Los Sedientos

Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Elena

No vienes por él. Eso lo sabes desde que enseñas el mensaje en el mostrador y la mujer no levanta la vista. Dices "sí" cuando te pregunta si eres familiar. Lo dices con una voz que no se compromete. Nadie la corrige.

El hombre a tu lado sostiene el mismo papel. Lo miras lo justo para confirmar que existe. No te interesa quién es. Te interesa que está ocurriendo lo mismo que a ti.

Subes con él.

La habitación tiene una claridad que no admite sombras. El cuerpo en la cama respira con una regularidad que no tranquiliza. No parece un hombre; parece una insistencia.

Te colocas al otro lado. No preguntas. No hace falta: la situación ya está completa sin explicaciones.

Piensas, con una precisión que te incomoda, que podrías irte ahora mismo y todo seguiría igual. Esa posibilidad no te alivia. Te fija.

El otro se mueve con una torpeza leve, como si no quisiera hacer ruido dentro de algo que no entiende. Te mira cuando cree que no lo ves. No es discreto; es cuidadoso.

—¿Le conocías? —te pregunta al salir.

—Sí —dices.

La palabra sale limpia, sin vacilación. Es la verdad, pero también es una defensa. Él asiente, como si confirmara algo que no había preguntado del todo.

La mentira más eficaz no es la que oculta, sino la que organiza la escena.

En la cafetería, el café está demasiado caliente. Lo dejas enfriar sin beber. Él habla un poco más. Dice que le llamaron ayer, que no sabe muy bien por qué. Cambia un detalle a mitad de frase: primero dice "mi tío", luego "un conocido". No se corrige. Tú no señalas nada. Reconoces eso: la necesidad de reescribir mientras hablas, de ajustar la historia para que quepa en la situación.

Pagáis por separado. Ese gesto te tranquiliza.

Volvéis.

A media tarde, en el pasillo, notas que el día no avanza. Se acumula. Como si cada minuto no sustituyera al anterior, sino que se quedara encima.

Julián se acerca más de lo necesario para hablar. No te apartas. No porque quieras, sino porque no ves el motivo para hacerlo.

Hay un punto en el que entiendes algo que no te gusta: no estás allí por el hombre de la cama, ni siquiera por él. Estás allí por la forma en que ese lugar permite que todo ocurra sin consecuencias visibles.

Eso te parece exacto y, al mismo tiempo, insuficiente.

—Esto no debería durar —dices.

Él tarda en responder.

—Podría —dice.

No insiste. No argumenta. Pero en esa palabra —podría— hay una torpeza que no encaja con lo que está pasando. Como si hubiera traído una herramienta de otro lugar, como si quisiera ofrecerte una salida que no pediste.

No lo corriges.

Algunas intensidades se sostienen solo mientras nadie intenta justificarlas.

Volvéis a entrar.

Te acercas al cuerpo. Esta vez sí lo miras con detenimiento. Buscas algo que confirme tu "sí" anterior, algo que rescate la coherencia de lo que has dicho. No encuentras nada. Ni un gesto, ni una marca que te permita sostener la palabra que has pronunciado.

Aun así, no la retiras.

Él se coloca a tu lado. No habla. Su proximidad ya no parece tentativa; parece asumida.

Alguien —no decides quién— toma la mano del otro. Observas ese contacto como si fuera ajeno. Como si estuvieras viendo una escena ya ocurrida.

Piensas, con una claridad que te molesta, que ese contacto establece algo entre vosotros, no con paciente.

Hay actos que no necesitan respuesta para volverse irrevocables.

Cuando salís, el aire de la calle no cambia nada. Eso te sorprende un poco.

Os detenéis antes de separaros. Él parece esperar algo que no llega a formular.

—No —dices.

No estás respondiendo a una pregunta. Estás cerrando una posibilidad antes de que exista.

Él asiente demasiado rápido. Como si ya supiera que ibas a decirlo.

—Si lo repetimos —añades—, no será esto.

No explicas qué es "esto". No quieres fijarlo.

Hay un segundo —breve, incómodo— en el que ninguno se mueve. Piensas en decirle tu nombre completo. No lo haces.

—Elena —dices, al final, como si fuera suficiente.

Él responde:

—Julián.

Lo pronuncia con una seguridad que no te convence del todo. No sabrías decir por qué. Hay algo en eso que no encaja, algo que sugiere que también está diciendo un nombre que se ajusta a la situación más que a la realidad.

Os vais.

No miras atrás. No por decisión; por economía. Sabes que cualquier gesto añadido introduciría una narrativa que no ha existido.

Mientras caminas, notas un desajuste pequeño, casi ridículo: no estás segura de haber dicho la verdad en ningún momento del día. Ni siquiera ahora. Mentiste cuando dijiste que no lo conocías. Mentiste con tu nombre. Mentiste con tu presencia misma en ese lugar.

Y, sin embargo, lo que ha ocurrido no te parece falso.

Lo que no puede continuar tampoco puede corregirse.

Al doblar la esquina, intentas recordar su cara con precisión. No puedes. Recuerdas, en cambio, la forma en que no hacía falta entender nada. La forma en que ambos eligieron no preguntar.

Eso es lo único que se queda. Y no sirve para volver.

Julián

Llegas cuando todavía no ha pasado nada y, sin embargo, todo parece ya decidido. La luz no cambia en ningún momento del día. Podrías jurar que el hospital no tiene horas, solo intensidades.

En el mostrador dices un nombre que no te pertenece. Nadie te corrige. A tu lado, otra persona sostiene el mismo error con la misma calma. No intercambiáis preguntas; intercambiáis una aceptación. Eso es lo primero que ocurre.

La habitación 314 no ofrece resistencia. El cuerpo en la cama respira con la obstinación de una máquina bien programada. No hay historia en ese rostro, solo un gesto detenido. Te acercas porque no hay nada que impida acercarse.

Ella se coloca al otro lado de la cama. No te mira al principio. Observa los detalles que no sirven para nada: la curvatura del cable, la arruga en la sábana, el intervalo entre dos pitidos. Parece medir algo que no se puede medir. Sabes, sin que lo diga, que también está aquí por una razón que no es la que ha dado en el mostrador.

Hablas lo mínimo. Descubres pronto que el silencio no incomoda, solo delimita. En algún momento salís al pasillo. Ahí os miráis fijamente por primera vez.

—¿Le conocías? —preguntas.

—Sí —responde.

La verdad no entra; no hace falta. Pero mientras ella lo dice, notas algo: una limpieza en su voz que sugiere que también está siendo honesta sobre lo que es una mentira. Ambos acabáis de decir la verdad sobre vuestra deshonestidad.

La cafetería introduce un tiempo falso. Las tazas humean como si fuera necesario justificar el calor. Pagáis por separado, sin discutirlo. Ese gesto, pequeño y seco, establece una frontera: no sois una unidad, solo una coincidencia que se administra.

Mientras hablas, cambias un detalle a mitad de frase: primero dices "mi tío", luego "un conocido". La corrección te sale como naturalidad. Ella no señala nada. Reconoces en eso una inteligencia: entiende que estás reescribiendo mientras hablas, ajustando la mentira para que tenga consistencia.

Aun así, volvéis.

En la segunda estancia ya no miráis al paciente con la misma atención. El centro se ha desplazado sin anuncio. Ahora el eje es la distancia entre vosotros, ese espacio que se acorta sin ser tocado.

Empiezas a notar una urgencia que no sabes nombrar. No es deseo en el sentido habitual; no quieres poseer, quieres sostener. Como si cualquier interrupción fuera a borrar lo que está ocurriendo. Como si el hecho de que ambos hayáis mentido de la misma manera fuera garantía de que esto significa algo.

Ella, en cambio, no acelera. Ajusta. Su forma de estar es una especie de precisión: no añade nada que no sea necesario. Y, sin embargo, no se va. Eso es lo que importa.

Hay decisiones que no se toman: se sostienen hasta que parecen inevitables.

A media tarde, en el pasillo, ella dice:

—Esto no debería durar.

No lo dice como advertencia. Lo dice como diagnóstico. Y tú comprendes antes de terminar de escucharla que tiene razón. No por las razones que crees, sino por las que no se dicen.

Volvéis una última vez a la habitación. El hombre sigue ahí, cumpliendo su función de no intervenir. Os acercáis y, sin saber quién decide, os tomáis de la mano.

