Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

domingo, 1 de marzo de 2026

Una gota en el océano

Siempre estaba ahí. Me lo encontraba en cualquier sitio, a cualquier hora. No digo que me siguiera: a veces yo llegaba y él ya estaba; otras aparecía después y nuestras miradas chocaban.

Parecía de mi edad. Siempre solo. A veces pasaba las páginas de un periódico sin leerlo en una cafetería; otras bebía cerveza al final de una barra. En medio de la gente parecía una isla discreta, apenas separada de la normalidad que la rodeaba.

Si entraba en una panadería, era probable que llegara él. Si el lugar estaba en silencio, mientras esperaba el turno, podía oír su corazón a mis espaldas. No tardaba en cruzármelo subiendo o bajando escaleras, en el mismo autobús, en iglesias, estadios, cines, supermercados, hospitales. Donde fuera, él aparecía.

Al principio lo tomé por casualidad. Dos tipos con rutinas parecidas. Luego empecé a pensar que quizá cobraba por vigilarme. Pero ¿quién pagaría a un detective tan torpe? ¿Quién se interesaría por alguien tan corriente como yo? Además, él no ocultaba su presencia. A veces me miraba; otras mantenía la mirada, como si viera sus propios ojos en un espejo.

Pensé en acudir a la policía. Pero ¿qué denunciar? No había persecución. Nuestros encuentros parecían fortuitos.

Nunca le hablé. Me limité a observarlo. No tenía nada llamativo: ropa corriente, gestos tranquilos. Olía bien. Un perfume conocido, ligero. A veces sabía que había pasado por un lugar solo por esa fragancia que aparecía o desaparecía de pronto.

Con el tiempo empecé a evitarlo. Antes de entrar en cualquier sitio buscaba su figura, olfateaba el aire. Si lo encontraba, me marchaba murmurando por calles o jardines. Más de una vez salí enfadado de oficinas, restaurantes o gimnasios. Otras veces era él quien se iba cuando yo llegaba.

Parecía que estábamos condenados a compartir la misma realidad.

Poco a poco se volvió el centro de mis pensamientos. Su presencia me asfixiaba, pero cuando no aparecía me sentía extraño, casi solo. Si pasaba un rato sin verlo, disfrutaba de una libertad breve, íntima. Sabía que duraría poco: bastaba alzar la vista para verlo reflejado en un escaparate o conduciendo un taxi.

La obsesión lo desplazó todo. Dejé de lado aficiones, sueños, amistades. Incluso a mi familia. Sin embargo, cuando lo veía mirar fijamente una pantalla de televisión, sentía a todos cerca, como si aquel brillo reuniera todas las vidas.

Intenté refugiarme en el trabajo. Después dejé de frecuentar lugares públicos. Me encerré en casa. Era el último espacio donde podía abrir los ojos sin encontrarlo. Allí el silencio me protegía y podía escuchar mis propios pensamientos. Durante un tiempo recuperé la calma. Me observé por dentro, intentando entender quién era yo realmente.

Así pasaron meses. Llegué a olvidar su cara. Era un rostro demasiado común para recordarlo. Empecé a pensar que todo había sido una fantasía.

Hasta que una mañana encendí la televisión.

En el primer noticiario apareció detrás de una reportera que hablaba de una nevada. Cruzó la pantalla con un abrigo gris. Sentí un nudo en el estómago. Cambié de canal: allí estaba otra vez, entre el público de un concurso, mirando directamente a la cámara.

Apagué el televisor con náuseas. Fui a la ventana buscando aire. Entre las lágrimas lo vi asomado a una ventana del edificio de enfrente, observándome.

Bajé las escaleras a toda prisa. Arranqué el coche y conduje sin rumbo durante horas. La carretera terminó en una llanura blanca, sin casas ni árboles.

Caminé un rato sobre la nieve. Todo estaba en silencio.

Entonces lo vi a lo lejos. Venía hacia mí.

Seguimos andando hasta quedar frente a frente.

—¿Quién eres? —pregunté.

—No lo sé —respondió. Y empezó a llorar.

—¿Cómo te llamas?

—Tengo millones de nombres. Miles de millones. También el tuyo —dijo mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo que olía a su perfume.

—Cuando nos separemos, ¿a dónde irás? ¿Dónde está tu casa?

—No lo sé —dijo, y me tendió la mano.

La estreché. Sentí su calor. Sonreímos por primera vez. Luego lo abracé y comprendí que estaba solo, que era único y pasajero. También entendí que esa era nuestra grandeza.

No dijimos nada más.

Jamás volví a verlo.

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ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"