Tres meses antes de dar a luz, la mujer del inspector jefe García le dio por fin el nombre del hombre que la había dejado embarazada. Él se lo exigió con la misma firmeza con la que interrogaba a los sospechosos en comisaría. Ella lo dijo deprisa, sin separar nombre y apellido, mientras cerraba la puerta del portal.
García podría haber averiguado ese nombre por otros medios, pero quería oírlo de sus labios, como una confesión. Necesitaba fijar en alguien la causa de su desgracia. Le bastaba con eso. Prefería no saber nada más. Sabía de lo que era capaz si dejaba crecer la rabia: presentarse con una barra de hierro en el trabajo del hombre, esperarlo a la puerta de su casa, destrozarlo con sus propias manos.
El inspector amaba a su mujer con una devoción casi obsesiva. Apenas soportaba las horas que pasaba lejos de ella durante la jornada laboral y regresaba a casa con la impaciencia de una primera cita. Ese amor sostenía su vida y le servía de refugio frente a todo lo que veía cada día como policía.
Fuera de casa trataba con violencia, mentira y miseria. En casa encontraba orden y calma. Le gustaba mirarla cuando se pintaba los labios frente al espejo, escuchar sus pasos por el pasillo, sentir su piel junto a la suya en el pequeño sofá. No tenía otra ocupación que quererla.
Desde joven había querido ser padre. Cuando la conoció, aún casi una muchacha, ya la imaginaba como madre de sus hijos. Durante años hablaron de nombres, de cunas, de colegios. Soñaban con ojos verdes y rizos oscuros. Pero el tiempo pasó y esas conversaciones fueron desapareciendo hasta quedar en silencio.
Ella supo un viernes que estaba embarazada. Esperó al lunes por la mañana para decírselo, justo cuando él salía de casa. Se lo comunicó desde la puerta entreabierta con un tono neutro, como si pidiera que comprara una revista. Lo que más le dolió a García no fue la noticia, sino la frialdad con que la dijo y la manera en que cerró la puerta.
Ambos sabían desde hacía años que él era estéril.
Para su mujer aquello se había convertido en una condena. Quería ser madre y ese hombre no podía darle un hijo. Con el tiempo comenzó a sentir que su vida se detenía junto a él.
Aquella tarde, al volver del trabajo, García se sentó a su lado y le tomó la mano. Le prometió querer a ese niño como si fuera suyo. Le juró que no cambiaría nada, que seguiría amándola igual que siempre.
Cuando terminó de hablar, ella retiró la mano con suavidad y miró al suelo.
Le dijo que lo mejor era que se marchara.
Le pidió que no le quitara la oportunidad de empezar otra vida.
Esa noche el inspector cerró la puerta de su casa por última vez. Antes de irse miró la ventana desde la que su mujer solía despedirlo por las mañanas. Sin luz, con las cortinas corridas, parecía más pequeña que nunca.
Arrancó su viejo Ford negro. Ella lo vio desaparecer al final de la calle.
Tres meses antes del parto, García la esperó en el portal. Le dijo que no se movería hasta conocer el nombre del padre del niño. Ella estaba cansada de su insistencia. Sabía que, aunque con ella había sido siempre un hombre tierno, en su trabajo podía ser brutal.
Aun así, él le prometió que sólo quería el nombre. Nada más. No buscaría al hombre ni interferiría en su vida.
La mujer creyó que dándoselo terminaría todo.
Lo dijo casi sin voz mientras cerraba la puerta:
—Anastasio Cervantes.
Cuando nació la niña, el inspector apareció en la clínica con un ramo de flores blancas. Ella no lo aceptó. Él dejó las flores sobre una silla y besó a su mujer en la mejilla.
Luego se acercó a la cuna.
Al mirar a la niña empezó a llorar. Una lágrima cayó sobre la manta del moisés. La tomó en brazos y, de rodillas junto a la cama, le suplicó a su mujer que lo dejara quedarse. Prometió olvidarlo todo, criar a la niña, formar una familia.
Ella lo escuchó en silencio.
Después señaló la puerta.
—Déjala en la cuna y vete. Ya no te quiero.
Fue lo último que le dijo.
García salió del cuarto y caminó sin rumbo por la maternidad hasta encontrar la salida. Lloraba abiertamente. Al llegar a su coche arrancó de inmediato y, al salir del aparcamiento, chocó contra otro vehículo.
Un Ford blanco.
Un hombre se acercó a su ventanilla golpeando con los nudillos. García bajó el cristal sin mirarlo. El hombre empezó a pedir explicaciones, pero al ver su estado cambió de tono. Le dijo que no pasaba nada, que sólo necesitaban intercambiar datos. Tenía prisa: acababa de nacer su hija.
Le dejó una tarjeta de visita frente a los ojos.
García seguía mirando la pequeña fotografía de su mujer que llevaba en el salpicadero.
Entonces vio el nombre.
Anastasio Cervantes.
El inspector reaccionó de golpe. Sujetó al hombre por el cuello con una mano y sacó la pistola con la otra. Antes de poder entender qué ocurría, Cervantes vio la fotografía en el salpicadero.
La cara de la madre de su hija.
García disparó todas las balas menos una contra su rostro. Luego introdujo el cañón caliente en la boca del hombre.
Sin apartar la mirada de la foto de su mujer, apretó el gatillo.

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