Era uno de esos días de otoño que olían a primavera. En Berfurt caía una tarde serena; las últimas hojas de los árboles permanecían inmóviles. La estrecha fachada modernista del Hotel Manhattan elevaba su melancólica decadencia entre los edificios vecinos.
En la terraza, John Silva se apoyaba en la barandilla de hierro forjado como si fuera parte del edificio. Miraba los rascacielos del distrito financiero recortados contra un cielo anaranjado. Guiándose por la aguja de la catedral fue recorriendo con la mirada los barrios de su vida: la iglesia donde lo bautizaron, la escuela, el instituto, los trabajos que tuvo y el cementerio donde reposaban los suyos.
El taconeo de unos pasos lo obligó a mirar abajo. Era ella.
Donatilda Schiaffino caminaba hacia el hotel con una altivez exagerada, casi teatral. John la siguió con la mirada hasta que cruzó la puerta. Sintió en el estómago algo parecido a un rodar de piedras.
Dentro, la moqueta del vestíbulo apagó el ruido de los tacones. Donatilda observó el lugar con complacencia. A pesar de su decadencia, el hotel le parecía distinguido, como un anciano pulcro cargado de medallas.
El recepcionista la miró por encima de sus gafas doradas.
—La habitación —dijo ella, seca.
El hombre consultó el registro y respondió con un cortés:
—Trescientos doce, madame.
Donatilda agradeció aquel tratamiento como si fuera especial, sin advertir la rutina con que se lo habían otorgado.
Esperó el ascensor ante la cancela de hierro forjado. El vestíbulo tenía algo de otro siglo, y aquella espera la hizo sentirse por un momento una dama distinguida. Cuando la cabina descendió chirriando, entró con cuidado y pulsó el botón del último piso.
En el espejo del interior se miró largamente. Vio su rostro envejecido, pero decidió recordarse como había sido: hermosa, segura, deseada.
Mientras tanto, en la habitación, John cerró la puerta de la terraza y apoyó la frente en el cristal frío. La ciudad quedó fuera de su atención. Pensaba únicamente en el deseo que durante años había cultivado.
No amaba a Donatilda. La deseaba.
No por su belleza —que no era extraordinaria— sino por la rotunda feminidad que irradiaba: sus curvas oscuras, la suavidad de su piel meridional, la sonrisa que dulcificaba sus rasgos severos. En su imaginación ella se convertía en una presencia dócil, hecha para satisfacer una fantasía casi salvaje.
Habían sido compañeros de trabajo durante años. Con el tiempo llegaron a confiar el uno en el otro, compartiendo confidencias que cada vez bordeaban más el terreno peligroso del deseo. Durante mucho tiempo jugaron con esa tensión, hasta que el día anterior John lanzó una provocación: un desafío que prometía cerrar la historia.
Encendió las luces de la habitación. La luz amarillenta lo deprimió.
Llamaron a la puerta.
John permaneció inmóvil, mirando el reflejo de la ciudad en el cristal. La puerta se abrió lentamente.
Donatilda asomó primero el rostro, sonriente.
Entró.
Se quedaron mirándose sin hablar.
La luz no la favorecía. El maquillaje excesivo ocultaba lo que él había imaginado tantas veces. El abrigo cerrado hasta el cuello, el moño torpemente recogido, los tacones demasiado altos… todo parecía fuera de lugar.
A Donatilda se le helaron las ilusiones al ver la expresión de John. No era rechazo lo que percibía, sino algo peor: desprecio.
Aun así, comenzó a desatarse el cinturón del abrigo. Tardó demasiado. Finalmente lo abrió, como si desplegara alas.
Debajo no llevaba nada.
El abrigo, los tacones baratos, las medias, el liguero y unas falsas perlas eran todo el adorno de su desnudez. Pero lo que realmente cubría su cuerpo era la vergüenza.
John contempló aquella escena con una mezcla de fascinación y derrota. Aquella mujer había sido durante años el centro de su deseo. Sin embargo, ahora comprobaba que la realidad nunca estaba a la altura de la fantasía.
De pronto comprendió que el cuerpo que tenía delante no era el único que había envejecido.
También el suyo.
La lujuria que imaginó durante tanto tiempo se había marchitado sin que él lo advirtiera.
Trató de rescatar algo de la situación y dijo, con voz forzada:
—Muy bien. Veo que has cumplido. Supongo que he perdido… y que tú has ganado la semana de vacaciones que prometí si venías desnuda hasta aquí.
Le cerró el abrigo con calma y la abrazó sin emoción.
Donatilda permaneció rígida. Primero se sintió humillada. Después llegó el odio.
Afuera, el horizonte se había vuelto gris azulado. La noche caía sobre Berfurt, iluminando la ciudad con miles de luces. Entre ellas destacaba el letrero vertical del Hotel Manhattan, encendido sobre su estrecha fachada modernista.












