El joven funcionario de la Jefatura Provincial de Tráfico se enamoró de una muchacha que esperaba el autobús cada mañana frente a la ventana de su oficina. Nunca habló con ella. No sabía su nombre ni su edad. Tampoco le importaba. Para él era la mujer más hermosa del mundo, casi un ser divino que le robaba horas de sueño y las convertía en fantasía.
La vio por primera vez una mañana de mayo. Llegó a la pequeña plaza donde estaba la jefatura y la parada de la línea P3. Desde entonces se sentaba en el bordillo que rodeaba el parquecillo del centro y esperaba el autobús bajo el sol temprano. El funcionario la observaba desde su mesa, oculto tras los visillos. Desde allí la veía recortada contra el cielo, entre dos farolas de hierro. A veces murmuraba agradecimientos al aire, como si enviara mensajes al mar: gracias por la belleza del mundo, por la simple alegría de estar vivo.
Así comenzaron sus días. Esperaba la mañana con una emoción secreta. La contemplaba mientras aguardaba el autobús y seguía cada gesto suyo: la calma con la que se levantaba, la armonía de sus movimientos al subir al vehículo. Cuando el autobús arrancaba, él lo imaginaba como una carroza que se llevaba a su diosa por la ciudad.
Con el tiempo levantó un pequeño reino de sueños. Le bastaba su imagen para construir una vida paralela a la suya. Allí ella era reina y centro de todo. Él inventaba escenas: encuentros, palabras, caricias apenas imaginadas. Se convertía en creador de un mundo donde reinaban la inocencia y un amor perfecto.
A veces cerraba los ojos y la veía surgir de una laguna verde bajo una luz blanca. El agua resbalaba por su piel mientras ella se acercaba con una sonrisa. Antes de besarle lo miraba con una ternura casi maternal. Esos sueños lo salvaban de la rutina gris de la oficina y de los días vacíos que parecían repetirse sin fin.
La ciudad que antes detestaba cambió para él. Ahora era el lugar donde vivía ella. Sus calles le parecían más amplias, sus plazas más luminosas. El nombre mismo de la ciudad sonaba distinto, como si lo pronunciara un pájaro.
Sin esos minutos diarios frente a la ventana, quizá habría enfermado de melancolía. La misma tristeza que veía en los rostros de quienes acudían a la jefatura. Personas cansadas que entregaban formularios donde cabía casi toda su vida: nombre, dirección, profesión. Pequeñas biografías resumidas en unas líneas.
La última mañana de esta historia la muchacha no apareció en su lugar de siempre. No estaba sentada en el bordillo, entre las dos farolas.
Entró por la puerta de la Jefatura Provincial de Tráfico y se dirigió directamente a su mostrador.
Dejó sobre la mesa un impreso oficial y varios documentos para solicitar una licencia de conducción. Allí estaba todo: su nombre, sus apellidos, su edad, su dirección.
Después de completar el trámite, la chica dio las gracias sin mirarlo.
El joven funcionario tampoco levantó la vista.
Desde ese día desapareció de su vida. También de sus fantasías.