Ese contacto no establece vínculo con él paciente. Lo establece entre vosotros. Como un gesto libre de cualquier consecuencia. Como si la presencia de un cuerpo inerte fuera lo único que permitiera que esto sea ternura y no negociación.

Algunas intensidades necesitan un testigo que no puede hablar.

Cuando salís, el hospital no os retiene. Nunca lo hizo. La puerta automática se abre con la misma indiferencia con la que se abriría para cualquiera.

Os detenéis un segundo fuera. La ciudad sigue funcionando como si nada hubiera ocurrido, lo cual es exacto.

—No —dice ella, antes de que preguntes nada.

No es una negación de una propuesta. Es una negación preventiva. Está cerrando algo que aún no has intentado abrir. Pero sabes que sí lo has intentado—en cada gesto, en cada segundo más que has querido sostener.

—Si nos vemos otra vez —añade—, será otra cosa.

No explica qué cosa. No hace falta. Ambos entendéis que lo que ha ocurrido depende de su no repetición. Que el intento de continuidad no prolongaría la intensidad: la diluiría. Como si lo vivido fuera un fenómeno de una sola combustión, y cualquier segundo intento sería apenas las cenizas de algo que ya ocurrió.

Se presenta:

—Elena.

Tú respondes:

—Julián.

Lo dices con una seguridad que no sientes. Porque también estás dando un nombre que se ajusta mejor a lo que está ocurriendo que a lo que eres. Porque el encuentro requiere una cierta ficción de identidad para ser posible.

No os tocáis al despediros. El gesto habría sido redundante, casi torpe. Cada uno gira en una dirección distinta. No hay promesas, no hay intercambios, no hay nombres completos.

Caminas unos metros y ya no estás seguro de qué recordar. No porque haya sido confuso, sino porque ha sido demasiado nítido. Lo que no tiene historia tampoco tiene dónde fijarse.

Te das cuenta, con un retraso leve, de que no sabes nada de ella que sirva para encontrarla. Y eso es exactamente lo que ambos querías. Porque saber sería interrumpir. Encontrar sería destruir.

La memoria necesita pasado; lo que acaba de ocurrir solo tiene intensidad.

Hay encuentros que se protegen de su propia continuación no porque sean frágiles, sino porque son demasiado verdaderos. Y la verdad, cuando es absoluta, no puede tolerarse dos veces.

Si vuelves a ese hospital otro día, todo encajará mejor. Preguntarás, confirmarás, corregirás. El mundo recuperará su coherencia habitual. Podrías incluso intentar encontrarla, armándote con lo poco que sabes. Y quizá lo consigas.

El azar tiene mapa y verdad

Entras por la puerta de atrás como si ya hubieras salido de allí antes.

Nadie te frena. Eso ya es raro. Lo raro pasa desapercibido cuando hay humo y dinero.

Te agarran. Dos, tres. Te suben a una silla. El público aumenta, se gira con esa hambre tranquila que tiene la gente cuando cree que no hay consecuencias.

—Mira lo que trae el viento. Viene con su propio ataúd.

Ríen. Te empujan un poco. Prueban tu equilibrio como si fuera un chiste.

No haces nada.

Y eso molesta más que cualquier respuesta.

El grande aparece sin moverse mucho. Está ahí porque siempre está ahí. Ocupa sitio, ocupa aire.

Te mira.

No le devuelves la mirada. Miras el conjunto. Como quien cuenta cartas en una mesa sucia.

Levantas la mano.

Ni alto ni bajo. No teatral. No humilde. Preciso.

El ruido se corta en seco. Como si alguien hubiera desenchufado la sala.

—Qué.

La palabra sale de él como sale el humo de una colilla: sola.

Bajas la mano.

No sonríes. No hablas de más.

—Peleo. Aquí. Ahora.

La risa vuelve, pero con un filo nuevo. Ya no es pura burla. Es curiosidad con dientes.

—¿Tú conmigo? —dice el grande, tocándose el pecho.

Asientes.

El de las apuestas entra en escena como si llevara esperando este momento desde que abrió el local. Libreta. Bolígrafo. Ojos rápidos.

—Se abre mesa —dice—. Vamos a divertirnos.

Empiezan las cifras. Te colocan abajo. Muy abajo. A él lo inflan. A ti te descuentan.

El dinero se mueve como si supiera algo que la gente no.

Levantas la mano.

Otra vez. Igual.

Silencio.

—Qué.

Otra vez la palabra. La misma. El mismo tono. El mismo hueco en la cara.

Apuestas fuerte. Por ti. El de la libreta sonríe sin enseñar los dientes. Eso es peor.

Te bajan. El suelo pega. Te colocas. Él se coloca.

Dos pasos. Tres. Un amago. Nada serio.

No va a durar.

Te paras.

Levantas la mano.

Tercera vez.

Aquí no hay novedad. Ahí está el truco.

Silencio.

—Qué.

Baja la guardia lo justo para hablar. La boca se abre. El pecho también. Un centímetro. Dos.

—Solo tengo un golpe.

No es amenaza. Es inventario.

Saltas.

No hay estilo. No hay técnica que alguien pueda copiar después. Hay momento.

Impacto.

El grande cae. No lento. No rápido. Simplemente cae. Como cae una puerta cuando ya no hay bisagras.

La sala no sabe qué hacer con eso.

Unos ríen tarde. Otros no ríen. El sonido se queda mal colocado.

El de la libreta paga. Rápido. Profesional. Le gustan las historias cortas. Dan menos problemas.

Cobras.

No celebras. No miras al grande. No miras a nadie.

El grande abre la boca. Quiere decir algo. Busca la palabra. Esa. La que usó antes.

No sale.

Al fondo, un tipo intenta imitarte. Levanta la mano. El ruido no obedece. Se atasca. Se rompe.

Bajas de la escena sin que nadie te baje.

La puerta te espera donde la dejaste.

Sales.

Dentro algo ha cambiado: ahora saben que no gana el que golpea mejor; gana el que decide cuándo el otro deja de pensar.

Y tú decidiste eso tres veces.

  

martes, 17 de marzo de 2026

A partir de ahí

Entro sin fijarme en la puerta. Ya está abierta. El ruido me golpea antes que la luz: vasos, voces, algo que suena como música pero no se deja seguir. Pido. Me dan un vaso. Lo agarro con la derecha. Necesito ocuparla.

No lo veo de inmediato. Está al otro lado de la barra, apoyado de una forma que no llama la atención hasta que la sostiene demasiado tiempo. Cuando levanto la vista, ya me está mirando.

No aparta los ojos.

Intento ignorarlo. Me fijo en la espuma que se va pegando al cristal, en la línea irregular que deja. El ruido sube y baja como si alguien lo regulara desde otro cuarto. Todo sigue su curso, menos esa mirada.

Vuelvo a mirarlo. Sigue.

Cambio el vaso de mano. La izquierda se tensa igual que la derecha. Él hace algo parecido: un ajuste mínimo, suficiente para no perderme cuando intento salir de su eje. No es un movimiento torpe. Es preciso.

Pienso que es casualidad. Pienso que en un sitio así cualquiera puede quedarse mirando. Pienso varias cosas que no duran.

El espejo me devuelve una escena que no termina de encajar: yo mirándolo a él, mirándome a mí desde un lugar que no coincide del todo. Si dejo de mirarlo directamente, sigue ahí. Si lo miro, no cambia nada.

Bebo más rápido. No porque quiera, sino porque la mano necesita algo que hacer. El vaso pesa menos a medida que se vacía. La mirada no.

Hay un instante en que creo que va a decir algo. No lo hace. Eso lo vuelve más exacto. Las palabras permitirían error. Esto no.

Me doy cuenta de que estoy esperando. No sé qué. Un gesto, quizá. Un fallo. Algo que rompa la línea. No llega.

Entonces se mete la mano en el bolsillo.

No es un movimiento brusco. Es un gesto que ya estaba ahí, como si llevara rato preparándolo. Saca algo.

Lo reconozco antes de saber qué es.

No por la forma.

Por el desgaste en un lado, una marca que solo aparece con los años.

Tardo un segundo más de lo normal en entenderlo.

Eso no debería estar ahí.

Eso lo tenía mi mujer.

