Almacén de letras. Blog de V.Pisabarro. Este blog recoge ejercicios de escritura. Algunos son ficción. Otros son verdad disfrazada de ficción, o ficción que se vuelve verdad. Los relatos son espejos, se justifican mutuamente. Están aquí porque explorar los límites de lo que se puede escribir requiere no mirar hacia otro lado.

viernes, 13 de marzo de 2026

Yo preñé a la reina

Yo, señor, hallándome ya cerca del fin de mis días y queriendo dejar noticia de mi revolucionario acto genético-terrorista —callado por toda la canalla mediática, no solo la patria sino también la del resto del mundo—, escribo estas líneas que acaso puedan descifrarse en las paredes blancas de esta celda del manicomio donde me enterraron en vida hace tantos años. Es mi última esperanza que algún curioso, con paciencia y buena vista, logre leer estas letras torcidas que trazo con un lápiz ya casi gastado, como si fueran jeroglíficos de un ánimo ansioso por salir a la luz.

Yo, señor, nací en una estirpe de miserables menganos que, siglo tras siglo, no hicieron otra cosa que reproducir vidas vacías. Cuanto investigué de mis orígenes solo me trajo abatimiento. En la cadena de mi linaje encontré obreros vagos, campesinos torpes, pastores cerriles y otros casi esclavos agradecidos a amos de poca monta. Hambres y calamidades estuvieron siempre a punto de extinguirnos, y que yo haya llegado hasta aquí es casi milagro. Soy el último heredero de los Braga-Palomino, estirpe ignorada por la historia y agotada en su insignificancia.

Yo, señor, concebí y ejecuté el plan con que quise torcer ese destino de pobreza heredada, y también, a mi modo, favorecer a nuestra amada Monarquía.

Soy cabrero de oficio y muy dado a filosofías y ciencias naturales. Durante mis largas jornadas por el campo pensé mucho en el asunto de la reproducción y llegué a una conclusión sencilla: entre los seres vivos prosperan mejor los fuertes, los hábiles o los hermosos. Yo no fui agraciado con ninguna de esas virtudes. Desde niño me llamaban Sansonito con mala intención, pues soy canijo y flojo por la desnutrición heredada. Ni mi padre, ni mi madre, ni mis abuelos pasaban de la talla de un enano; tampoco destaqué nunca por habilidad ni por belleza. Cualquiera que me haya visto puede dar fe.

Así pues, estando yo solo en el mundo, sin padres ni mujer con quien multiplicarme, concebí un plan para legar a la Nación un Braga-Palomino principal. La idea era fabricar un heredero que, aunque llevara apellidos ilustres, portara en lo esencial la simiente de mi linaje. De ese modo salvaría a mi estirpe del olvido y la colocaría de golpe en la cumbre social.

Todo ocurrió una mañana de primavera de 1967 en la plaza mayor de la capital de mi provincia.

Tres meses antes supe que nuestra señora —entonces princesa y hoy reina— visitaría el convento de las Hermanas de los Ancianos Desamparados. Allí vi la ocasión para mi plan. Durante esos tres meses me abstuve de toda descarga para acumular la mayor cantidad posible de semillas, confiando en que la más viva del ejército Braga-Palomino lograra fecundar a su alteza.

Llegué temprano a la plaza buscando el mejor lugar. Vestí mi camisa más limpia, un peto de cuero bordado, chaqueta negra, calzón de paño, faja nueva y el zahón de cabrero adornado con pelo de cabra. A los riñones colgué un gran cencerro reluciente y cargué sobre los hombros un cabrito blanco, el más lucido de mi rebaño.

Cuando llegó la princesa, aplaudí y lancé vivas para llamar su atención. Lo conseguí sin dificultad: yo era el único con cabrito a cuestas y traje de cabrero. Esperé los treinta minutos que tardó en salir del convento, intentando ganar la simpatía de un escolta con coplas de mi pueblo. Pero en lugar de parecer inofensivo, levanté sospechas, y ordenaron a un guardia vigilarme de cerca.

Salió por fin su alteza saludando con una sonrisa leve mientras caminaba hacia su coche, acompañada por la madre superiora, el alcalde y algunos ancianos. Cuando estaba a punto de subir al vehículo grité:

—¡Majestad, una jota! ¡Déjeme cantarle una jotica!

Es sabido que nuestra reina aprecia los gestos espontáneos del pueblo. Hizo un gesto para que me soltaran los escoltas y me permitieran acercarme. La plaza entera guardó silencio. El cabrito baló suavemente sobre mis hombros. Aclaré la garganta y canté mientras bailaba:

El dolor que siente un burro
cuando le estiran del rabo
es el mismo que yo siento
cuando te vas de mi lado.

Aprovechando la sorpresa, me abalancé hacia el coche y nos introduje dentro con el cabrito. Cerré la puerta y bajé los seguros. Durante unos segundos nadie reaccionó. Solo se oyó la vara del alcalde al caer al suelo.

Dentro del vehículo, protegido por el blindaje, ignoré los golpes desde fuera. Recuperé el aliento y hablé a su majestad con la formalidad que había ensayado. Me disculpé por el olor a cabra —Capra hispánica, como diría la ciencia— y le expliqué que mi propósito era fecundarla para gloria futura de mi linaje.

Yo, señor, había estado con mujer solo cuatro veces en mi vida: tres con Justina, la única prostituta del pueblo, y la cuarta fue aquella, según lo planeado. El proceso resultó largo por mi inexperiencia y por los golpes y gritos que llegaban desde fuera del coche. Finalmente logré culminar mientras el cencerro de mi cintura marcaba el ritmo.

Después levanté las piernas de la señora durante unos minutos para favorecer la fecundación. Así permanecimos hasta que un soldador logró abrir la puerta. El cabrito salió primero; a mí me arrastraron los escoltas de los pelos sin dejarme siquiera subirme los calzones.

No escribiré más porque se acaba el espacio en estas paredes.

Desde entonces permanezco encerrado, sin hablar con nadie. Sé que nada de esto ha salido a la luz: el periodismo fue advertido de la deshonra que supondría para la reina, la Monarquía y la Nación. Se requisaron imágenes y se silenció a quien fuera necesario. Todo lo preveía mi plan.

Ahora muero viejo y enfermo, pero satisfecho. Estoy seguro de que la reina quedó preñada y que nació un príncipe en las fechas debidas. Aunque jamás vi su retrato, imagino que será otro Braga-Palomino: moreno, delgado, algo patiabierto, de baja estatura y cabezón como todos nosotros.

Todo este sacrificio para que la estirpe continúe y se replique en las alturas más encumbradas. Yo he cumplido.

Muero en paz.

Amén.

1 comentario:

Anónimo dijo...

very good!

ALMACÉN

Aquí aparecerán esas letras que antes se perdían en la nada de mi computadora. Escritas por puro placer y sin ninguna ambición de agradar ni complacer. Descargar novela"Del Agua Nacieron los Sedientos"