No la veía bien desde casa, pero sabía que estaba ahí. De
noche, cuando todo se calmaba, aparecía ese zumbido grave, constante, como si
alguien hubiera dejado encendido algo enorme muy lejos.
No molestaba demasiado. Era más bien un fondo. Como el ruido
de una nevera, pero más profundo.
Con el tiempo dejó de ser un fondo.
No porque sonara más fuerte, sino porque no desaparecía
nunca.
Probé lo evidente. Apagar todo en casa. Escuchar en
distintas habitaciones. Abrir y cerrar ventanas. Nada cambiaba.
Entonces empecé a medir.
Las aplicaciones decían que todo estaba bien. Silencio
normal. Nivel adecuado para dormir. Grabé varios audios. Al reproducirlos, no
estaba.
Eso fue lo primero extraño: oír algo que no se dejaba
registrar.
Llamé a un técnico. Llegó con aparatos más serios. Midió en
el salón, en el dormitorio, en el pasillo. Esperé que, por fin, apareciera
algo.
No apareció.
—No hay nada fuera de lo normal —dijo.
No lo dijo con duda. Lo dijo con la tranquilidad de quien
confía en sus herramientas.
Cuando se fue, la casa parecía más correcta que antes. Como
si hubiera pasado una inspección invisible.
Pregunté a la vecina.
—Yo no oigo nada —me dijo—. Y si lo hubiera, me habría
acostumbrado.
No era una respuesta. Era una forma de cerrar la
conversación.
Escribí a la fábrica. Expliqué el problema con detalle.
Horarios, intensidad, pruebas.
Me respondieron rápido.
Necesitaban mis datos.
Nombre. Documento. Dirección.
No preguntaban por el sonido. Preguntaban por mí.
Se los di.
Después de eso, nada.
Ni una llamada. Ni una visita. Ni una explicación.
Solo un estado: en proceso.
Lo consultaba cada pocos días. Siempre igual.
En proceso.
Mientras tanto, el zumbido seguía.
Pero cambió algo.
Empecé a notarlo fuera de casa.
Al principio pensé que era coincidencia. En el coche, parado
en un semáforo. En el supermercado, entre los refrigeradores. En la calle,
cuando el tráfico bajaba.
Siempre estaba ahí.
No más fuerte. No más débil.
Igual.
Entonces dejé de pensar en la fábrica.
O, mejor dicho, dejó de importarme si venía de allí.
Porque aunque la apagaran —si es que era eso—, lo que yo oía
ya no dependía de ese lugar.
Había pasado otra cosa.
Empecé a darme cuenta de que no solo lo oía.
Empezaba a pensar con ese mismo ritmo.
No es fácil explicarlo. No era una voz. No eran palabras.
Era una forma de repetición.
Frases que me venían hechas. Ideas que ya tenían estructura
antes de que yo las terminara. Como si el pensamiento siguiera un patrón que no
decidía yo.
Intenté resistir.
Buscar palabras propias. Cambiar el modo de decir las cosas.
Forzarme a no repetir.
Pero incluso eso parecía encajar dentro de lo mismo.
Como si cualquier intento de salir ya estuviera previsto.
Ahí entendí algo.
El problema no era el sonido.
Era que no necesitaba ser fuerte para imponerse.
Le bastaba con estar siempre.
Lo constante no llama la atención. Se vuelve normal.
Y lo normal no se cuestiona.
Dejé de intentar quitarlo.
No porque me rindiera.
Porque ya no tenía sentido tratarlo como algo externo.
No estaba fuera esperando ser eliminado.
Estaba en la manera en que todo se organizaba.
En cómo escuchaba.
En cómo pensaba.
En cómo aceptaba sin darme cuenta lo que se repetía lo
suficiente.
La fábrica seguía ahí.
Con eso bastaba.

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