No recuerdo habérselo visto hoy.

Ni recuerdo cuándo dejó de llevarlo.

Él no me mira cuando lo sostiene.

Lo examina como si comprobara algo.

Como si esperara que encajara.

El ruido sigue igual. Nadie se gira. Nadie parece haber visto nada. El objeto está en su mano como si siempre hubiera estado ahí.

No sé en qué momento empiezo a pensar en salir. No es una decisión. Es una inclinación del cuerpo, como cuando uno se da cuenta de que lleva rato en la misma postura.

Dejo el vaso. El golpe contra la barra suena más de lo que debería.

Me levanto.

No lo miro.

Camino hacia la puerta midiendo cada paso, como si el suelo pudiera fallar si lo piso mal. Siento su presencia detrás sin necesidad de comprobarla.

Llego a la puerta.

La empujo.

Antes de que se cierre, hago lo que no quería.

Vuelvo a mirar.

Sigue ahí.

Con eso en la mano.

Salgo.

Doblo la esquina y me apresuro a llegar a casa.

Camino más rápido de lo normal.

No miro atrás.

No hace falta.

A mitad de la calle empiezo a entender.

No es lo que tenía en la mano.

Es que lo tenía él.

Eso no puede pasar por casualidad.

Sigo andando.

Intento ordenar cuándo lo vi por última vez.

No fue hace tanto.

Fue en casa.

Aprieto el paso.

Ahora encaja.

Por eso me miraba.

No necesitaba hacerlo, pero estaba enseñándomelo.

Estaba comprobando algo.

Si yo lo reconocía.

Si sabía de dónde salía.

Llego al portal.

Me detengo un segundo antes de entrar.

Pienso en subir.

Pienso en preguntarle.

Si lo tiene él…

no lo ha encontrado.

Se lo han dado.

Subo.

No sé si quiero saber cuándo.

Todo suena a nada, pero esa nada hace ruido

Al principio pensé que era la fábrica.

No la veía bien desde casa, pero sabía que estaba ahí. De noche, cuando todo se calmaba, aparecía ese zumbido grave, constante, como si alguien hubiera dejado encendido algo enorme muy lejos.

No molestaba demasiado. Era más bien un fondo. Como el ruido de una nevera, pero más profundo.

Con el tiempo dejó de ser un fondo.

No porque sonara más fuerte, sino porque no desaparecía nunca.

Probé lo evidente. Apagar todo en casa. Escuchar en distintas habitaciones. Abrir y cerrar ventanas. Nada cambiaba.

Entonces empecé a medir.

Las aplicaciones decían que todo estaba bien. Silencio normal. Nivel adecuado para dormir. Grabé varios audios. Al reproducirlos, no estaba.

Eso fue lo primero extraño: oír algo que no se dejaba registrar.

Llamé a un técnico. Llegó con aparatos más serios. Midió en el salón, en el dormitorio, en el pasillo. Esperé que, por fin, apareciera algo.

No apareció.

—No hay nada fuera de lo normal —dijo.

No lo dijo con duda. Lo dijo con la tranquilidad de quien confía en sus herramientas.

Cuando se fue, la casa parecía más correcta que antes. Como si hubiera pasado una inspección invisible.

Pregunté a la vecina.

—Yo no oigo nada —me dijo—. Y si lo hubiera, me habría acostumbrado.

No era una respuesta. Era una forma de cerrar la conversación.

Escribí a la fábrica. Expliqué el problema con detalle. Horarios, intensidad, pruebas.

Me respondieron rápido.

Necesitaban mis datos.

Nombre. Documento. Dirección.

No preguntaban por el sonido. Preguntaban por mí.

Se los di.

Después de eso, nada.

Ni una llamada. Ni una visita. Ni una explicación.

Solo un estado: en proceso.

Lo consultaba cada pocos días. Siempre igual.

En proceso.

Mientras tanto, el zumbido seguía.

Pero cambió algo.

Empecé a notarlo fuera de casa.

Al principio pensé que era coincidencia. En el coche, parado en un semáforo. En el supermercado, entre los refrigeradores. En la calle, cuando el tráfico bajaba.

Siempre estaba ahí.

No más fuerte. No más débil.

Igual.

Entonces dejé de pensar en la fábrica.

O, mejor dicho, dejó de importarme si venía de allí.

Porque aunque la apagaran —si es que era eso—, lo que yo oía ya no dependía de ese lugar.

Había pasado otra cosa.

Empecé a darme cuenta de que no solo lo oía.

Empezaba a pensar con ese mismo ritmo.

No es fácil explicarlo. No era una voz. No eran palabras.

Era una forma de repetición.

Frases que me venían hechas. Ideas que ya tenían estructura antes de que yo las terminara. Como si el pensamiento siguiera un patrón que no decidía yo.

Intenté resistir.

Buscar palabras propias. Cambiar el modo de decir las cosas. Forzarme a no repetir.

Pero incluso eso parecía encajar dentro de lo mismo.

Como si cualquier intento de salir ya estuviera previsto.

Ahí entendí algo.

El problema no era el sonido.

Era que no necesitaba ser fuerte para imponerse.

Le bastaba con estar siempre.

Lo constante no llama la atención. Se vuelve normal.

Y lo normal no se cuestiona.

Dejé de intentar quitarlo.

No porque me rindiera.

Porque ya no tenía sentido tratarlo como algo externo.

No estaba fuera esperando ser eliminado.

Estaba en la manera en que todo se organizaba.

En cómo escuchaba.

En cómo pensaba.

En cómo aceptaba sin darme cuenta lo que se repetía lo suficiente.

La fábrica seguía ahí.

Con eso bastaba.

 

El humo y el río

Ahmad no sabía leer, pero distinguía cuándo el humo era bueno. Lo decía por la forma en que subía, no por el olor. El olor engañaba. El humo, si subía recto, servía. Si temblaba, había que esperar.

Sostiene la tira de aluminio con dos dedos ennegrecidos. La heroína se oscurece al calentarse. El humo sube en una línea fina, casi respetuosa. No tose. Hace tiempo que el cuerpo dejó de protestar por cosas pequeñas.

Zubair observa como si hubiera algo que aprender.
—El truco —dice Ahmad— es no pedirle nada.
Zubair asiente.
Siempre asiente.

Le copiaba los gestos: la forma de doblar el papel, el cuidado al acercar la llama. No lo llamaba maestro. Tampoco amigo. Se sentaba cerca, lo suficiente como para compartir calor sin tocarlo.

Debajo del puente, el río Kabul arrastra una espuma gris que nunca se detiene. A veces, el oído fallaba y parecía detenerse. Entonces se oían otras cosas: la tos de alguien, una risa corta, el golpe seco de una lata.

Fatima pasaba algunas tardes. No se quedaba mucho. Traía pan cuando podía, hablaba rápido, como si el tiempo se cortara en trozos manejables.
—Hoy no llueve —decía, aunque no hubiera nubes.
Ahmad asentía. No discutía lo evidente. Sabía que Fatima no hablaba del cielo.

Fatima sacudía una manta que ya no podía limpiarse. Cantaba a veces. No canciones completas, sino trozos. Como si la memoria también estuviera rota.

Cuando miraba a Ahmad, le sonreía con una precisión inexplicable.
—Hoy estás mejor —dice.
Ahmad no responde.
Nunca desmiente a Fatima.

Ella le arregla el cuello de la camisa como si hubiera alguien mirando.
No miraba nadie.

Las redadas empezaron de noche. Luces fuertes, voces tranquilas, pero imperiosas. Los hombres se levantaban sin terminar lo que estaban haciendo. Algunos intentaban esconder el papel, como si eso cambiara algo.

Los recogían sin violencia innecesaria, como si fueran objetos que no conviene dañar. Zubair intentó preguntar algo, pero nadie escuchaba preguntas que no cambiaban nada. Ahmad caminaba por su cuenta. No ofrecía resistencia. No ofrecía colaboración. Simplemente avanzaba. El puente quedó atrás sin despedirse.

El día que se llevaron a Ahmad, Zubair estaba a su lado. No hubo acuerdo entre ellos. Ninguna señal. Subieron al camión como se sube a cualquier sitio: sin decidirlo del todo.

El Hospital Omar no tenía puente, pero tenía un patio donde el viento cruzaba sin detenerse. Las paredes estaban limpias. Los cuerpos estaban alineados en camas idénticas, como si la igualdad pudiera empezar ahí.

