Sostiene la tira de aluminio con dos dedos ennegrecidos. La heroína se oscurece al calentarse. El humo sube en una línea fina, casi respetuosa. No tose. Hace tiempo que el cuerpo dejó de protestar por cosas pequeñas.
Zubair observa como si hubiera algo que aprender.
—El truco —dice Ahmad— es no pedirle nada.
Zubair asiente.
Siempre asiente.
Le copiaba los gestos: la forma de doblar el papel, el cuidado al acercar la llama. No lo llamaba maestro. Tampoco amigo. Se sentaba cerca, lo suficiente como para compartir calor sin tocarlo.
Debajo del puente, el río Kabul arrastra una espuma gris que nunca se detiene. A veces, el oído fallaba y parecía detenerse. Entonces se oían otras cosas: la tos de alguien, una risa corta, el golpe seco de una lata.
Fatima pasaba algunas tardes. No se quedaba mucho. Traía pan cuando podía, hablaba rápido, como si el tiempo se cortara en trozos manejables.
—Hoy no llueve —decía, aunque no hubiera nubes.
Ahmad asentía. No discutía lo evidente. Sabía que Fatima no hablaba del cielo.
Fatima sacudía una manta que ya no podía limpiarse. Cantaba a veces. No canciones completas, sino trozos. Como si la memoria también estuviera rota.
Cuando miraba a Ahmad, le sonreía con una precisión inexplicable.
—Hoy estás mejor —dice.
Ahmad no responde.
Nunca desmiente a Fatima.
Ella le arregla el cuello de la camisa como si hubiera alguien mirando.
No miraba nadie.
Las redadas empezaron de noche. Luces fuertes, voces tranquilas, pero imperiosas. Los hombres se levantaban sin terminar lo que estaban haciendo. Algunos intentaban esconder el papel, como si eso cambiara algo.
Los recogían sin violencia innecesaria, como si fueran objetos que no conviene dañar. Zubair intentó preguntar algo, pero nadie escuchaba preguntas que no cambiaban nada. Ahmad caminaba por su cuenta. No ofrecía resistencia. No ofrecía colaboración. Simplemente avanzaba. El puente quedó atrás sin despedirse.
El día que se llevaron a Ahmad, Zubair estaba a su lado. No hubo acuerdo entre ellos. Ninguna señal. Subieron al camión como se sube a cualquier sitio: sin decidirlo del todo.
El Hospital Omar no tenía puente, pero tenía un patio donde el viento cruzaba sin detenerse. Las paredes estaban limpias. Los cuerpos estaban alineados en camas idénticas, como si la igualdad pudiera empezar ahí.
Ahmad observa el techo durante horas.
—Aquí —dice finalmente— el tiempo no sabe qué hacer.
Zubair lo mira, esperando otra frase.
No llega.
Las mantas no tenían polvo. El cuerpo temblaba igual. Más, quizá. Se trataba de aguantar.
Ahmad medía el tiempo por el ritmo de los temblores. Zubair, por el número de hombres que dejaban de hablar. Había uno que decía haber sido soldado. No contaba historias de guerra. Contaba cómo había aprendido a dormir con un ojo abierto. En el hospital, dormía con los dos cerrados. No porque confiara, sino porque no podía sostenerlos abiertos.
Fatima no supo del traslado el mismo día. Bajo el puente, las ausencias tardaban en notarse. Un hueco en el suelo, una manta que nadie reclamaba. Al tercer día preguntó. Nadie respondió con precisión. Dieron direcciones, nombres que no coincidían.
El hospital, decían, estaba lejos. No era una distancia medible. Era un cambio de estado.
La madrugada del bombardeo, Ahmad estaba despierto. No por decisión. El cuerpo no le permitía otra cosa. Había aprendido a quedarse quieto cuando el temblor era fuerte, como si el movimiento lo amplificara.
La primera explosión no la entendió como explosión. Fue un golpe que desplazó el aire. Un silencio inmediato después. Luego el ruido, más tarde. Zubair diría después que el ruido vino antes. El orden no era lógico.
Zubair gritó algo que Ahmad no oyó. Vio la boca abierta, los dientes. El polvo entró rápido, como si ya estuviera dentro esperando.
La segunda detonación llegó cuando algunos intentaban levantarse. No todos. Algunos seguían en el suelo, ocupados en respirar.
El hospital ya no tenía paredes limpias.
Hay cuerpos que no parecen cuerpos. Y otros que sí, demasiado. Doscientos cincuenta respiran. Cuatrocientos no.
Zubair está entre los que respiran. No sabe por qué. Busca a Ahmad, pero el problema no es encontrarlo. Es reconocerlo.
No hubo tiempo para organizar nada. Los cuerpos se movían sin dirección clara. No por pánico. Por inercia.
Ahmad intentó ponerse en pie. Lo logró a medias. Apoyó una mano en lo que quedaba de una pared. Notó la textura caliente. Pensó, sin palabras, que el calor no servía ahí.
Zubair estaba a unos pasos, o eso parecía. La distancia cambiaba con el humo. En un momento estaba cerca. En otro, no.
No hubo encuentro. No hay registro de que lo hubiera. Los cuerpos fueron enterrados sin orden reconocible. Los vivos se dispersaron. Algunos volvieron al puente. Otros no.
Fatima llegó días después, guiada por indicaciones que se contradecían. Encontró un terreno removido, gente que no sabía nombres. Preguntó por Ahmad. Le dijeron que había muchos.
No insistió demasiado. No porque no quisiera, sino porque entendió el límite de la pregunta.
Fatima reconoció un objeto entre los restos. Miró sin buscar a nadie concreto. Encontró algo que podría ser Ahmad. Le alisó el cuello de la camisa.
—Hoy estás mejor —dice.
Esta vez, nadie la corrige.
Bajo el puente, el espacio se reorganizó. Los huecos se llenaron con otros cuerpos. El fuego volvió a encenderse sobre el aluminio. El humo subía, a veces recto, a veces no.
El río Kabul sigue moviéndose. No más rápido. No más lento. El aluminio vuelve a brillar al amanecer.
Zubair no regresó. O regresó con otro nombre. Hay hombres que repiten gestos sin que nadie los identifique.
Ahmad dejó de ser mencionado en pocas semanas. No por olvido. Por economía. Los nombres ocupan espacio.
Fatima siguió pasando por el puente durante un tiempo. Miraba los grupos sin acercarse demasiado. No preguntaba. Se sentaba en el borde, donde el ruido del río interrumpía las voces.
Un día dejó de ir.
Si se vuelve al puente, nada ha cambiado lo suficiente como para alterar el gesto. El humo sube. Alguien lo observa. No sabemos si es Ahmad. Zubair se detiene un momento. Luego recuerda que no hay nada que decidir. Aspira. El humo sube en línea recta, como antes.

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