No lo veo de inmediato. Está al otro lado de la barra, apoyado de una forma que no llama la atención hasta que la sostiene demasiado tiempo. Cuando levanto la vista, ya me está mirando.
No aparta los ojos.
Intento ignorarlo. Me fijo en la espuma que se va pegando al cristal, en la línea irregular que deja. El ruido sube y baja como si alguien lo regulara desde otro cuarto. Todo sigue su curso, menos esa mirada.
Vuelvo a mirarlo. Sigue.
Cambio el vaso de mano. La izquierda se tensa igual que la derecha. Él hace algo parecido: un ajuste mínimo, suficiente para no perderme cuando intento salir de su eje. No es un movimiento torpe. Es preciso.
Pienso que es casualidad. Pienso que en un sitio así cualquiera puede quedarse mirando. Pienso varias cosas que no duran.
El espejo me devuelve una escena que no termina de encajar: yo mirándolo a él, mirándome a mí desde un lugar que no coincide del todo. Si dejo de mirarlo directamente, sigue ahí. Si lo miro, no cambia nada.
Bebo más rápido. No porque quiera, sino porque la mano necesita algo que hacer. El vaso pesa menos a medida que se vacía. La mirada no.
Hay un instante en que creo que va a decir algo. No lo hace. Eso lo vuelve más exacto. Las palabras permitirían error. Esto no.
Me doy cuenta de que estoy esperando. No sé qué. Un gesto, quizá. Un fallo. Algo que rompa la línea. No llega.
Entonces se mete la mano en el bolsillo.
No es un movimiento brusco. Es un gesto que ya estaba ahí, como si llevara rato preparándolo. Saca algo.
Lo reconozco antes de saber qué es.
No por la forma.
Por el desgaste en un lado, una marca que solo aparece con los años.
Tardo un segundo más de lo normal en entenderlo.
Eso no debería estar ahí.
Eso lo tenía mi mujer.
No recuerdo habérselo visto hoy.
Ni recuerdo cuándo dejó de llevarlo.
Él no me mira cuando lo sostiene.
Lo examina como si comprobara algo.
Como si esperara que encajara.
El ruido sigue igual. Nadie se gira. Nadie parece haber visto nada. El objeto está en su mano como si siempre hubiera estado ahí.
No sé en qué momento empiezo a pensar en salir. No es una decisión. Es una inclinación del cuerpo, como cuando uno se da cuenta de que lleva rato en la misma postura.
Dejo el vaso. El golpe contra la barra suena más de lo que debería.
Me levanto.
No lo miro.
Camino hacia la puerta midiendo cada paso, como si el suelo pudiera fallar si lo piso mal. Siento su presencia detrás sin necesidad de comprobarla.
Llego a la puerta.
La empujo.
Antes de que se cierre, hago lo que no quería.
Vuelvo a mirar.
Sigue ahí.
Con eso en la mano.
Salgo.
Doblo la esquina y me apresuro a llegar a casa.
Camino más rápido de lo normal.
No miro atrás.
No hace falta.
A mitad de la calle empiezo a entender.
No es lo que tenía en la mano.
Es que lo tenía él.
Eso no puede pasar por casualidad.
Sigo andando.
Intento ordenar cuándo lo vi por última vez.
No fue hace tanto.
Fue en casa.
Aprieto el paso.
Ahora encaja.
Por eso me miraba.
No necesitaba hacerlo, pero estaba enseñándomelo.
Estaba comprobando algo.
Si yo lo reconocía.
Si sabía de dónde salía.
Llego al portal.
Me detengo un segundo antes de entrar.
Pienso en subir.
Pienso en preguntarle.
Si lo tiene él…
no lo ha encontrado.
Se lo han dado.
Subo.
No sé si quiero saber cuándo.

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