Había muerto muy vieja, casi transparente, después de años
de permanecer en aquel lugar como una figura quieta entre los muebles. Durante
mucho tiempo ninguno de los tres había pensado seriamente en la casa. La
visitaban a veces, la ayudaban con pequeñas cosas, pero el piso había dejado de
pertenecer al presente hacía décadas. Era el territorio lento donde su madre se
había quedado varada mientras el resto del mundo se desplazaba.
La llave todavía funcionaba.
La cerradura cedió con una resistencia leve, como si alguien
hubiera abierto esa puerta la semana anterior. Al empujarla, el aire del
interior salió al rellano con un olor tenue a encierro, a ropa guardada
demasiado tiempo.
Lo primero que sorprendía no era el polvo.
Era la ausencia de cambios.
El salón seguía exactamente igual que en las fotografías de cuarenta
años atrás. El mismo sofá verde, hundido en el centro. El mismo aparador oscuro
con las fotografías inclinadas en sus marcos. El reloj de pared, detenido, con las
pesas en su base y los cables aflojados. Incluso la lámpara con pantalla
amarillenta parecía haber envejecido sin moverse un centímetro en décadas.
Durante unos minutos caminaron por el hogar con la sensación
incómoda de haber entrado en un lugar que no esperaba visitas.
La casa no se había adaptado al paso del tiempo.
Había permanecido dentro de otro ritmo.
Su madre había vivido allí hasta hacía pocas semanas, pero
de algún modo no parecía haber vivido en el presente. El frigorífico era
antiguo, los calendarios colgados pertenecían a años remotos, y en los cajones
aparecían objetos que ya no formaban parte de ninguna vida: sobres de
fotografías reveladas, cintas de vídeo, pilas gastadas, un paquete de azúcar
endurecido.
En el aparador del salón estaba el radiocasete.
El aparato había sido un objeto central de la familia:
música los domingos, cintas grabadas de la radio, algunas grabaciones
domésticas que el padre hacía sin explicar demasiado por qué.
Dentro de uno de los cajones había varias cintas.
Las etiquetas estaban escritas con la letra de su madre.
“Navidad”.
“Coche”.
“Comida domingo”.
Aquella última parecía la más antigua. La cinta tenía el
plástico ligeramente amarillento. El hermano la observó durante un momento
antes de introducirla en el aparato.
El mecanismo interno del radiocasete emitió un pequeño
crujido cuando la cinta empezó a moverse.
Primero apareció el ruido magnético del fondo, un siseo
continuo.
Luego una voz.
La voz del padre.
Era extraño escucharla de nuevo después de tantos años. No
tenía el tono grave y cansado de sus últimos tiempos, sino una energía ligera,
casi alegre.
En la grabación se oía una mesa en movimiento: cubiertos
chocando contra platos, el roce de una silla, un vaso apoyándose sobre la
madera.
El padre comenzó a contar un chiste.
Uno de los que repetía durante años, cambiando apenas una
palabra, una pausa, el orden de las frases. Lo contaba con una paciencia
obstinada, como si creyera que la insistencia terminaría por volverlo gracioso.
En mitad de la frase se oyó el sonido de un vaso
rompiéndose.
Durante un segundo nadie dijo nada.
Luego se escuchó una bofetada.
Una risa breve, nerviosa.
Otra bofetada.
La cinta siguió girando.
Después la voz del padre regresó, ligeramente más baja, como
si hablara desde otro lugar de la mesa.
Y continuó el chiste exactamente donde lo había dejado.
Escuchar aquello dentro del piso detenido producía una
sensación extraña. La voz parecía moverse por el salón como un insecto
invisible, atravesando el aire inmóvil que se había acumulado durante décadas.
Los tres permanecieron quietos mientras el aparato seguía
funcionando.
El padre continuaba contando chistes.
Uno detrás de otro.
El mismo ritmo, la misma obstinación.
Entre cada uno aparecían pequeñas pausas.
En esas pausas se escuchaban otros sonidos: un cuchillo
apoyándose en el plato, la respiración de alguien, una silla desplazándose
lentamente.
En cierto momento la grabación cambió.
No de manera evidente.
Solo un detalle.
Una pausa demasiado larga.
Luego un ruido seco.
Algo que golpeaba contra la mesa o contra el suelo, después,
un portazo.
Durante unos segundos nadie hablaba.
El padre volvió a hacerlo después de esa pausa, pero su voz
había cambiado ligeramente. El tono parecía más bajo, como si intentara
continuar la escena sin mencionar lo que acababa de ocurrir.
Volvió a contar un chiste.
Uno especialmente malo.
Nadie rio.
La cinta continuó unos segundos más.
Después apareció un silencio largo, completamente vacío.
El hermano detuvo el aparato.
El clic del botón resonó en el salón con una claridad
incómoda.
La casa volvió a quedarse inmóvil. Durante un momento nadie
habló. No hacía falta.
Todos habían sentido lo mismo: la sensación de que aquella
grabación conservaba solo la superficie de un momento mucho más complejo.
El padre contando chistes.
Las risas pequeñas.
Los cubiertos.
Y justo debajo de ese ruido doméstico, un dolor que había quedado registrado del todo.
El hermano sacó el cassette del aparato y lo sostuvo entre los
dedos.
La cinta magnética estaba enrollada dentro del plástico
transparente como algo oscuro que daba vueltas sobre sí mismo.
El pasado de la casa parecía funcionar de la misma manera.
Una superficie tranquila que giraba lentamente. Y en el
centro, enrollado en silencio, algo que ninguno de los tres habría querido
recordar.
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