—Para las comidas —dijo.
La botella no era mía. Era una prolongación de la
habitación.
En el comedor elegimos una mesa en la esquina. Desde allí se
veía todo: las bandejas alineadas, los carros de postres, las parejas avanzando
despacio con sus platos, como si llevaran algo frágil que no debía derramarse.
No había nada que vigilar, pero vigilábamos igual. A cierta edad uno mira para
asegurarse de que el mundo sigue en su sitio, aunque no cambie nada.
Éramos viejos, claro. No ancianos: eso lo decíamos en voz
baja, como si la palabra pudiera acelerar algo. Viejos con piernas suficientes,
con ganas todavía domesticables. Parejas, casi todas. Algunas se daban el brazo con una insistencia que no parecía romántica sino preventiva, como si soltarse
implicara caer.
Nos sentábamos siempre en la misma mesa. La botella 704
viajaba con nosotros del estante a la mesa y de la mesa al estante. Nadie la
tocaba. Nadie tocaba la de nadie. Era un sistema perfecto: cada cual bebía su
número.
El bufet repetía sus platos con una fidelidad casi
afectuosa. Sopa clara, carne indecisa, pescado sin historia. No era malo; era
suficiente. Como una conversación larga en la que nadie dice nada falso, pero
tampoco nada que merezca ser recordado.
—Esto es lo que hay —dijo alguien una noche, en otra mesa.
Y nadie respondió, porque esa frase no admite réplica, solo
asentimiento o silencio.
Paseábamos por el paseo marítimo agarrados de la mano. No
por romanticismo —eso ya no se nombra— sino por equilibrio. El mar estaba ahí,
haciendo su ruido antiguo, indiferente a nuestros horarios. A veces pensaba que
el viaje no consistía en ver algo nuevo, sino en repetir lo mismo en otro
lugar, como si el cambio de paisaje pudiera engañar al tiempo. La gente se
cruzaba con nosotros como si todos hubiéramos firmado un acuerdo tácito: no
pedirle demasiado a los días.
La botella 704 seguía esperándonos cada noche. Tenía algo
disciplinado, casi obediente. Nunca mejoraba, nunca empeoraba. Era el vino
exacto para no recordar el vino.
La costumbre no adormece: administra la intensidad para
que no nos desborde.
No íbamos obligados. Nadie nos había empujado a ese viaje.
Lo elegimos. Queríamos saber en qué consistía esa forma de viajar que parecía
diseñada para otros. Una curiosidad, dijimos. Una prueba.
Pero hay pruebas que no examinan el mundo, sino a quien las
acepta.
El hotel tenía ese aire de grandeza cansada que no intenta
ocultar sus años. Pasillos largos, moquetas que habían olvidado su color,
ascensores pequeños, bien iluminados, con espejos que devolvían una versión
ligeramente más amable de uno mismo. Encajábamos bien allí. No desentonábamos.
Eso, en sí mismo, era una información.
Al cuarto o quinto día empecé a notar una fatiga distinta.
No del cuerpo, sino de la repetición. Como si cada jornada fuera una copia
ligeramente más borrosa de la anterior.
—Podríamos salir a cenar fuera —dije.
Mi pareja me miró con una mezcla de curiosidad y paciencia.
No parecía necesitarlo. Hay quien no necesita que las cosas cambien para que
tengan sentido. Yo sí, al parecer. No supe explicarlo mejor. Aceptó sin
entusiasmo, como quien acompaña un capricho que no considera necesario.
Reservamos en un restaurante que no figuraba en los folletos
del hotel. Uno de esos lugares donde las mesas no están pegadas ni numeradas
por habitaciones, sino por reservas. Donde nadie escribe nada en la etiqueta de
la botella.
Nos sentaron sin prisa. El comedor tenía otra luz, más baja,
más intencionada. El menú era largo y breve a la vez: muchos platos, poca
cantidad. Cada uno traía algo que no se parecía a lo anterior.
Cuando llegó el vino, no trajeron la botella. El camarero
apareció con una copa amplia y vertió un poco, apenas dos o tres golpes de
muñeca. El líquido tenía un tono ámbar oscuro, con una densidad que no
necesitaba explicación.
—Fondillón del 64 —dijo, y se retiró un paso, como si
hubiera colocado algo frágil entre nosotros.
Bebí.
Bebí sin saber qué esperar. No fue un sabor; fue una especie
de interrupción. Como si algo en el tiempo hubiera decidido detenerse un
momento y dejarse tocar. No hubo epifanía ni gesto. Fue más lento. Como si algo
encajara en un lugar que llevaba tiempo vacío sin que yo lo supiera.
El vino no llenaba la boca; la afinaba. De pronto, todo lo
anterior —el bufet, la botella 704, los paseos, las mesas iguales— se reordenó.
No desapareció. Cambió de sitio.
Hay experiencias que no añaden nada: recolocan lo ya
vivido y lo vuelven soportable.
Miré a mi pareja. Sonrió, pero no con sorpresa, sino con una
especie de reconocimiento. Como si aquello no fuera nuevo, sino recuperado.
No pedimos más. No hacía falta. El camarero volvió, vertió
otro poco, y luego nada. La copa quedó con una mancha en el fondo, como una
huella.
Al salir, el aire de la noche tenía otra temperatura.
Caminamos sin prisa. El paseo marítimo era el mismo, pero ya no parecía una
línea recta, sino un camino que había ganado una curva invisible.
Al día siguiente regresamos al comedor del hotel. La botella
704 seguía allí, paciente, esperando su turno. La serví en la copa sin
ceremonia. Sabía igual que siempre.
Pero no era lo mismo.
Bebí un sorbo y la dejé.
No porque fuera peor, sino porque ahora ocupaba el lugar que
le correspondía.
No todo lo mediocre es despreciable; a veces es el fondo
contra el que una sola cosa verdadera consigue brillar.
Alguien ocuparía nuestra mesa, alguien heredaría ese número,
esa pequeña ficción de pertenencia.
No volvimos al restaurante. No hacía falta repetirlo.
Algunas cosas pierden fuerza cuando se confirman.
El viaje terminó sin sobresaltos. Hicimos las maletas,
devolvimos la llave, dejamos atrás la habitación 704.
En el autobús de vuelta, mientras el paisaje retrocedía con
esa lentitud que parece pensada para los que ya no tienen prisa, pensé en el
fondillón. No en su sabor exacto, sino en lo que había hecho.
No había salvado el viaje.
Había hecho otra cosa más discreta y más difícil: le había
dado un centro.
Y un viaje con centro, aunque sea pequeño, deja de ser un
traslado.
Gracias, pensé, sin saber muy bien a quién.

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