Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

martes, 3 de marzo de 2026

Pésames ingrávidos

Murió como mueren muchos en un hospital: solo, sin dolor. Lo último que alcanzó a ver fue un anuncio. Una figura popular hablaba a cámara: periodista, madre, aval de unos lácteos que prometían reforzar las defensas gracias a bacterias patentadas.

Fue un hombre dócil, de trato fácil. Hizo amigos. También algunos adversarios. Nunca enemigos declarados. Amó a casi todos sus amantes y reservó lo mejor para sus hijos. Mientras vivieron cerca disfrutó de su presencia; cuando se marcharon, celebró desde lejos sus logros.
Su última pareja murió de forma repentina. Apenas sintió el vacío: el olor seguía en la ropa del armario, la voz parecía aún quedar en las paredes.

Antes de ingresar en el hospital guardó las cosas del cónyuge en cajas y las dejó en el sótano. Álbumes, discos, libros, vídeos, cartas. Durante un momento parecieron vivos; al poco tiempo serían sólo papeles húmedos. También diplomas, escrituras, pasaportes. Restos de una vida ordenada. Todo terminaría pudriéndose en la oscuridad.

Después llegaron los otros.

Alguien le quitó la bata del hospital.
Alguien le vistió con su ropa.
Alguien maquilló el rostro.
Alguien colocó el cuerpo en un féretro alquilado.
Alguien lo llevó a la sala refrigerada del tanatorio.

Allí quedó tras un cristal grueso, en la cabina ventilada donde el termómetro marca cero grados. Los muertos descansan como maniquíes en escaparate, rodeados de flores. Ramos caros, coronas solemnes. Colores y perfumes que intentan cubrir lo que hay dentro.

No es un velatorio cualquiera. El edificio ganó un premio de arquitectura. Ofrece oratorio multiconfesional, cafetería, restaurante, parking, floristería, venta de lápidas. También asesoría jurídica, asistencia psicológica, esquelas, recordatorios, certificados, trámites con la Seguridad Social y últimas voluntades.
Incluye tanatopraxia para que el difunto parezca tranquilo.
Aunque todos los muertos resultan feos: la muerte lo es.

Por eso casi nadie soporta los funerales. Sólo algunos excéntricos encuentran belleza en esos lugares donde ya casi no se oye llorar. Por eso la muerte se oculta. Por eso pagamos a desconocidos para que se encarguen de nuestros muertos.

La sala reservada está vacía.

La música comenzó a sonar dos horas antes de la apertura. Altavoces invisibles repiten una selección elegante. En una pantalla grande aparecen fotos del difunto: playa, nieve, abrazos, sonrisas. Siempre acompañado.
El rostro vivo de las imágenes contrasta con el rostro inmóvil tras el cristal.

La sala busca serenidad.
Sin símbolos religiosos.
Colores crema y marrón.
Luz suave.
Nada de negro.

Todo induce a la calma. El espacio parece un hotel silencioso. El personal trabaja con eficacia: recepción del cuerpo, trámites, atención permanente.

El viejo rito se ha vuelto discreto. Se evita mirar de frente a la muerte. Se disimula entre flores y pantallas. Si existe una realidad fea, mejor no recordarla. Para eso están los servicios funerarios: crear un escenario amable donde despedirse sin incomodidad.

Quien puede pagarlo evita el espectáculo de la muerte desnuda. Obtiene salas privadas, música escogida, duchas elegantes, protocolos que adormecen el alma. El objetivo es simple: suavizar el final.

La música termina y vuelve a empezar. Han pasado cuatro horas. Las fotos siguen repitiendo las mismas sonrisas.

Tal vez la hija mayor contrató todo desde Alemania. Trabaja en una ONG de un hospital infantil en Tubinga y no puede viajar.
Quizá un hijo prepara su primera exposición en Nueva York o París con una beca para artistas visuales. Él debía esparcir las cenizas, pero tampoco podrá acudir.
Puede que exista otro hermano imposible de localizar, tal vez un misionero en Australia.

Personas solidarias. Muy ocupadas.

En otra pantalla aparecen mensajes de pésame enviados por internet: puestas de sol, montañas, frases breves. Llegan desde distintos países.

Finalmente la puerta se abre.

Entra un hombre con una guitarra. Mira la sala vacía sin sorpresa. Consulta su reloj. Sobre una mesa hay comida preparada por una empresa de catering. No toca nada. Es un profesional.

Saca la guitarra, carraspea y empieza a cantar. Tal vez Let it be de The Beatles.
No mira nunca el ataúd.

Cuando termina, guarda el instrumento y sale despacio.

Han pasado muchas horas. Nadie ha venido. La ausencia también es una forma de despedida. Quizá desde lejos lo recuerden con indulgencia, olvidando errores y faltas.

Fue una vida completa. Murió tarde, después de que sus deseos se apagaran. Ya no pedía nada.
Tal vez sólo habría querido una mano en el último momento.

Eso sí habría cambiado algo.

Porque morir solo en una habitación de hospital sigue siendo triste, incluso para alguien amable.

A la mañana siguiente entra el director del servicio. Da órdenes. El féretro y las flores se retiran sin incidentes. Nadie besó el cristal.

Siguen llegando mensajes electrónicos. La música continúa. Las pantallas aún muestran sonrisas que pronto dejarán de significar algo. La memoria empieza a borrarse.

Un operario apaga las pantallas.
Apaga las luces.
Retira el nombre del panel.

La sala queda limpia, lista para otro muerto.

Olvidamos. Cuando los que nos conocían desaparecen, el mundo se vacía un poco más. Uno se cree inmortal hasta que ve al primer muerto. Luego entiende que algún día alguien dejará una flor sobre nuestro féretro sin sentir demasiado.

Desde niños nos enseñan a evitar el dolor. Si los dolores físicos se pueden sedar, ¿por qué no los del alma?

La muerte no se evita. El sufrimiento sí. Los funerales se vuelven cada vez más breves, más ligeros. La tragedia se pasa rápido para volver a la rutina, al consumo de pequeñas dosis de felicidad.

Los muertos se incineran pronto. Las cenizas desaparecen. También los remordimientos.

Después de la incineración encargaron una urna ecológica. Sal marina prensada, diseñada para disolverse en el agua en treinta minutos.

El empleado recibió una propina para arrojarla al mar.

Pero ese día terminaban las rebajas en unos grandes almacenes.

Así que abrió una alcantarilla cercana y dejó caer la urna dentro antes de ir a comprar.

No hay comentarios:

ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"