La luz parpadea. No es un fallo puntual: es una forma de
iluminación que ya ha decidido rendirse. Cada piso repite la misma textura de
pared, el mismo olor a cocina ajena, el mismo eco de conversaciones que no te
pertenecen. Has vivido aquí, en sitios como este. Sabes cómo suenan los demás
cuando creen que están solos.
Aprendiste pronto que compartir no mezcla nada. Solo acumula
capas de soledad que no se tocan.
Hubo un tiempo en que confundías cercanía con compañía. Duró
lo justo para que el error dejara cicatriz.
Ahora no subes por costumbre, sino por cálculo. Miras el
ascensor averiado y haces números sin querer: cuántos años llevas subiendo por
escaleras que no eran tuyas.
Tu casa —la que no tienes— empieza siempre igual: una puerta
que no has tenido que discutir con nadie.
La abres. No hay voces. No hay restos de decisiones ajenas.
Dentro, el aire no está ocupado.
Chumi entra primero. Siempre lo hace. No inspecciona: toma
posesión sin ceremonia. Se mueve como si el espacio hubiera sido suyo antes de
existir. Se enrolla en un rincón imaginario que todavía no has comprado.
Tú dejas la bolsa. Dentro, lo de siempre: ropa que cabe en
pocas perchas, un neceser que no pesa, zapatos que no cuentan historias largas.
Has reducido tus cosas hasta que ya no discuten entre ellas.
No querías una vida ligera; la vida te fue quitando peso
hasta dejarte manejable.
Te sientas en un sofá que tampoco existe todavía. Ensayas el
gesto: espalda apoyada, libro abierto, una mano que no necesita hacer nada más.
La escena se repite con precisión. Afuera, una calle concreta —no cualquier
calle— con escaparates que conoces de memoria. Sabes en qué mesa da el sol en
invierno. Sabes cuánto dura ese sol antes de retirarse.
No es un sueño grande. Es un mapa.
Lo recorres como quien memoriza una salida de emergencia.
Porque eso es, en el fondo: una salida.
El problema no es que no puedas pagarlo. El problema es que
el mundo en el que eso es posible no te reconoce como alguien que deba estar
ahí. No te expulsa con violencia; te filtra con suavidad. Te deja fuera sin
ruido.
La exclusión elegante es la más difícil de discutir.
Te han dicho —sin decírtelo— que hay formas correctas de
vivir: pareja, hijos, perro, supermercado, fines de semana con ruido. Has visto
esas vidas desde el borde. No las envidias. Tampoco las deseas. Pero sospechas
que, sin ellas, el sistema no sabe dónde colocarte.
Eres un error de clasificación.
Y los errores no tienen casa: tienen huecos provisionales.
Recuerdas habitaciones compartidas donde el sueño ajeno te
atravesaba la noche. Recuerdas conversaciones obligatorias, silencios
incómodos, pactos mínimos que siempre acababan en pequeñas invasiones.
Aprendiste que la intimidad no se negocia; se pierde.
Desde entonces, cada vez que alguien habla de compartir,
oyes otra cosa: ceder.
No quieres ceder. No porque seas fuerte, sino porque ya no
sabes recomponerte después.
Hay personas que no temen la soledad; temen la erosión
que empieza cuando dejan de ser solas.
Chumi levanta la cabeza. No pide nada. Esa es su única ley.
Está contigo sin convertirte en otra cosa. No reorganiza tu tiempo, no traduce
tu silencio, no te exige relato.
Es compañía sin argumento.
Te preguntas si eso basta. No como consuelo, sino como
estructura. Una vida puede sostenerse sobre muy poco si ese poco no se rompe.
El problema es el precio.
Has mirado anuncios. Has hecho cuentas que siempre terminan
igual: una cifra que no se deja doblar. Incluso lo barato exige más de lo que
puedes prometer. Incluso la cochambre tiene dueño.
El mercado no mide cuánto necesitas; mide cuánto puedes
pagar por necesitarlo.
Y tú no puedes.
No del todo. No sin hipotecar lo único que te queda intacto:
la forma en que quieres estar en el mundo.
Porque podrías compartir otra vez. Podrías aceptar
condiciones, negociar horarios, fingir tolerancias. Podrías volver a esa vida
donde el espacio es una conversación constante.
Pero sabes cómo acaba.
Empieza con una puerta entreabierta y termina con la
sensación de no tener puerta.
Vuelves a la imagen. La repites como quien pule una piedra:
El balcón.
La calle.
El té.
El libro.
Chumi en su canastita.
No hay épica. No hay futuro en expansión. Hay continuidad.
A veces piensas que eso —solo eso— debería ser suficiente
para que el mundo hiciera un hueco.
Pero el mundo no reparte huecos; vende superficies.
Y tú no tienes con qué comprarlas.
Te preguntas si es demasiado. No como queja, sino como
medida.
¿Es excesivo querer un lugar donde no tener que explicarte?
La pregunta no encuentra respuesta porque no tiene
interlocutor. Nadie responde a quien no entra en la conversación principal.
Te quedas en el borde, afinando el plano de una casa que no
existe.
Chumi duerme. Tú no.
La noche pasa sin hacer ruido.
Y en algún lugar de la ciudad —no tan lejos, pero fuera de
tu alcance— alguien se sienta en un sofá, abre un libro y no piensa en esto.
Esa es la verdadera distancia.
No los metros.
No el dinero.
No la suerte.
La distancia es vivir sin tener que imaginar constantemente
el lugar donde vivir.
[Reinicio]
Subes la escalera otra vez.
La luz sigue fallando.
Pero esta vez, al llegar arriba, no abres ninguna puerta.
Te quedas quieto, como si escucharas algo.
No es un sonido. Es una idea que insiste:
Quizá la casa no es el lugar donde vives, sino el lugar
donde dejas de defenderte.
Y tú, por ahora, no tienes dónde hacerlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario