Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

jueves, 19 de marzo de 2026

krrm Krrm Krrmm

Llegas temprano para ganar un margen de mundo. Crees que el tiempo anterior a los otros te pertenece, que hay una franja de aire sin huellas donde escribir sin interferencias. Te sientas, ordenas los objetos como si alinear lápices fuera una forma menor de ética. La luz blanca cae sin misericordia: no te ilumina, te inventaría.

Carraspeo.

No miras. Aprendiste a no mirar cuando algo te irrita: el ojo fija, la fijación agranda. Prefieres el método indirecto: dejas que el oído haga su trabajo sucio. Tu oído no oye; registra, archiva, clasifica. Donde otros tienen oídos, tú llevas un micrófono con memoria rencorosa.

Carraspeo.

Empiezas a escribir una frase y la frase se parte en dos como una rama húmeda. No por el volumen —no es alto— sino por la textura. Es un sonido con cuerpo, con saliva, con pasado. Trae consigo un interior que no te pertenece. Te das cuenta de que no te molesta el ruido: te molesta que el ruido tenga dueño.

Carraspeo.

La jefa cruza la oficina con una serenidad que no es calma sino doctrina. Su paso no acusa nada; su cara no registra. Ha hecho de la omisión un oficio. Hay religiones que adoran el silencio; esta adora la continuidad. Interrumpir sería reconocer que el mundo no encaja.

Carraspeo.

Miras a la compañera del fondo. No reacciona. Sus dedos avanzan con una eficacia sin sobresaltos, como si cada carraspeo fuera parte del sistema operativo. Te preguntas si ha aprendido a filtrar o si ha olvidado que filtra. Hay adaptaciones que no te hacen más fuerte; te hacen más compatible.

Carraspeo.

Te dices que es involuntario. Te dices que nadie elige esa música. Pero la hipótesis no calma. Porque si es involuntario, entonces no hay a quién dirigir la queja; y una molestia sin destinatario se vuelve íntima, como una deuda sin acreedor.

Carraspeo.

Pruebas a sincronizarte. Si el tiempo va a medirse así, lo adoptas. Cada carraspeo, una unidad. Escribes entre dos, corriges en el tercero, respiras en el cuarto. Te conviertes en un reloj ajeno. Descubres algo desagradable: funciona. La productividad crece cuando te rindes al patrón. Te preguntas qué otras cosas te han hecho rendirte sin darte cuenta.

Carraspeo.

El técnico de sistemas aparece cuando no hay problema. Trae consigo una autoridad sin objeto. Mira cables, asiente, desaparece. Es una figura tranquilizadora porque no resuelve nada; su ineficacia es estable, y la estabilidad se confunde con orden.

Carraspeo.

Te levantas. No es huida, te dices; es ajuste. En el baño, el eco multiplica los sonidos hasta volverlos abstractos. Te miras como si fueras otro empleado al que evaluar. Detectas una rigidez nueva en la mandíbula. Hay molestias que no salen por la boca: se instalan como arquitectura.

Carraspeo (lejano, pero llega).

Vuelves al puesto. La luz no ha cambiado. El aire sigue siendo el mismo préstamo colectivo. Te sientas con una idea que te incomoda más que el sonido: quizá el problema no es que invadan tu espacio, sino que el espacio nunca fue tuyo. La oficina abierta es una pedagogía del límite: te enseña que el cuerpo del otro es parte de tu jornada.

Carraspeo.

Decides contar. No por obsesión —te defiendes— sino por método. A los diez, te dices que es tolerable. A los veinte, notas un ligero endurecimiento en la nuca. A los treinta, el número pierde sentido y se vuelve textura. Los números sirven para domar; la textura sirve para recordar.

Carraspeo.

Te sorprende una gratitud torcida: al menos el sonido es honesto. No pretende ser otra cosa. No se disfraza de correo urgente ni de reunión necesaria. Es un acto bruto, sin coartada. La honestidad también puede ser una forma de violencia cuando no deja lugar a nadie más.

Carraspeo.

Ensayas una explicación benigna: alergia, sequedad, hábito. Ensayas una explicación oscura: señalización, territorio, una manera primitiva de decir “este aire tiene dueño”. Ninguna te satisface del todo. Las teorías son prótesis para caminar sobre un suelo que no quieres tocar.

Carraspeo.

Piensas en pedir algo, en nombrar la molestia. Pero nombras y, al nombrar, haces público lo que hasta ahora era tuyo. Convertirías tu irritación en asunto de todos, y sospechas que perdería densidad. Hay dolores que viven de su secreto.

Carraspeo.

Escribes mejor en medio del ruido. No lo admites, pero lo sabes. La frase sale con una tensión que antes no tenía, como si el mundo exigiera precisión para no desbordarse. La claridad no siempre nace del silencio; a veces nace del asedio.

Carraspeo.

Te preguntas si, de no existir ese sonido, encontrarías otro. Una silla que chirría, un teclado nervioso, una respiración. Sospechas que sí. El oído necesita objeto como el ojo necesita luz. Cuando falta, lo inventa. La intolerancia también es una forma de creatividad.

Carraspeo.

La jornada avanza no por horas sino por golpes de garganta. Has perdido el reloj sin darte cuenta. Hay un momento en que te parece que todo el edificio respira a través de ese único punto, como si el sistema hubiera elegido un órgano para manifestarse.

Carraspeo.

Te inclinas hacia la pantalla y, sin mirarlo, agradeces que siga ahí. Si se detuviera, piensas, algo se rompería. No en él, en ti. El silencio absoluto sería una prueba que no quieres pasar.

Carraspeo.

En ciertos entornos, la paz no es la ausencia de ruido sino la estabilidad de la molestia. Cuando la molestia cesa, el sistema se revela: no sabías qué sostenía tu día.

Carraspeo.

Al final, recoges tus cosas con una precisión que roza el ritual. No has resuelto nada. Tampoco has colapsado. Sales con una idea que no te gusta pero te acompaña: quizá no soportas el sonido porque te recuerda que hay otros cuerpos; quizá no soportas a los otros porque no puedes editarlos.

Carraspeo (último, o eso crees).

Cierras la puerta y, en el pasillo, el silencio te parece un artificio. Te descubres esperando el siguiente golpe, como quien espera una confirmación. No llega. Y ese no-llegar tiene un peso nuevo, una forma sin nombre.

Hay ruidos que te expulsan del mundo; otros te obligan a admitir que nunca estuviste solo en él.

 

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ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"