Ahmad observa el techo durante horas.
—Aquí —dice finalmente— el tiempo no sabe qué hacer.
Zubair lo mira, esperando otra frase.
No llega.

Las mantas no tenían polvo. El cuerpo temblaba igual. Más, quizá. Se trataba de aguantar.

Ahmad medía el tiempo por el ritmo de los temblores. Zubair, por el número de hombres que dejaban de hablar. Había uno que decía haber sido soldado. No contaba historias de guerra. Contaba cómo había aprendido a dormir con un ojo abierto. En el hospital, dormía con los dos cerrados. No porque confiara, sino porque no podía sostenerlos abiertos.

Fatima no supo del traslado el mismo día. Bajo el puente, las ausencias tardaban en notarse. Un hueco en el suelo, una manta que nadie reclamaba. Al tercer día preguntó. Nadie respondió con precisión. Dieron direcciones, nombres que no coincidían.

El hospital, decían, estaba lejos. No era una distancia medible. Era un cambio de estado.

La madrugada del bombardeo, Ahmad estaba despierto. No por decisión. El cuerpo no le permitía otra cosa. Había aprendido a quedarse quieto cuando el temblor era fuerte, como si el movimiento lo amplificara.

La primera explosión no la entendió como explosión. Fue un golpe que desplazó el aire. Un silencio inmediato después. Luego el ruido, más tarde. Zubair diría después que el ruido vino antes. El orden no era lógico.

Zubair gritó algo que Ahmad no oyó. Vio la boca abierta, los dientes. El polvo entró rápido, como si ya estuviera dentro esperando.

La segunda detonación llegó cuando algunos intentaban levantarse. No todos. Algunos seguían en el suelo, ocupados en respirar.

El hospital ya no tenía paredes limpias.
Hay cuerpos que no parecen cuerpos. Y otros que sí, demasiado. Doscientos cincuenta respiran. Cuatrocientos no.

Zubair está entre los que respiran. No sabe por qué. Busca a Ahmad, pero el problema no es encontrarlo. Es reconocerlo.

No hubo tiempo para organizar nada. Los cuerpos se movían sin dirección clara. No por pánico. Por inercia.

Ahmad intentó ponerse en pie. Lo logró a medias. Apoyó una mano en lo que quedaba de una pared. Notó la textura caliente. Pensó, sin palabras, que el calor no servía ahí.

Zubair estaba a unos pasos, o eso parecía. La distancia cambiaba con el humo. En un momento estaba cerca. En otro, no.

No hubo encuentro. No hay registro de que lo hubiera. Los cuerpos fueron enterrados sin orden reconocible. Los vivos se dispersaron. Algunos volvieron al puente. Otros no.

Fatima llegó días después, guiada por indicaciones que se contradecían. Encontró un terreno removido, gente que no sabía nombres. Preguntó por Ahmad. Le dijeron que había muchos.

No insistió demasiado. No porque no quisiera, sino porque entendió el límite de la pregunta.

Fatima reconoció un objeto entre los restos. Miró sin buscar a nadie concreto. Encontró algo que podría ser Ahmad. Le alisó el cuello de la camisa.
—Hoy estás mejor —dice.
Esta vez, nadie la corrige.

Bajo el puente, el espacio se reorganizó. Los huecos se llenaron con otros cuerpos. El fuego volvió a encenderse sobre el aluminio. El humo subía, a veces recto, a veces no.

El río Kabul sigue moviéndose. No más rápido. No más lento. El aluminio vuelve a brillar al amanecer.

Zubair no regresó. O regresó con otro nombre. Hay hombres que repiten gestos sin que nadie los identifique.

Ahmad dejó de ser mencionado en pocas semanas. No por olvido. Por economía. Los nombres ocupan espacio.

Fatima siguió pasando por el puente durante un tiempo. Miraba los grupos sin acercarse demasiado. No preguntaba. Se sentaba en el borde, donde el ruido del río interrumpía las voces.

Un día dejó de ir.

Si se vuelve al puente, nada ha cambiado lo suficiente como para alterar el gesto. El humo sube. Alguien lo observa. No sabemos si es Ahmad. Zubair se detiene un momento. Luego recuerda que no hay nada que decidir. Aspira. El humo sube en línea recta, como antes.

lunes, 16 de marzo de 2026

Los chistes de papá

Llegaron al piso pocos días después del entierro de su madre.

Había muerto muy vieja, casi transparente, después de años de permanecer en aquel lugar como una figura quieta entre los muebles. Durante mucho tiempo ninguno de los tres había pensado seriamente en la casa. La visitaban a veces, la ayudaban con pequeñas cosas, pero el piso había dejado de pertenecer al presente hacía décadas. Era el territorio lento donde su madre se había quedado varada mientras el resto del mundo se desplazaba.

La llave todavía funcionaba.

La cerradura cedió con una resistencia leve, como si alguien hubiera abierto esa puerta la semana anterior. Al empujarla, el aire del interior salió al rellano con un olor tenue a encierro, a ropa guardada demasiado tiempo.

Lo primero que sorprendía no era el polvo.
Era la ausencia de cambios.

El salón seguía exactamente igual que en las fotografías de cuarenta años atrás. El mismo sofá verde, hundido en el centro. El mismo aparador oscuro con las fotografías inclinadas en sus marcos. El reloj de pared, detenido, con las pesas en su base y los cables aflojados. Incluso la lámpara con pantalla amarillenta parecía haber envejecido sin moverse un centímetro en décadas.

Durante unos minutos caminaron por el hogar con la sensación incómoda de haber entrado en un lugar que no esperaba visitas.

La casa no se había adaptado al paso del tiempo.
Había permanecido dentro de otro ritmo.

Su madre había vivido allí hasta hacía pocas semanas, pero de algún modo no parecía haber vivido en el presente. El frigorífico era antiguo, los calendarios colgados pertenecían a años remotos, y en los cajones aparecían objetos que ya no formaban parte de ninguna vida: sobres de fotografías reveladas, cintas de vídeo, pilas gastadas, un paquete de azúcar endurecido.

En el aparador del salón estaba el radiocasete.

El aparato había sido un objeto central de la familia: música los domingos, cintas grabadas de la radio, algunas grabaciones domésticas que el padre hacía sin explicar demasiado por qué.

Dentro de uno de los cajones había varias cintas.

Las etiquetas estaban escritas con la letra de su madre.

“Navidad”.

“Coche”.

“Comida domingo”.

Aquella última parecía la más antigua. La cinta tenía el plástico ligeramente amarillento. El hermano la observó durante un momento antes de introducirla en el aparato.

El mecanismo interno del radiocasete emitió un pequeño crujido cuando la cinta empezó a moverse.

Primero apareció el ruido magnético del fondo, un siseo continuo.

Luego una voz.

La voz del padre.

Era extraño escucharla de nuevo después de tantos años. No tenía el tono grave y cansado de sus últimos tiempos, sino una energía ligera, casi alegre.

En la grabación se oía una mesa en movimiento: cubiertos chocando contra platos, el roce de una silla, un vaso apoyándose sobre la madera.

El padre comenzó a contar un chiste.

Uno de los que repetía durante años, cambiando apenas una palabra, una pausa, el orden de las frases. Lo contaba con una paciencia obstinada, como si creyera que la insistencia terminaría por volverlo gracioso.

En mitad de la frase se oyó el sonido de un vaso rompiéndose.

Durante un segundo nadie dijo nada.

Luego se escuchó una bofetada.

Una risa breve, nerviosa.

Otra bofetada.

La cinta siguió girando.

Después la voz del padre regresó, ligeramente más baja, como si hablara desde otro lugar de la mesa.

Y continuó el chiste exactamente donde lo había dejado.

Escuchar aquello dentro del piso detenido producía una sensación extraña. La voz parecía moverse por el salón como un insecto invisible, atravesando el aire inmóvil que se había acumulado durante décadas.

Los tres permanecieron quietos mientras el aparato seguía funcionando.

El padre continuaba contando chistes.

Uno detrás de otro.

El mismo ritmo, la misma obstinación.

Entre cada uno aparecían pequeñas pausas.

En esas pausas se escuchaban otros sonidos: un cuchillo apoyándose en el plato, la respiración de alguien, una silla desplazándose lentamente.

