Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

sábado, 28 de febrero de 2026

Bosque de ensueños

El joven funcionario de la Jefatura Provincial de Tráfico se enamoró de una muchacha que esperaba el autobús cada mañana frente a la ventana de su oficina. Nunca habló con ella. No sabía su nombre ni su edad. Tampoco le importaba. Para él era la mujer más hermosa del mundo, casi un ser divino que le robaba horas de sueño y las convertía en fantasía.

La vio por primera vez una mañana de mayo. Llegó a la pequeña plaza donde estaba la jefatura y la parada de la línea P3. Desde entonces se sentaba en el bordillo que rodeaba el parquecillo del centro y esperaba el autobús bajo el sol temprano. El funcionario la observaba desde su mesa, oculto tras los visillos. Desde allí la veía recortada contra el cielo, entre dos farolas de hierro. A veces murmuraba agradecimientos al aire, como si enviara mensajes al mar: gracias por la belleza del mundo, por la simple alegría de estar vivo.

Así comenzaron sus días. Esperaba la mañana con una emoción secreta. La contemplaba mientras aguardaba el autobús y seguía cada gesto suyo: la calma con la que se levantaba, la armonía de sus movimientos al subir al vehículo. Cuando el autobús arrancaba, él lo imaginaba como una carroza que se llevaba a su diosa por la ciudad.

Con el tiempo levantó un pequeño reino de sueños. Le bastaba su imagen para construir una vida paralela a la suya. Allí ella era reina y centro de todo. Él inventaba escenas: encuentros, palabras, caricias apenas imaginadas. Se convertía en creador de un mundo donde reinaban la inocencia y un amor perfecto.

A veces cerraba los ojos y la veía surgir de una laguna verde bajo una luz blanca. El agua resbalaba por su piel mientras ella se acercaba con una sonrisa. Antes de besarle lo miraba con una ternura casi maternal. Esos sueños lo salvaban de la rutina gris de la oficina y de los días vacíos que parecían repetirse sin fin.

La ciudad que antes detestaba cambió para él. Ahora era el lugar donde vivía ella. Sus calles le parecían más amplias, sus plazas más luminosas. El nombre mismo de la ciudad sonaba distinto, como si lo pronunciara un pájaro.

Sin esos minutos diarios frente a la ventana, quizá habría enfermado de melancolía. La misma tristeza que veía en los rostros de quienes acudían a la jefatura. Personas cansadas que entregaban formularios donde cabía casi toda su vida: nombre, dirección, profesión. Pequeñas biografías resumidas en unas líneas.

La última mañana de esta historia la muchacha no apareció en su lugar de siempre. No estaba sentada en el bordillo, entre las dos farolas.

Entró por la puerta de la Jefatura Provincial de Tráfico y se dirigió directamente a su mostrador.

Dejó sobre la mesa un impreso oficial y varios documentos para solicitar una licencia de conducción. Allí estaba todo: su nombre, sus apellidos, su edad, su dirección.

Después de completar el trámite, la chica dio las gracias sin mirarlo.

El joven funcionario tampoco levantó la vista.

Desde ese día desapareció de su vida. También de sus fantasías.

viernes, 27 de febrero de 2026

No es el azar, es el destino

Tres meses antes de dar a luz, la mujer del inspector jefe García le dio por fin el nombre del hombre que la había dejado embarazada. Él se lo exigió con la misma firmeza con la que interrogaba a los sospechosos en comisaría. Ella lo dijo deprisa, sin separar nombre y apellido, mientras cerraba la puerta del portal.

García podría haber averiguado ese nombre por otros medios, pero quería oírlo de sus labios, como una confesión. Necesitaba fijar en alguien la causa de su desgracia. Le bastaba con eso. Prefería no saber nada más. Sabía de lo que era capaz si dejaba crecer la rabia: presentarse con una barra de hierro en el trabajo del hombre, esperarlo a la puerta de su casa, destrozarlo con sus propias manos.

El inspector amaba a su mujer con una devoción casi obsesiva. Apenas soportaba las horas que pasaba lejos de ella durante la jornada laboral y regresaba a casa con la impaciencia de una primera cita. Ese amor sostenía su vida y le servía de refugio frente a todo lo que veía cada día como policía.

Fuera de casa trataba con violencia, mentira y miseria. En casa encontraba orden y calma. Le gustaba mirarla cuando se pintaba los labios frente al espejo, escuchar sus pasos por el pasillo, sentir su piel junto a la suya en el pequeño sofá. No tenía otra ocupación que quererla.

