Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro

lunes, 16 de marzo de 2026

Los chistes de papá

Llegaron al piso pocos días después del entierro de su madre.

Había muerto muy vieja, casi transparente, después de años de permanecer en aquel lugar como una figura quieta entre los muebles. Durante mucho tiempo ninguno de los tres había pensado seriamente en la casa. La visitaban a veces, la ayudaban con pequeñas cosas, pero el piso había dejado de pertenecer al presente hacía décadas. Era el territorio lento donde su madre se había quedado varada mientras el resto del mundo se desplazaba.

La llave todavía funcionaba.

La cerradura cedió con una resistencia leve, como si alguien hubiera abierto esa puerta la semana anterior. Al empujarla, el aire del interior salió al rellano con un olor tenue a encierro, a ropa guardada demasiado tiempo.

Lo primero que sorprendía no era el polvo.
Era la ausencia de cambios.

El salón seguía exactamente igual que en las fotografías de cuarenta años atrás. El mismo sofá verde, hundido en el centro. El mismo aparador oscuro con las fotografías inclinadas en sus marcos. El reloj de pared, detenido, con las pesas en su base y los cables aflojados. Incluso la lámpara con pantalla amarillenta parecía haber envejecido sin moverse un centímetro en décadas.

Durante unos minutos caminaron por el hogar con la sensación incómoda de haber entrado en un lugar que no esperaba visitas.

La casa no se había adaptado al paso del tiempo.
Había permanecido dentro de otro ritmo.

Su madre había vivido allí hasta hacía pocas semanas, pero de algún modo no parecía haber vivido en el presente. El frigorífico era antiguo, los calendarios colgados pertenecían a años remotos, y en los cajones aparecían objetos que ya no formaban parte de ninguna vida: sobres de fotografías reveladas, cintas de vídeo, pilas gastadas, un paquete de azúcar endurecido.

En el aparador del salón estaba el radiocasete.

El aparato había sido un objeto central de la familia: música los domingos, cintas grabadas de la radio, algunas grabaciones domésticas que el padre hacía sin explicar demasiado por qué.

Dentro de uno de los cajones había varias cintas.

Las etiquetas estaban escritas con la letra de su madre.

“Navidad”.

“Coche”.

“Comida domingo”.

Aquella última parecía la más antigua. La cinta tenía el plástico ligeramente amarillento. El hermano la observó durante un momento antes de introducirla en el aparato.

El mecanismo interno del radiocasete emitió un pequeño crujido cuando la cinta empezó a moverse.

Primero apareció el ruido magnético del fondo, un siseo continuo.

Luego una voz.

La voz del padre.

Era extraño escucharla de nuevo después de tantos años. No tenía el tono grave y cansado de sus últimos tiempos, sino una energía ligera, casi alegre.

En la grabación se oía una mesa en movimiento: cubiertos chocando contra platos, el roce de una silla, un vaso apoyándose sobre la madera.

El padre comenzó a contar un chiste.

Uno de los que repetía durante años, cambiando apenas una palabra, una pausa, el orden de las frases. Lo contaba con una paciencia obstinada, como si creyera que la insistencia terminaría por volverlo gracioso.

En mitad de la frase se oyó el sonido de un vaso rompiéndose.

Durante un segundo nadie dijo nada.

Luego se escuchó una bofetada.

Una risa breve, nerviosa.

Otra bofetada.

La cinta siguió girando.

Después la voz del padre regresó, ligeramente más baja, como si hablara desde otro lugar de la mesa.

Y continuó el chiste exactamente donde lo había dejado.

Escuchar aquello dentro del piso detenido producía una sensación extraña. La voz parecía moverse por el salón como un insecto invisible, atravesando el aire inmóvil que se había acumulado durante décadas.

Los tres permanecieron quietos mientras el aparato seguía funcionando.

El padre continuaba contando chistes.

Uno detrás de otro.

El mismo ritmo, la misma obstinación.

Entre cada uno aparecían pequeñas pausas.

En esas pausas se escuchaban otros sonidos: un cuchillo apoyándose en el plato, la respiración de alguien, una silla desplazándose lentamente.

En cierto momento la grabación cambió.

No de manera evidente.
Solo un detalle.

Una pausa demasiado larga.

Luego un ruido seco.

Algo que golpeaba contra la mesa o contra el suelo, después, un portazo.

Durante unos segundos nadie hablaba.

El padre volvió a hacerlo después de esa pausa, pero su voz había cambiado ligeramente. El tono parecía más bajo, como si intentara continuar la escena sin mencionar lo que acababa de ocurrir.

Volvió a contar un chiste.

Uno especialmente malo.

Nadie rio.

La cinta continuó unos segundos más.

Después apareció un silencio largo, completamente vacío.

El hermano detuvo el aparato.

El clic del botón resonó en el salón con una claridad incómoda.

La casa volvió a quedarse inmóvil. Durante un momento nadie habló. No hacía falta.

Todos habían sentido lo mismo: la sensación de que aquella grabación conservaba solo la superficie de un momento mucho más complejo.

El padre contando chistes.
Las risas pequeñas.
Los cubiertos.

Y justo debajo de ese ruido doméstico, un dolor que había quedado registrado del todo.

El hermano sacó el cassette del aparato y lo sostuvo entre los dedos.

La cinta magnética estaba enrollada dentro del plástico transparente como algo oscuro que daba vueltas sobre sí mismo.

El pasado de la casa parecía funcionar de la misma manera.

Una superficie tranquila que giraba lentamente. Y en el centro, enrollado en silencio, algo que ninguno de los tres habría querido recordar.

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ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"