Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

viernes, 20 de marzo de 2026

La mesa de la esquina

La botella apareció sin ceremonia, como si siempre hubiera estado allí. La empleada la dejó sobre el mostrador, escribió “704” en la esquina de la etiqueta y la empujó hacia mí con la naturalidad de quien entrega una llave o una pulsera de hospital. No pregunté qué vino era. Tampoco importaba.

—Para las comidas —dijo.

La botella no era mía. Era una prolongación de la habitación.

En el comedor elegimos una mesa en la esquina. Desde allí se veía todo: las bandejas alineadas, los carros de postres, las parejas avanzando despacio con sus platos, como si llevaran algo frágil que no debía derramarse. No había nada que vigilar, pero vigilábamos igual. A cierta edad uno mira para asegurarse de que el mundo sigue en su sitio, aunque no cambie nada.

Éramos viejos, claro. No ancianos: eso lo decíamos en voz baja, como si la palabra pudiera acelerar algo. Viejos con piernas suficientes, con ganas todavía domesticables. Parejas, casi todas. Algunas se daban el brazo con una insistencia que no parecía romántica sino preventiva, como si soltarse implicara caer.

Nos sentábamos siempre en la misma mesa. La botella 704 viajaba con nosotros del estante a la mesa y de la mesa al estante. Nadie la tocaba. Nadie tocaba la de nadie. Era un sistema perfecto: cada cual bebía su número.

El bufet repetía sus platos con una fidelidad casi afectuosa. Sopa clara, carne indecisa, pescado sin historia. No era malo; era suficiente. Como una conversación larga en la que nadie dice nada falso, pero tampoco nada que merezca ser recordado.

—Esto es lo que hay —dijo alguien una noche, en otra mesa.

Y nadie respondió, porque esa frase no admite réplica, solo asentimiento o silencio.

Paseábamos por el paseo marítimo agarrados de la mano. No por romanticismo —eso ya no se nombra— sino por equilibrio. El mar estaba ahí, haciendo su ruido antiguo, indiferente a nuestros horarios. A veces pensaba que el viaje no consistía en ver algo nuevo, sino en repetir lo mismo en otro lugar, como si el cambio de paisaje pudiera engañar al tiempo. La gente se cruzaba con nosotros como si todos hubiéramos firmado un acuerdo tácito: no pedirle demasiado a los días.

La botella 704 seguía esperándonos cada noche. Tenía algo disciplinado, casi obediente. Nunca mejoraba, nunca empeoraba. Era el vino exacto para no recordar el vino.

La costumbre no adormece: administra la intensidad para que no nos desborde.

No íbamos obligados. Nadie nos había empujado a ese viaje. Lo elegimos. Queríamos saber en qué consistía esa forma de viajar que parecía diseñada para otros. Una curiosidad, dijimos. Una prueba.

Pero hay pruebas que no examinan el mundo, sino a quien las acepta.

El hotel tenía ese aire de grandeza cansada que no intenta ocultar sus años. Pasillos largos, moquetas que habían olvidado su color, ascensores pequeños, bien iluminados, con espejos que devolvían una versión ligeramente más amable de uno mismo. Encajábamos bien allí. No desentonábamos. Eso, en sí mismo, era una información.

Al cuarto o quinto día empecé a notar una fatiga distinta. No del cuerpo, sino de la repetición. Como si cada jornada fuera una copia ligeramente más borrosa de la anterior.

—Podríamos salir a cenar fuera —dije.

Mi pareja me miró con una mezcla de curiosidad y paciencia. No parecía necesitarlo. Hay quien no necesita que las cosas cambien para que tengan sentido. Yo sí, al parecer. No supe explicarlo mejor. Aceptó sin entusiasmo, como quien acompaña un capricho que no considera necesario.

Reservamos en un restaurante que no figuraba en los folletos del hotel. Uno de esos lugares donde las mesas no están pegadas ni numeradas por habitaciones, sino por reservas. Donde nadie escribe nada en la etiqueta de la botella.

Nos sentaron sin prisa. El comedor tenía otra luz, más baja, más intencionada. El menú era largo y breve a la vez: muchos platos, poca cantidad. Cada uno traía algo que no se parecía a lo anterior.

Cuando llegó el vino, no trajeron la botella. El camarero apareció con una copa amplia y vertió un poco, apenas dos o tres golpes de muñeca. El líquido tenía un tono ámbar oscuro, con una densidad que no necesitaba explicación.

—Fondillón del 64 —dijo, y se retiró un paso, como si hubiera colocado algo frágil entre nosotros.

Bebí.

Bebí sin saber qué esperar. No fue un sabor; fue una especie de interrupción. Como si algo en el tiempo hubiera decidido detenerse un momento y dejarse tocar. No hubo epifanía ni gesto. Fue más lento. Como si algo encajara en un lugar que llevaba tiempo vacío sin que yo lo supiera.

El vino no llenaba la boca; la afinaba. De pronto, todo lo anterior —el bufet, la botella 704, los paseos, las mesas iguales— se reordenó. No desapareció. Cambió de sitio.

Hay experiencias que no añaden nada: recolocan lo ya vivido y lo vuelven soportable.

Miré a mi pareja. Sonrió, pero no con sorpresa, sino con una especie de reconocimiento. Como si aquello no fuera nuevo, sino recuperado.

No pedimos más. No hacía falta. El camarero volvió, vertió otro poco, y luego nada. La copa quedó con una mancha en el fondo, como una huella.

Al salir, el aire de la noche tenía otra temperatura. Caminamos sin prisa. El paseo marítimo era el mismo, pero ya no parecía una línea recta, sino un camino que había ganado una curva invisible.

Al día siguiente regresamos al comedor del hotel. La botella 704 seguía allí, paciente, esperando su turno. La serví en la copa sin ceremonia. Sabía igual que siempre.

Pero no era lo mismo.

Bebí un sorbo y la dejé.

No porque fuera peor, sino porque ahora ocupaba el lugar que le correspondía.

No todo lo mediocre es despreciable; a veces es el fondo contra el que una sola cosa verdadera consigue brillar.

Alguien ocuparía nuestra mesa, alguien heredaría ese número, esa pequeña ficción de pertenencia.

No volvimos al restaurante. No hacía falta repetirlo. Algunas cosas pierden fuerza cuando se confirman.

El viaje terminó sin sobresaltos. Hicimos las maletas, devolvimos la llave, dejamos atrás la habitación 704.

En el autobús de vuelta, mientras el paisaje retrocedía con esa lentitud que parece pensada para los que ya no tienen prisa, pensé en el fondillón. No en su sabor exacto, sino en lo que había hecho.

No había salvado el viaje.

Había hecho otra cosa más discreta y más difícil: le había dado un centro.

Y un viaje con centro, aunque sea pequeño, deja de ser un traslado.

Gracias, pensé, sin saber muy bien a quién.

 

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ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"