Ese fue el descubridor; uno cualquiera, ¿qué más da? Nadie habría podido escribir esta historia si hubiera quedado alguien con arte o ganas para hacerlo. Todo empezó una tarde como cualquier otra. Un atardecer más entre los miles de millones que ya habían pasado. La única diferencia fue que en ese momento nació algo que tal vez era mal, tal vez bien; en todo caso, el comienzo del final de todo lo que hasta entonces se llamaba humanidad. Desde entonces ya no hubo entendimiento ni intuición.
El hombre —uno cualquiera— paseaba con su perro por unos cerros cercanos a una población mientras el sol caía. De pronto sintió un miedo brusco, como si una desgracia se hubiera anunciado sin palabras. Se detuvo. Miró alrededor. Luego obedeció un impulso extraño y se internó en la vegetación.
Avanzó observando las plantas sin saber por qué, hasta llegar a una pequeña planicie rodeada por troncos y arbustos oscuros. El suelo estaba cubierto por fragmentos de piedra rubia que formaban una circunferencia perfecta. En el centro crecía la planta.
A su alrededor no había nada más. Ni una brizna.
Los últimos rayos del sol apenas tocaban las copas de los árboles. El resto ya caía en la penumbra. Sin embargo la planta parecía más visible en la oscuridad. No necesitaba luz exterior: emitía la suya.
El hombre se acercó. Ya no podía evitarlo.
Extendió la mano derecha. Primero sintió un hormigueo en la palma. Luego calor. Frente a él, miles de flores microscópicas abrían sus pétalos de un negro extremo. Aquella superficie absorbía casi toda la luz que la tocaba: reflejaba apenas el 0,04 % del espectro visible, cien veces menos que una pintura negra común. Al mismo tiempo emitía pulsos de color brillante, rítmicos, como una respiración.
El hombre lloró sin saber por qué.
Sacó su cuchillo de monte y trazó un círculo en la tierra. El suelo cedía con facilidad, como si cortara un queso blando. Sabía que aquello podía ser peligroso, quizá mortal, pero siguió hasta completar la circunferencia.
Después introdujo la hoja inclinada y levantó la planta con cuidado. Las raíces se soltaron sin arrastrar tierra. La envolvió en un pañuelo y regresó a casa.
No pasó mucho tiempo.
En esa misma casa, un policía levantó la persiana del salón. Con él entraron un cerrajero, dos paramédicos y un vecino. Nadie entendía lo que veía, aunque todos sintieron algo parecido a un final.
El descubridor yacía en el sofá. Su cuerpo parecía una cordillera vista desde el aire. De su piel salían raíces delgadas que se extendían por el suelo, subían por las paredes y alcanzaban el techo. La habitación entera se había vuelto una selva compacta.
Nadie olía nada.
Entre las raíces brotaban pequeñas plantas idénticas a la primera. Sus flores negras absorbían la luz de la ventana… y también la atención de quienes las miraban.
Los presentes quedaron inmóviles. Los pulsos luminosos de las flores marcaban un ritmo suave, hipnótico. Durante horas permanecieron allí, mirando, como quien contempla el fuego en una noche fría. Sentían que aquello significaba algo importante, aunque no sabían qué.
El descubridor abrió los ojos. Habló con voz tranquila:
—La naturaleza es el TODO. En su esencia, el TODO es incognoscible. Todo está en el TODO y el TODO está en todas las cosas. Nada reposa; todo vibra. Si queréis cambiar vuestro estado mental, cambiad vuestra vibración. No vayáis contra la corriente. La mente, como los metales, puede transmutarse. La conformidad es sabiduría; la totalidad, perfección. El TODO crea innumerables universos en su mente infinita. Para Él, un millón de universos nacen y mueren en un instante. Mirad la luz que no deslumbra.
El policía fue de los primeros en llevar una planta a su casa. Aquella misma noche, su mujer y sus hijos cenaron en silencio por primera vez. Miraban el plato. Luego la planta. Luego otra vez el plato.
Les pareció estar contemplando la matriz del cosmos.
Así empezó el final de la humanidad.
Hoy ya no quedan humanos en el pequeño grano cósmico que era la Tierra. El planeta entero está cubierto por una red de raíces interconectadas que laten al mismo ritmo, como un solo cerebro vegetal. Miles de millones de plantas negras crecen por todas partes. Los antiguos hombres viven unidos a ellas, integrados en su pulsación.
Forman una única conciencia ordenada, una red univibracional donde nadie discute, nadie pierde, nadie se aparta.
Primero fueron los botánicos quienes difundieron las plantas. Luego los políticos. La nueva norma mental se extendió rápido. La personalidad se disolvió como un error antiguo.
Cuando la última planta alcanzó al último humano, algo cambió.
El verde empezó a oscurecerse. La materia vegetal se volvió negra y densa, parecida a una costra. La pureza se agotó en sí misma. La higiene mató a la salud.
Desaparecieron los recuerdos. Luego los sueños. Después el arte.
Murieron las pasiones.
Se secaron la voluntad, el amor, la libertad.
Todo eso había sido siempre una molestia del individuo.
Ahora todo está medido. Se sabe todo lo necesario. El planeta entero quedó colonizado por la especie vegetal que comenzó como entretenimiento, como contemplación de un pulso luminoso.
La naturaleza es sabia. Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, salvo para el oído capaz de comprender.
El universo sigue su curso.

No hay comentarios:
Publicar un comentario