Desde joven había querido ser padre. Cuando la conoció, aún casi una muchacha, ya la imaginaba como madre de sus hijos. Durante años hablaron de nombres, de cunas, de colegios. Soñaban con ojos verdes y rizos oscuros. Pero el tiempo pasó y esas conversaciones fueron desapareciendo hasta quedar en silencio.

Ella supo un viernes que estaba embarazada. Esperó al lunes por la mañana para decírselo, justo cuando él salía de casa. Se lo comunicó desde la puerta entreabierta con un tono neutro, como si pidiera que comprara una revista. Lo que más le dolió a García no fue la noticia, sino la frialdad con que la dijo y la manera en que cerró la puerta.

Ambos sabían desde hacía años que él era estéril.

Para su mujer aquello se había convertido en una condena. Quería ser madre y ese hombre no podía darle un hijo. Con el tiempo comenzó a sentir que su vida se detenía junto a él.

Aquella tarde, al volver del trabajo, García se sentó a su lado y le tomó la mano. Le prometió querer a ese niño como si fuera suyo. Le juró que no cambiaría nada, que seguiría amándola igual que siempre.

Cuando terminó de hablar, ella retiró la mano con suavidad y miró al suelo.

Le dijo que lo mejor era que se marchara.

Le pidió que no le quitara la oportunidad de empezar otra vida.

Esa noche el inspector cerró la puerta de su casa por última vez. Antes de irse miró la ventana desde la que su mujer solía despedirlo por las mañanas. Sin luz, con las cortinas corridas, parecía más pequeña que nunca.

Arrancó su viejo Ford negro. Ella lo vio desaparecer al final de la calle.

Tres meses antes del parto, García la esperó en el portal. Le dijo que no se movería hasta conocer el nombre del padre del niño. Ella estaba cansada de su insistencia. Sabía que, aunque con ella había sido siempre un hombre tierno, en su trabajo podía ser brutal.

Aun así, él le prometió que sólo quería el nombre. Nada más. No buscaría al hombre ni interferiría en su vida.

La mujer creyó que dándoselo terminaría todo.

Lo dijo casi sin voz mientras cerraba la puerta:

—Anastasio Cervantes.

Cuando nació la niña, el inspector apareció en la clínica con un ramo de flores blancas. Ella no lo aceptó. Él dejó las flores sobre una silla y besó a su mujer en la mejilla.

Luego se acercó a la cuna.

Al mirar a la niña empezó a llorar. Una lágrima cayó sobre la manta del moisés. La tomó en brazos y, de rodillas junto a la cama, le suplicó a su mujer que lo dejara quedarse. Prometió olvidarlo todo, criar a la niña, formar una familia.

Ella lo escuchó en silencio.

Después señaló la puerta.

—Déjala en la cuna y vete. Ya no te quiero.

Fue lo último que le dijo.

García salió del cuarto y caminó sin rumbo por la maternidad hasta encontrar la salida. Lloraba abiertamente. Al llegar a su coche arrancó de inmediato y, al salir del aparcamiento, chocó contra otro vehículo.

Un Ford blanco.

Un hombre se acercó a su ventanilla golpeando con los nudillos. García bajó el cristal sin mirarlo. El hombre empezó a pedir explicaciones, pero al ver su estado cambió de tono. Le dijo que no pasaba nada, que sólo necesitaban intercambiar datos. Tenía prisa: acababa de nacer su hija.

Le dejó una tarjeta de visita frente a los ojos.

García seguía mirando la pequeña fotografía de su mujer que llevaba en el salpicadero.

Entonces vio el nombre.

Anastasio Cervantes.

El inspector reaccionó de golpe. Sujetó al hombre por el cuello con una mano y sacó la pistola con la otra. Antes de poder entender qué ocurría, Cervantes vio la fotografía en el salpicadero.

La cara de la madre de su hija.

García disparó todas las balas menos una contra su rostro. Luego introdujo el cañón caliente en la boca del hombre.

Sin apartar la mirada de la foto de su mujer, apretó el gatillo.

miércoles, 25 de febrero de 2026

HEURÍSTICA DEFAULT

Ese fue el descubridor; uno cualquiera, ¿qué más da? Nadie habría podido escribir esta historia si hubiera quedado alguien con arte o ganas para hacerlo. Todo empezó una tarde como cualquier otra. Un atardecer más entre los miles de millones que ya habían pasado. La única diferencia fue que en ese momento nació algo que tal vez era mal, tal vez bien; en todo caso, el comienzo del final de todo lo que hasta entonces se llamaba humanidad. Desde entonces ya no hubo entendimiento ni intuición.

El hombre —uno cualquiera— paseaba con su perro por unos cerros cercanos a una población mientras el sol caía. De pronto sintió un miedo brusco, como si una desgracia se hubiera anunciado sin palabras. Se detuvo. Miró alrededor. Luego obedeció un impulso extraño y se internó en la vegetación.

