pero llega).
Vuelves al puesto. La luz no ha cambiado. El aire sigue
siendo el mismo préstamo colectivo. Te sientas con una idea que te incomoda más
que el sonido: quizá el problema no es que invadan tu espacio, sino que el
espacio nunca fue tuyo. La oficina abierta es una pedagogía del límite: te
enseña que el cuerpo del otro es parte de tu jornada.
Carraspeo.
Decides contar. No por obsesión —te defiendes— sino por
método. A los diez, te dices que es tolerable. A los veinte, notas un ligero
endurecimiento en la nuca. A los treinta, el número pierde sentido y se vuelve
textura. Los números sirven para domar; la textura sirve para recordar.
Carraspeo.
Te sorprende una gratitud torcida: al menos el sonido es
honesto. No pretende ser otra cosa. No se disfraza de correo urgente ni de
reunión necesaria. Es un acto bruto, sin coartada. La honestidad también puede
ser una forma de violencia cuando no deja lugar a nadie más.
Carraspeo.
Ensayas una explicación benigna: alergia, sequedad, hábito.
Ensayas una explicación oscura: señalización, territorio, una manera primitiva
de decir “este aire tiene dueño”. Ninguna te satisface del todo. Las teorías
son prótesis para caminar sobre un suelo que no quieres tocar.
Carraspeo.
Piensas en pedir algo, en nombrar la molestia. Pero nombras
y, al nombrar, haces público lo que hasta ahora era tuyo. Convertirías tu
irritación en asunto de todos, y sospechas que perdería densidad. Hay dolores
que viven de su secreto.
Carraspeo.
Escribes mejor en medio del ruido. No lo admites, pero lo
sabes. La frase sale con una tensión que antes no tenía, como si el mundo
exigiera precisión para no desbordarse. La claridad no siempre nace del
silencio; a veces nace del asedio.
Carraspeo.
Te preguntas si, de no existir ese sonido, encontrarías
otro. Una silla que chirría, un teclado nervioso, una respiración. Sospechas
que sí. El oído necesita objeto como el ojo necesita luz. Cuando falta, lo
inventa. La intolerancia también es una forma de creatividad.
Carraspeo.
La jornada avanza no por horas sino por golpes de garganta.
Has perdido el reloj sin darte cuenta. Hay un momento en que te parece que todo
el edificio respira a través de ese único punto, como si el sistema hubiera
elegido un órgano para manifestarse.
Carraspeo.
Te inclinas hacia la pantalla y, sin mirarlo, agradeces que
siga ahí. Si se detuviera, piensas, algo se rompería. No en él, en ti. El
silencio absoluto sería una prueba que no quieres pasar.
Carraspeo.
En ciertos entornos, la paz no es la ausencia de ruido sino
la estabilidad de la molestia. Cuando la molestia cesa, el sistema se revela:
no sabías qué sostenía tu día.
Carraspeo.
Al final, recoges tus cosas con una precisión que roza el
ritual. No has resuelto nada. Tampoco has colapsado. Sales con una idea que no
te gusta pero te acompaña: quizá no soportas el sonido porque te recuerda que
hay otros cuerpos; quizá no soportas a los otros porque no puedes editarlos.
Carraspeo (último, o eso crees).
Cierras la puerta y, en el pasillo, el silencio te parece un
artificio. Te descubres esperando el siguiente golpe, como quien espera una
confirmación. No llega. Y ese no-llegar tiene un peso nuevo, una forma sin
nombre.
Hay ruidos que te expulsan del mundo; otros te obligan a
admitir que nunca estuviste solo en él.

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