En cierto momento la grabación cambió.

No de manera evidente.
Solo un detalle.

Una pausa demasiado larga.

Luego un ruido seco.

Algo que golpeaba contra la mesa o contra el suelo, después, un portazo.

Durante unos segundos nadie hablaba.

El padre volvió a hacerlo después de esa pausa, pero su voz había cambiado ligeramente. El tono parecía más bajo, como si intentara continuar la escena sin mencionar lo que acababa de ocurrir.

Volvió a contar un chiste.

Uno especialmente malo.

Nadie rio.

La cinta continuó unos segundos más.

Después apareció un silencio largo, completamente vacío.

El hermano detuvo el aparato.

El clic del botón resonó en el salón con una claridad incómoda.

La casa volvió a quedarse inmóvil. Durante un momento nadie habló. No hacía falta.

Todos habían sentido lo mismo: la sensación de que aquella grabación conservaba solo la superficie de un momento mucho más complejo.

El padre contando chistes.
Las risas pequeñas.
Los cubiertos.

Y justo debajo de ese ruido doméstico, un dolor que había quedado registrado del todo.

El hermano sacó el cassette del aparato y lo sostuvo entre los dedos.

La cinta magnética estaba enrollada dentro del plástico transparente como algo oscuro que daba vueltas sobre sí mismo.

El pasado de la casa parecía funcionar de la misma manera.

Una superficie tranquila que giraba lentamente. Y en el centro, enrollado en silencio, algo que ninguno de los tres habría querido recordar.

domingo, 15 de marzo de 2026

Las limosnas de Dios


Dicen que en sus sesenta y cinco años jamás derramó una lágrima. Parecía inmune al dolor. Vivió siempre en la misma casa donde nació: una antigua nave del primer polígono industrial de la ciudad, dividida con el tiempo en pequeñas viviendas sin techo para obreros pobres. Los ventanales altos apenas dejaban pasar la luz, velados por décadas de suciedad.

La vieja calle adoquinada que atravesaba la nave perdió con los años las piedras y ganó charcos. Al atardecer parecían trozos de espejo esparcidos por el suelo. Cuando el barro se secaba, el polvo de la cercana cementera entraba sin obstáculos por el gran portón y se colaba en todas las casas. Nunca vio limpio aquel lugar.

Dos calles más abajo pasaban las vías del tren. Durante años escuchó el traqueteo metálico, los soplidos de las locomotoras y el paso fatigado de los viejos convoyes que levantaban humo oscuro tras los muros de ladrillo de los talleres.

Allí transcurrió su infancia sin un gesto de ternura. Su única alegría fue un perro que apareció un día: un cachorro mestizo al que le faltaba parte del labio inferior, por donde siempre le caía la baba. Nunca le puso nombre. El animal no se separó de él hasta que un carromato lo atropelló frente al portal. Quedó tendido con las tripas fuera, mirándolo. El muchacho intentó salvarlo, metiéndole las entrañas y envolviéndolo con su camisa. El perro agonizó dos días en sus brazos. Ni entonces lloró.

Había perdido a su madre siendo niño. Su padre, minero de carbón, murió años después en una explosión en el fondo de la mina. Tampoco lloró aquel día. Incluso sintió algo parecido al alivio: la tos interminable del viejo, enfermo de pulmón negro, le había robado muchas noches de sueño. Aunque se lavara, siempre dejaba polvo de carbón en las sábanas.

A los diez años empezó a ganarse la vida recogiendo botellas y metales junto a las vías. Llegaba hasta los talleres del ferrocarril, donde bebían los mecánicos y rondaban maleantes al caer la noche. Vendía cartones y trapos del basurero. Así siguió hasta entrar en una pequeña fábrica cercana dedicada a fabricar tornillos y tuercas. Allí pasó cuarenta y cinco años, resignado al ruido de las máquinas.

Cerca de los treinta se juntó con una mujer diez años mayor que él. Vivieron cinco lustros juntos en una convivencia callada. Apenas recordaba conversaciones entre ellos. Cuando murió, la enterraron en el cementerio cercano. Tampoco entonces lloró.

Sus últimos cinco años de trabajo los pasó como vigilante nocturno de la misma fábrica. Permanecía en una garita pequeña, iluminada por un fluorescente que zumbaba sin descanso. En la pared colgaba un calendario viejo con una fotografía de Venecia y un lema: La calle más bonita del mundo.

Pasaba las horas mirando la mesa arañada del cuarto. Las rayas de la madera le parecían ríos y canales por los que imaginaba correr agua azul. Terminó memorizando aquel mapa improvisado.

Nunca había salido de la ciudad. Jamás olió una flor ni escuchó un pájaro. No conocía montañas ni mar. Su mundo era el de siempre: fábricas, grasa, gasolina quemada, ruido.

La idea surgió una noche, durante su última guardia. Miró las marcas de la mesa, luego la foto del calendario. Decidió que no moriría sin ver Venecia.

Un mes después de jubilarse llegó a la ciudad de los canales, tras cruzar el largo puente de entrada. Era una mañana luminosa. En la estación de Santa Lucía subió a un vaporetto que comenzó a recorrer lentamente el Gran Canal.

Se asomó a la ventanilla. Observó las fachadas claras, los tejados ocres, la cúpula verdosa de San Simeone Piccolo. Pequeñas lanchas dejaban estelas blancas en el agua azul verdosa. Los palacios, rosados o color siena, parecían flotar sobre el canal. Entre ellos se abrían callejones de agua cruzados por puentes.

Dentro del barco un muchacho besó la mano de una joven; ella respondió con un beso en los labios y lo abanicó con un mapa doblado. El hombre volvió la mirada al canal. Todo aquello —los palacios, las góndolas negras, la luz— le parecía un delirio hermoso.

Sintió que le temblaba la barbilla.

Las primeras góndolas aparecieron junto al vaporetto, brillando bajo el sol. Entonces notó algo húmedo deslizándose por su mejilla. Era la primera lágrima de su vida.

En ese momento cruzaban bajo el Ponte degli Scalzi. Sobre el puente pasó una mujer con un gran sombrero de paja y una cesta llena de rosas amarillas. Un pájaro blanco voló cerca del agua. En un pequeño jardín, una muchacha leía con los pies dentro del canal.

Cuando apareció el Ponte di Rialto, majestuoso, el hombre ya lloraba abiertamente. Temía que alguien lo notara y tratara de consolarlo. No lo necesitaba. Aquellas lágrimas no nacían del dolor, sino de una alegría demasiado grande para su corazón.

Escuchó el motor del vaporetto, el chapoteo del agua contra el casco, como si fueran música. Sintió que su corazón latía con fuerza por primera vez.

El sol hacía brillar sus lágrimas antes de caer al canal. Se aferró al cristal de la ventanilla y cerró los ojos. Una calma profunda lo envolvió. Comprendió entonces que su vida estaba completa, como si todo lo anterior hubiera sido el largo camino hasta aquel instante.

El vaporetto siguió avanzando lentamente hacia la Piazza San Marco, mientras el hombre sonreía con los ojos cerrados, dejando que la brisa le secara la cara.

Sofistifagia

Desde el helicóptero observan la casa de Neus Celnegre, una mansión aislada en un claro del bosque al pie de las montañas. Una vez al año, un pequeño grupo de invitados llega allí para asistir a una cena privada preparada por la cocinera más premiada del mundo.

La historia de Neus empezó de forma humilde. De niña ayudaba en la carnicería familiar y pronto mostró un talento extraño para preparar embutidos y mezclas de carne que atraían a los clientes. El negocio prosperó. Años después, ya graduada en ginecología y obstetricia, compró un viejo palacete y abrió su primer restaurante.

No tenía formación culinaria formal, pero su intuición y disciplina la convirtieron en una celebridad gastronómica. Sus restaurantes se multiplicaron, las críticas fueron excelentes y conseguir mesa se volvió casi imposible. Su cocina, elegante y técnica, parecía una obra de arte.

Pocos sabían que cerca de su residencia había construido un pabellón oculto en la ladera. Allí vivía Anna Damankova, una mujer rescatada años atrás de un burdel en Bielorrusia. Anna tenía dificultades para comunicarse y dependía completamente de Neus. Vivía sola en una estancia controlada: comida calculada, medicación regular y una rutina estricta.