Avanzó observando las plantas sin saber por qué, hasta llegar a una pequeña planicie rodeada por troncos y arbustos oscuros. El suelo estaba cubierto por fragmentos de piedra rubia que formaban una circunferencia perfecta. En el centro crecía la planta.

A su alrededor no había nada más. Ni una brizna.

Los últimos rayos del sol apenas tocaban las copas de los árboles. El resto ya caía en la penumbra. Sin embargo la planta parecía más visible en la oscuridad. No necesitaba luz exterior: emitía la suya.

El hombre se acercó. Ya no podía evitarlo.

Extendió la mano derecha. Primero sintió un hormigueo en la palma. Luego calor. Frente a él, miles de flores microscópicas abrían sus pétalos de un negro extremo. Aquella superficie absorbía casi toda la luz que la tocaba: reflejaba apenas el 0,04 % del espectro visible, cien veces menos que una pintura negra común. Al mismo tiempo emitía pulsos de color brillante, rítmicos, como una respiración.

El hombre lloró sin saber por qué.

Sacó su cuchillo de monte y trazó un círculo en la tierra. El suelo cedía con facilidad, como si cortara un queso blando. Sabía que aquello podía ser peligroso, quizá mortal, pero siguió hasta completar la circunferencia.

Después introdujo la hoja inclinada y levantó la planta con cuidado. Las raíces se soltaron sin arrastrar tierra. La envolvió en un pañuelo y regresó a casa.

No pasó mucho tiempo.

En esa misma casa, un policía levantó la persiana del salón. Con él entraron un cerrajero, dos paramédicos y un vecino. Nadie entendía lo que veía, aunque todos sintieron algo parecido a un final.

El descubridor yacía en el sofá. Su cuerpo parecía una cordillera vista desde el aire. De su piel salían raíces delgadas que se extendían por el suelo, subían por las paredes y alcanzaban el techo. La habitación entera se había vuelto una selva compacta.

Nadie olía nada.

Entre las raíces brotaban pequeñas plantas idénticas a la primera. Sus flores negras absorbían la luz de la ventana… y también la atención de quienes las miraban.

Los presentes quedaron inmóviles. Los pulsos luminosos de las flores marcaban un ritmo suave, hipnótico. Durante horas permanecieron allí, mirando, como quien contempla el fuego en una noche fría. Sentían que aquello significaba algo importante, aunque no sabían qué.

El descubridor abrió los ojos. Habló con voz tranquila:

—La naturaleza es el TODO. En su esencia, el TODO es incognoscible. Todo está en el TODO y el TODO está en todas las cosas. Nada reposa; todo vibra. Si queréis cambiar vuestro estado mental, cambiad vuestra vibración. No vayáis contra la corriente. La mente, como los metales, puede transmutarse. La conformidad es sabiduría; la totalidad, perfección. El TODO crea innumerables universos en su mente infinita. Para Él, un millón de universos nacen y mueren en un instante. Mirad la luz que no deslumbra.

El policía fue de los primeros en llevar una planta a su casa. Aquella misma noche, su mujer y sus hijos cenaron en silencio por primera vez. Miraban el plato. Luego la planta. Luego otra vez el plato.

Les pareció estar contemplando la matriz del cosmos.

Así empezó el final de la humanidad.

Hoy ya no quedan humanos en el pequeño grano cósmico que era la Tierra. El planeta entero está cubierto por una red de raíces interconectadas que laten al mismo ritmo, como un solo cerebro vegetal. Miles de millones de plantas negras crecen por todas partes. Los antiguos hombres viven unidos a ellas, integrados en su pulsación.

Forman una única conciencia ordenada, una red univibracional donde nadie discute, nadie pierde, nadie se aparta.

Primero fueron los botánicos quienes difundieron las plantas. Luego los políticos. La nueva norma mental se extendió rápido. La personalidad se disolvió como un error antiguo.

Cuando la última planta alcanzó al último humano, algo cambió.

El verde empezó a oscurecerse. La materia vegetal se volvió negra y densa, parecida a una costra. La pureza se agotó en sí misma. La higiene mató a la salud.

Desaparecieron los recuerdos. Luego los sueños. Después el arte.

Murieron las pasiones.
Se secaron la voluntad, el amor, la libertad.

Todo eso había sido siempre una molestia del individuo.

Ahora todo está medido. Se sabe todo lo necesario. El planeta entero quedó colonizado por la especie vegetal que comenzó como entretenimiento, como contemplación de un pulso luminoso.

La naturaleza es sabia. Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, salvo para el oído capaz de comprender.

El universo sigue su curso.

ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"