En la finca también trabajaba un jardinero robusto y torpe que habitaba una cabaña apartada. Cada primavera Neus encontraba la forma de que él y Anna coincidieran durante días. Con el tiempo, Anna quedó embarazada varias veces.

Mientras tanto, el prestigio de Neus atraía a un círculo muy particular de invitados: un director de cine premiado, un presidente, un magnate de los medios, una estrella de Hollywood, un cantante famoso, un banquero influyente, un alto jerarca religioso, un diseñador célebre y un filósofo convertido en consultor de mercado. Personas poderosas, unidas por un secreto.

Todos formaban parte de un club clandestino. Neus cocinaba para ellos un menú único cuya materia prima era siempre la misma: un recién nacido de pocas semanas.

Aquella noche de fin de año los invitados se sentaron alrededor de una mesa de acero en el sótano de la casa. La sala parecía un quirófano por su limpieza. Neus sirvió los platos uno tras otro con precisión: pequeños entrantes, caldos, carnes confitadas, órganos caramelizados. El vino corría y los comensales degustaban cada preparación con entusiasmo.

Para ellos era una experiencia irrepetible. Hablaban del sabor incomparable de aquella carne, superior a cualquier producto del mundo.

Cuando la cena terminaba y los invitados se levantaban para marcharse, la puerta se abrió lentamente.

Era Anna.

Entró despacio y caminó hasta la mesa. Miró los restos de los platos. Entre ellos distinguió un trozo de piel tostada con un pequeño lunar en forma de corazón. Se quedó inmóvil.

Entonces lanzó un grito.

Tomó un cuchillo y se cortó las venas.

—No más niños… no más niños…

Después se abrió la garganta y cayó al suelo.

Algunos invitados reaccionaron con inquietud, pero Neus levantó la mano.

—Es su forma de vengarse —dijo con frialdad—. Estas personas creen encontrar dignidad en el sufrimiento.

Nadie discutió. Los comensales salieron con cuidado de no mancharse los zapatos con la sangre.

Fuera, el helicóptero esperaba con las aspas girando. Uno a uno subieron a bordo. La máquina se elevó y desapareció en la noche.

En la cabaña del jardín, el jardinero escuchó el ruido del aparato. Miró al cielo oscuro, pero no vio nada.

La finca volvió a quedar en silencio. Y la historia, lejos de terminar, apenas había hecho una pausa.

sábado, 14 de marzo de 2026

Héroe de marzo

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.

Cuando el perro me hizo la propuesta comprendí que mi vida se acercaba al final. No sentí miedo; sentí descanso. El peso de mi existencia, llena de errores, parecía aflojarse por primera vez.

El perro hablaba de dinero. Mucho dinero. Decía que el plan estaba preparado y que el riesgo sería pequeño. Creía que aquello me seducía. Pensaba que un hombre como yo —ladrón, soplón, basura del barrio— sólo podía escuchar la palabra euros. Pero no entendía nada. Yo no quería dinero. Quería otra cosa.

Estábamos en el mismo bar de siempre. Mesas gastadas, sillas de skay rojo, el sol entrando por el escaparate sucio. Allí nos habíamos reunido muchas veces. Él me daba información y yo le pagaba con nombres. Nombres de ladrones, de matones, de traficantes. Gracias a esas conversaciones yo dominaba el barrio. O eso creía. En realidad el rey era él. Siempre lo fue.

Nadie probó que fuera policía, aunque todos lo sospechaban. Lo que sí sabíamos es que estaba protegido por gente poderosa y que sabía demasiado.

Por eso, cuando aquella mañana mencionó el asunto, supe que estaba muerto. Nadie entra en un negocio así y sale vivo. Mientras él hablaba de fajos de billetes yo veía otra cosa: la cuerda con la que me colgarían.

—No quiero dinero —dije—. Quiero redención.

El perro frunció el ceño.

—¿Qué paraíso? Hay muchos.

No respondí. No le expliqué que llevaba años hundido en el deshonor. Desde niño había deseado hacer algo grande, algo que limpiara mi nombre. No quería morir como un delincuente. Quería morir como un héroe.

El perro cambió de tono. Dejó de hablar de dinero y empezó a hablar de religión, de injusticias, de infieles que humillaban a los creyentes. Palabras oportunas, palabras sucias. Pero ya no importaba. Yo había tomado mi decisión.

Levanté la mano y se calló. Me miró con rabia, pero aguantó.

—No quiero dinero —repetí—. Sólo una cosa: que digáis que morí como un mártir. Que lo hice por Alá. Que fue mi respuesta contra vosotros.

Lo dije todo. El odio, la vergüenza, el cansancio de vivir así. Quería morir con un sentido.

Entonces él levantó la mano.

—Basta de sermones —dijo—. Sólo dime si pondrás la bomba.

Lo miré detrás de sus gafas oscuras.

—Sí.

Me obligó a repetirlo. Lo hice. Después se levantó, tiró el cigarro al suelo y se marchó sin despedirse. Fue la última vez que lo vi.

Me quedé en el bar mirando la colilla que aún humeaba. Pensé en todo lo que había hecho: traiciones, delitos, humillaciones. Ya no podía vivir así. La muerte me parecía una limpieza.

Días después un hombre me entregó un teléfono en plena calle. Sonó de inmediato. Una voz me dio instrucciones.


Amanecía cuando subí al tren de cercanías. Llevaba la mochila con el explosivo. La dejé bajo el asiento.

No miré a nadie.

Los pasajeros iban medio dormidos. Gente que empezaba su jornada sin saber que sería la última. Pensé en sus familias, en sus casas, en las despedidas de esa mañana.

El tren avanzaba con suavidad. Calor, silencio, ruedas sobre la vía.

En la estación indicada me levanté y bajé. Nadie miró la mochila.

Mientras el tren se alejaba pedí a Dios que me diera valor para morir con ellos. Pero no tuve valor. Bajé temblando, con náuseas, viendo cómo el tren entraba en la ciudad.


A la hora prevista llegué al piso. Allí estaban los demás.

Ninguno era creyente.

Nos grabaron en vídeo. Nos pusieron pasamontañas, chalecos, armas falsas. Nos hicieron leer un texto donde amenazábamos con más sangre. Parecía una escena ridícula, como un disfraz de carnaval.

Luego se fueron.

Quedamos ocho hombres encerrados en el piso. Pasaron días. Nos daban comida barata. Apenas hablábamos. Algunos soñaban con el dinero prometido: millones, pasaportes, vuelos a otros países.

Yo no esperaba dinero. Esperaba morir.

Uno dijo que quizá habíamos matado a mucha gente. Otro respondió que pronto lo sabríamos. A mí no me pesaban esas muertes. Me pesaba mi propia vida.


Un día volvieron. Dos hombres y una mujer. Traían un paquete grande. Lo dejaron en el salón.

Después nos encerraron allí. Cerraron la puerta blindada.

Los otros miraban el paquete como si dentro hubiera dinero. Yo sabía lo que era.

Al poco tiempo oímos voces desde la calle.

La policía.

Nos pedían rendirnos.

Mis compañeros entraron en pánico. Gritaban que no podían salir, que la puerta estaba cerrada. Golpeaban, lloraban, suplicaban.

Entonces hablé.

—No sabéis dónde está el Bien —dije—. Ese paquete es una bomba. Os enviará al infierno. Yo me sacrifico por mi fe.

Después todos empezaron a gritar. Algunos lloraban, otros rezaban.

De pronto sonó un teléfono dentro del paquete.

Una sola llamada.

Luego la explosión.


Ahora no sé dónde estoy.
No sé si soy un héroe o un asesino.

La diferencia depende del dios al que se rece.

Que la maldición de Alá caiga sobre los injustos.


El ocaso de la lujuria

Era uno de esos días de otoño que olían a primavera. En Berfurt caía una tarde serena; las últimas hojas de los árboles permanecían inmóviles. La estrecha fachada modernista del Hotel Manhattan elevaba su melancólica decadencia entre los edificios vecinos.

En la terraza, John Silva se apoyaba en la barandilla de hierro forjado como si fuera parte del edificio. Miraba los rascacielos del distrito financiero recortados contra un cielo anaranjado. Guiándose por la aguja de la catedral fue recorriendo con la mirada los barrios de su vida: la iglesia donde lo bautizaron, la escuela, el instituto, los trabajos que tuvo y el cementerio donde reposaban los suyos.

El taconeo de unos pasos lo obligó a mirar abajo. Era ella.

Donatilda Schiaffino caminaba hacia el hotel con una altivez exagerada, casi teatral. John la siguió con la mirada hasta que cruzó la puerta. Sintió en el estómago algo parecido a un rodar de piedras.

Dentro, la moqueta del vestíbulo apagó el ruido de los tacones. Donatilda observó el lugar con complacencia. A pesar de su decadencia, el hotel le parecía distinguido, como un anciano pulcro cargado de medallas.

El recepcionista la miró por encima de sus gafas doradas.

—La habitación —dijo ella, seca.

El hombre consultó el registro y respondió con un cortés:

—Trescientos doce, madame.

Donatilda agradeció aquel tratamiento como si fuera especial, sin advertir la rutina con que se lo habían otorgado.

Esperó el ascensor ante la cancela de hierro forjado. El vestíbulo tenía algo de otro siglo, y aquella espera la hizo sentirse por un momento una dama distinguida. Cuando la cabina descendió chirriando, entró con cuidado y pulsó el botón del último piso.

En el espejo del interior se miró largamente. Vio su rostro envejecido, pero decidió recordarse como había sido: hermosa, segura, deseada.

Mientras tanto, en la habitación, John cerró la puerta de la terraza y apoyó la frente en el cristal frío. La ciudad quedó fuera de su atención. Pensaba únicamente en el deseo que durante años había cultivado.

No amaba a Donatilda. La deseaba.

No por su belleza —que no era extraordinaria— sino por la rotunda feminidad que irradiaba: sus curvas oscuras, la suavidad de su piel meridional, la sonrisa que dulcificaba sus rasgos severos. En su imaginación ella se convertía en una presencia dócil, hecha para satisfacer una fantasía casi salvaje.

Habían sido compañeros de trabajo durante años. Con el tiempo llegaron a confiar el uno en el otro, compartiendo confidencias que cada vez bordeaban más el terreno peligroso del deseo. Durante mucho tiempo jugaron con esa tensión, hasta que el día anterior John lanzó una provocación: un desafío que prometía cerrar la historia.

Encendió las luces de la habitación. La luz amarillenta lo deprimió.

Llamaron a la puerta.

John permaneció inmóvil, mirando el reflejo de la ciudad en el cristal. La puerta se abrió lentamente.

Donatilda asomó primero el rostro, sonriente.

Entró.

Se quedaron mirándose sin hablar.

La luz no la favorecía. El maquillaje excesivo ocultaba lo que él había imaginado tantas veces. El abrigo cerrado hasta el cuello, el moño torpemente recogido, los tacones demasiado altos… todo parecía fuera de lugar.

A Donatilda se le helaron las ilusiones al ver la expresión de John. No era rechazo lo que percibía, sino algo peor: desprecio.

Aun así, comenzó a desatarse el cinturón del abrigo. Tardó demasiado. Finalmente lo abrió, como si desplegara alas.

Debajo no llevaba nada.

El abrigo, los tacones baratos, las medias, el liguero y unas falsas perlas eran todo el adorno de su desnudez. Pero lo que realmente cubría su cuerpo era la vergüenza.

John contempló aquella escena con una mezcla de fascinación y derrota. Aquella mujer había sido durante años el centro de su deseo. Sin embargo, ahora comprobaba que la realidad nunca estaba a la altura de la fantasía.

De pronto comprendió que el cuerpo que tenía delante no era el único que había envejecido.

También el suyo.

La lujuria que imaginó durante tanto tiempo se había marchitado sin que él lo advirtiera.

Trató de rescatar algo de la situación y dijo, con voz forzada:

—Muy bien. Veo que has cumplido. Supongo que he perdido… y que tú has ganado la semana de vacaciones que prometí si venías desnuda hasta aquí.

Le cerró el abrigo con calma y la abrazó sin emoción.

Donatilda permaneció rígida. Primero se sintió humillada. Después llegó el odio.

Afuera, el horizonte se había vuelto gris azulado. La noche caía sobre Berfurt, iluminando la ciudad con miles de luces. Entre ellas destacaba el letrero vertical del Hotel Manhattan, encendido sobre su estrecha fachada modernista.

viernes, 13 de marzo de 2026

Yo preñé a la reina

Yo, señor, hallándome ya cerca del fin de mis días y queriendo dejar noticia de mi revolucionario acto genético-terrorista —callado por toda la canalla mediática, no solo la patria sino también la del resto del mundo—, escribo estas líneas que acaso puedan descifrarse en las paredes blancas de esta celda del manicomio donde me enterraron en vida hace tantos años. Es mi última esperanza que algún curioso, con paciencia y buena vista, logre leer estas letras torcidas que trazo con un lápiz ya casi gastado, como si fueran jeroglíficos de un ánimo ansioso por salir a la luz.

Yo, señor, nací en una estirpe de miserables menganos que, siglo tras siglo, no hicieron otra cosa que reproducir vidas vacías. Cuanto investigué de mis orígenes solo me trajo abatimiento. En la cadena de mi linaje encontré obreros vagos, campesinos torpes, pastores cerriles y otros casi esclavos agradecidos a amos de poca monta. Hambres y calamidades estuvieron siempre a punto de extinguirnos, y que yo haya llegado hasta aquí es casi milagro. Soy el último heredero de los Braga-Palomino, estirpe ignorada por la historia y agotada en su insignificancia.

Yo, señor, concebí y ejecuté el plan con que quise torcer ese destino de pobreza heredada, y también, a mi modo, favorecer a nuestra amada Monarquía.

Soy cabrero de oficio y muy dado a filosofías y ciencias naturales. Durante mis largas jornadas por el campo pensé mucho en el asunto de la reproducción y llegué a una conclusión sencilla: entre los seres vivos prosperan mejor los fuertes, los hábiles o los hermosos. Yo no fui agraciado con ninguna de esas virtudes. Desde niño me llamaban Sansonito con mala intención, pues soy canijo y flojo por la desnutrición heredada. Ni mi padre, ni mi madre, ni mis abuelos pasaban de la talla de un enano; tampoco destaqué nunca por habilidad ni por belleza. Cualquiera que me haya visto puede dar fe.

Así pues, estando yo solo en el mundo, sin padres ni mujer con quien multiplicarme, concebí un plan para legar a la Nación un Braga-Palomino principal. La idea era fabricar un heredero que, aunque llevara apellidos ilustres, portara en lo esencial la simiente de mi linaje. De ese modo salvaría a mi estirpe del olvido y la colocaría de golpe en la cumbre social.

Todo ocurrió una mañana de primavera de 1967 en la plaza mayor de la capital de mi provincia.

Tres meses antes supe que nuestra señora —entonces princesa y hoy reina— visitaría el convento de las Hermanas de los Ancianos Desamparados. Allí vi la ocasión para mi plan. Durante esos tres meses me abstuve de toda descarga para acumular la mayor cantidad posible de semillas, confiando en que la más viva del ejército Braga-Palomino lograra fecundar a su alteza.

Llegué temprano a la plaza buscando el mejor lugar. Vestí mi camisa más limpia, un peto de cuero bordado, chaqueta negra, calzón de paño, faja nueva y el zahón de cabrero adornado con pelo de cabra. A los riñones colgué un gran cencerro reluciente y cargué sobre los hombros un cabrito blanco, el más lucido de mi rebaño.

Cuando llegó la princesa, aplaudí y lancé vivas para llamar su atención. Lo conseguí sin dificultad: yo era el único con cabrito a cuestas y traje de cabrero. Esperé los treinta minutos que tardó en salir del convento, intentando ganar la simpatía de un escolta con coplas de mi pueblo. Pero en lugar de parecer inofensivo, levanté sospechas, y ordenaron a un guardia vigilarme de cerca.

Salió por fin su alteza saludando con una sonrisa leve mientras caminaba hacia su coche, acompañada por la madre superiora, el alcalde y algunos ancianos. Cuando estaba a punto de subir al vehículo grité:

—¡Majestad, una jota! ¡Déjeme cantarle una jotica!

Es sabido que nuestra reina aprecia los gestos espontáneos del pueblo. Hizo un gesto para que me soltaran los escoltas y me permitieran acercarme. La plaza entera guardó silencio. El cabrito baló suavemente sobre mis hombros. Aclaré la garganta y canté mientras bailaba:

El dolor que siente un burro
cuando le estiran del rabo
es el mismo que yo siento
cuando te vas de mi lado.

Aprovechando la sorpresa, me abalancé hacia el coche y nos introduje dentro con el cabrito. Cerré la puerta y bajé los seguros. Durante unos segundos nadie reaccionó. Solo se oyó la vara del alcalde al caer al suelo.

Dentro del vehículo, protegido por el blindaje, ignoré los golpes desde fuera. Recuperé el aliento y hablé a su majestad con la formalidad que había ensayado. Me disculpé por el olor a cabra —Capra hispánica, como diría la ciencia— y le expliqué que mi propósito era fecundarla para gloria futura de mi linaje.

Yo, señor, había estado con mujer solo cuatro veces en mi vida: tres con Justina, la única prostituta del pueblo, y la cuarta fue aquella, según lo planeado. El proceso resultó largo por mi inexperiencia y por los golpes y gritos que llegaban desde fuera del coche. Finalmente logré culminar mientras el cencerro de mi cintura marcaba el ritmo.

Después levanté las piernas de la señora durante unos minutos para favorecer la fecundación. Así permanecimos hasta que un soldador logró abrir la puerta. El cabrito salió primero; a mí me arrastraron los escoltas de los pelos sin dejarme siquiera subirme los calzones.

No escribiré más porque se acaba el espacio en estas paredes.

Desde entonces permanezco encerrado, sin hablar con nadie. Sé que nada de esto ha salido a la luz: el periodismo fue advertido de la deshonra que supondría para la reina, la Monarquía y la Nación. Se requisaron imágenes y se silenció a quien fuera necesario. Todo lo preveía mi plan.

Ahora muero viejo y enfermo, pero satisfecho. Estoy seguro de que la reina quedó preñada y que nació un príncipe en las fechas debidas. Aunque jamás vi su retrato, imagino que será otro Braga-Palomino: moreno, delgado, algo patiabierto, de baja estatura y cabezón como todos nosotros.

Todo este sacrificio para que la estirpe continúe y se replique en las alturas más encumbradas. Yo he cumplido.

Muero en paz.

Amén.

jueves, 12 de marzo de 2026

Ad Notitiam


Como cada día, volvió a casa hacia las dos. Abrió el buzón. Solo había un sobre, sin sello ni remite. Su nombre completo estaba escrito con caligrafía impecable; debajo, la dirección. Papel grueso, de invitación de boda.

Le costó rasgar la solapa.

Dentro encontró una cartulina. Esperaba una boda, un bautizo, algún compromiso social. Leyó:

«Por la presente le informo de que estoy considerando su asesinato.
Inicio hoy, día primero del presente mes, un período de reflexión para evaluar la conveniencia y oportunidad de su muerte.

Si lo estima oportuno, puede denunciar esta notificación ante cualquier autoridad o presentar demanda civil. Dichas acciones no influirán en la decisión final.

Si en noventa días no recibe resolución, considere desestimada esta evaluación.

Queda usted debidamente notificado.»

La leyó dos veces. Luego a fragmentos. Sus ojos regresaban siempre a la palabra asesinato, que no encajaba con el tono administrativo del texto.

Cuando por fin comprendió lo que decía, levantó la vista, miró alrededor y volvió a la cartulina, que ya le temblaba entre las manos. Entró deprisa en casa. Cerró. Echó cerrojos.

El pánico empezó a crecer.

Durante semanas pensó casi solo en eso. La amenaza giraba en su cabeza como un satélite obstinado. Buscaba una explicación: quién, por qué. No tenía enemigos. No debía dinero. Era —se repetía— una buena persona.

«¿Quién querría matar a una buena persona como yo?»

Solo un psicópata, concluía. Un individuo sin remordimientos. Alguien que jugaba con el miedo ajeno por puro entretenimiento. Imaginaba a ese hombre mezclado entre la gente corriente: un funcionario, un vecino, un panadero, un médico. Gente amable a simple vista, pero capaz de enviar notificaciones absurdas anunciando asesinatos con la frialdad de un trámite.

Contó lo ocurrido a familiares y amigos. Muchos le aconsejaron denunciar. Otros restaron importancia al asunto. Algún imbécil gastando una broma cruel, dijeron.

El miedo se fue apagando con los días. Solo regresaba a las dos de la tarde, cuando abría el buzón.

Casi tres meses después apareció otro sobre.

No estaba en el buzón. Yacía en el suelo del pasillo, a unos pasos de la puerta. Alguien lo había deslizado por debajo.

Se quedó inmóvil al verlo. Se apoyó en la pared para no caer. Tardó bastante en recogerlo.

La cartulina decía:

«Por la presente le informo de que finalmente he decidido sine die su asesinato.
Contra esta resolución no cabe apelación.
Así lo pronuncio y firmo.
»

Debajo había una firma: una X perfecta, trazada con tinta marrón.

Sine die. Dudó del significado.

Y entonces apareció el recuerdo.

Una tarde de invierno, en el barrio donde creció. Niebla baja, casas pobres. Un grupo de adolescentes refugiado en una escalera ruinosa. Gritos, risas, besos torpes, humo de cigarrillos.

Una chica sacó un pequeño frasco brillante del bolsillo. Él —entonces un muchacho arrogante— se lo arrebató.

Trepa a un árbol. La chica exige que se lo devuelva. Los demás observan. Saben que él no parará.

Primero la chica insulta. Luego suplica.

—Es una base de maquillaje —explica otra—. Le costó meses comprarla.

El chico abre el frasco. Huele la crema marrón. Finge que se le cae. Dos veces.

Después vacía el contenido sobre una rama áspera y lo extiende hasta no dejar nada en sus manos.

¿Sería posible que aquella muchacha aún lo odiara?

Mientras pasaban los días empezó a revisar su vida como si fuera un archivo judicial. Pequeños daños. Ofensas menores.

Un chicle pegado en el pelo de un compañero de escuela. El niño llorando mientras intentaba despegarlo. Al día siguiente apareció rapado y con moratones.

Recordó también unos ojos azules. Una muchacha que lo había dejado todo por él. Meses después él no fue capaz de sostenerle la mirada cuando la abandonó.

O el vecino de pared. Aquel motor zumbante que instaló en la chimenea. Un ruido leve, persistente. Durante años.

Pequeñas crueldades. Desprecios. Egoísmos insignificantes.

Sumados durante una vida entera.

A veces pensaba que la condena era justa. No por un gran crimen, sino por la acumulación de miles de malicias pequeñas. Como la niebla de su infancia: ligera, constante, hasta cubrirlo todo.


Despertó.

No quiso abrir los ojos.

Estaba desnudo. Atado de pies y manos sobre una superficie fría. Metal, probablemente. Una mesa.

Olía a formol.

Escuchaba pasos cerca. Herramientas. Un sistema de aspiración encendiéndose. Agua corriendo por un desagüe.

La luz de una lámpara atravesó sus párpados.

Giró la cabeza y abrió los ojos.

Vio una pila de acero. Instrumentos alineados: bisturís, pinzas, tijeras, un martillo, un cincel. También pesos y una balanza.

Una figura con bata verde trabajaba en silencio.

Se acercó y le levantó un párpado para examinar el ojo.

—¿Quién es usted? —susurró él—. ¿Qué daño cometí?

No pidió perdón. Solo quería saber.

La persona se quitó las gafas, la mascarilla.

Era una mujer de mediana edad. Rostro tranquilo. Desconocido.

—¿Por qué yo? —preguntó él.

Ella habló con voz suave:

—Voy a practicarle una autopsia en vida.

Sintió el bisturí. Un corte largo bajo las clavículas. Luego otro hacia abajo, hasta el pubis.

Intentó gritar.

—¿Por qué? ¿Por qué?

La mujer retiró la mascarilla un momento. Su voz sonó casi infantil.

—Por ser escorpio, por vivir en una casa con número impar y por ser zurdo.

Volvió a cubrirse la boca.

Comenzó a retirar la parrilla costal.

Antes de perder el conocimiento, el hombre murmuró:

—Que Dios ayude a mi pobre alma.

ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"